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Dando la lata

Una de croquetas

n Anécdotas de un viaje a Amsterdam

 
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Una de croquetas
Una de croquetas  

RICARDO V. MONTOTO Entramos en aquel bar impulsados por el hambre acumulada tras una mañana de caminata continua por las calles de Amsterdam, de canal en canal.

Había una mesa libre junto a la cristalera desde la que se veía el frenético ir y venir de bicicletas -parece mentira que en tierras de clima tan inhóspito los lugareños se desplacen dando pedales o a pie y que en España seamos incapaces de bajarnos del coche-. A nuestra derecha, una pareja degustaba unas croquetas de muy buena pinta, algo que no esperábamos encontrar allí, por lo que decidimos pedirlas. Pero claro, ¿cómo demonios se dice croqueta en un idioma considerado por algunos expertos como una enfermedad de la garganta? Bueno, serviría con señalar el plato de los vecinos. Esperamos un poco, impacientes pues las tripas reclamaban el avituallamiento, hasta que llegó la camarera. Un par de cervezones y una ración de? Entonces señalé a la mesa de al lado, pero los comensales ya se habían ido. La camarera observó mi dedo y siguió su dirección hasta un lugar que ya estaba limpio y preparado para nuevos clientes. Y ahora, ¿cómo le decimos a esta señorita que queremos croquetas? En una mezcla de inglés y lenguaje de signos, intenté describir algo redondito y caliente. La camarera parecía saber de qué se trataba y me contestó que sí, que a la orden.

La sed ya había sido sofocada cuando la rubia depositó sobre la mesa el plato con las cosas redonditas y calientes que habíamos pedido. No eran croquetas, sino unos albondigones de puré de patata con carne. Nuestro gozo en un pozo. Tras años dedicados a la cata y crítica de las croquetas patrias, y cuando ya nos veíamos dando el salto europeo, tuvimos que tragarnos un emplasto difícilmente comestible.

Al día siguiente, en el aeropuerto de Schiphol, mientras hacíamos tiempo para tomar el vuelo de regreso, pasamos ante un restaurante de comida rápida. Frenamos en seco. Allí se anunciaban las deseadas croquetas con su fotografía y todo. Su aspecto no era tan apetecible, pero lo que nos dejó boquiabiertos fue su nombre en holandés, lo que no supimos decir el día anterior: croketten. Así de fácil.

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