CARLOS CUESTA
No era un sidrero cualquiera. Era un domador aplicado del néctar manzanero. Desde niño ya circulaba por el llagar paterno y con visión auscultadora y sagaz aprendió todo el proceso industrial de la preparación de la manzana para su transformación en ese líquido tan ancestral y tan nuestro. En su pomarada de Carrio, recolectaba el singular fruto en septiembre para ofertarlo, meses más tarde, en sus atractivas y sorprendentes espichas primaverales.
La fama de las espichas caseras, de larga tradición en el concejo de Laviana, tiene en la familia de este buen hombre honda raigambre. Padres, hermanos, hijos? llevan el marchamo de la sidra de casa, esa pequeña producción bien elaborada para satisfacción de los afectos por las cosas sencillas y naturales. Nada que ver con el llagar comercial e industrial.
En su reducto de Carrio trajinaba y corregía sabores con varios tipos de manzana sidrera, dulce, amarga, seca, hasta lograr el adecuado a su gusto y entendimiento organoléptico. Y siempre acertaba. Su mentalidad y conocimientos naturales en el campo manzanero eran un bagaje notable para que el producto final fuera pleno de calidad. Y durante una semana, la sidra de este personaje carrieto corría a raudales por todo el perímetro de su recoleto rincón doméstico, bajo el hórreo y más tarde en los bajos de su domicilio o en su acogedora pradería.
Aquellas espichas con sabor y amor siguen su curso por todo el municipio lavianés como un rito más durante la feliz y florida primavera. Lo que ocurre actualmente es que ese rito se ha tornado más moderno y la juventud ya no canta esas estrofas de antaño donde la Asturias sempiterna estaba presente en las finas gargantas de los aficionados. Ahora se bebe sidra y se escucha música estridente en las cabinas de los coches. Todo ha cambiado, pero la esencia de la espicha sigue entre los toneles y agazapada en la barra, sujeta a las botellas, vasos, tortillas, huevos cocidos, lacón, concejales (fritos de bacalao) y taquinos?
Y este buen paisano, tan sacrificado y cargado de nobleza, hizo de la espicha local y doméstica su santo y seña. Participó directamente de la primera normativa existente en Asturias para regular ese tipo de acontecimientos gastronómicos, ya que durante el tiempo que duraban las espichas en esos domicilios rurales se vendía de todo y los hosteleros del entorno se sentían agraviados. Al final venció el sentido común y la espicha encontró un sinónimo clarividente. Sidra y productos típicos de la tierra interior. Los mariscos, los cafés y los cubatas quedaban alejados de la expendeduría al uso.
Al regreso de un largo viaje me avisan de la muerte de ese amigo sencillo y hospitalario. Se llamaba Honorino Cuetos Cuetos, era de Carrio y un amante de las tradiciones. Las espichas, sin su participación, ya no serán lo mismo y la vida en su aldea tampoco. Como buen sidrero, el cielo, a buen seguro, le estará esperando para agasajarlo con golpes de amor, aromas pomológicos y gaita. Todo un recibimiento celestial para una persona difícil de olvidar y que ha dejado huella en su caminar vital.