FRANCISCO PALACIOS
El pasado 30 de octubre, a unos días de cumplir 101 años, moría en París el antropólogo Claude Lévi-Strauss, uno de los grandes del pensamiento del siglo veinte: «un visionario explorador del hombre». Considerado como uno de los padres del estructuralismo, nos legó una obra escrita colosal: «Antropología estructural», «Mitológicas», «Tristes Trópicos», «El totemismo en la actualidad», «El pensamiento salvaje» , «Raza y cultura», «Mito y significado», «Lo crudo y lo cocido»?
Lévi-Strauss ha elaborado una tipología de las sociedades humanas conforme a dos modelos polares: las sociedades primitivas y las sociedades civilizadas, que contrapone mediante una serie de significativas oposiciones, tales como pensamiento salvaje y pensamiento «domesticado»; sociedades frías con tiempo reversible y sociedades calientes con tiempo irreversible; sociedades igualitarias y sociedades estratificadas; sociedades auténticas y sociedades inauténticas; centradas en la administración de las cosas y centradas en la administración de los hombres.
A pesar de esas divergencias, Lévi-Strauss mantiene que ningún criterio permite juzgar a una cultura superior a otra (relativismo cultural); las culturas primitivas tendrían igual valor y la misma complejidad que las civilizadas. Es célebre su afirmación de que «salvaje es aquel que llama a otro salvaje».
Asimismo, el antropólogo francés coloca por encima del hombre las normas, las leyes, el orden, asegurando que el fin de las ciencias humanas no era construir el hombre sino disolverlo. Jean Paul Sartre, que mantuvo una dura polémica con Lévi-Strauss, denunció que los antropólogos y estructuralistas trataban a los hombres como si fueran hormigas.
En la década de los sesenta del siglo pasado, Gustavo Bueno y Ramón Valdés del Toro dirigieron magistralmente en la antigua facultad de Filosofía de Oviedo unos seminarios en los que se analizaron y debatieron algunas de los temas suscitados en los ensayos fundamentales de Levi-Strauss: antropología y lógica, lenguaje y cultura, análisis estructural del mito.
Gustavo Bueno publicaba después «Etnología y Utopía» donde, desde el materialismo filosófico, polemiza también con la antropología estructural de Levi-Strauss. En este ensayo explica que la civilización supone la negación de la barbarie: «una negación dialéctica, en virtud de la cual la barbarie, a la vez que queda negada, resulta incorporada a la civilización».
Los criterios que diferencian las sociedades civilizadas de las primitivas serían la escritura, la historia, la ciudad. Bueno sostiene también que lo esencial del fundamentalismo etnologista «brota de una actitud reaccionaria: la nostalgia de la barbarie». (A propósito, el colonialismo suele respetar la identidad cultural de las colonias, siempre que pueda explotarlas libremente).
En los últimos años, desencantado, Lévi-Strauss declaraba que el ser humano vivía en un régimen de endogamia, de envenenamiento interno. Y con motivo de su cien cumpleaños, confesaba que vivía en un mundo al que ya no pertenecía: «El que he conocido, el que he amado tenía 1.500 millones de habitantes. El mundo actual, con 6.000 millones de humanos, ya no es el mío».