RICARDO V. MONTOTO
Gracias a los guionistas de Hollywood ahora nos enteramos de que el mundo se acabará el 21 de diciembre de 2012. Según dicen, eso ya lo vaticinaron los mayas hace un mogollón de años pero nadie hizo caso hasta que algún espabilado vio el negocio rodando una película basada en esa premonición.
Vamos a ver, ¿no podían haber avisado antes? Llevo invertido un pastón para la jubilación y me desayuno una mañana con la noticia de que todo se va a la porra. No me va a dar tiempo a disfrutar de los ahorros. Esto no se hace, oiga, que la vida está muy achuchada, que se priva uno de darse más alegrías guardando algo para la vejez cuando ya los mayas le pusieron día y hora al acabose. Es que estoy por pedir que me devuelvan el dinero y fundirlo pegándome la gran vida.
Pero por otra parte me asaltan serias dudas. ¿Cómo es posible que toda esa gente que dispone de información privilegiada esté robando a manos llenas sabiendo que en tres años pasaremos todos a otra dimensión? ¿Para qué quiere alguien chorizar millones de euros arriesgándose a dar con los huesos en la trena si el 21 de diciembre de 2012 se destruirá el mundo?
Yo, que soy mal pensado, sospecho que todos esos a la fuerza han de saber algo que los demás desconocemos. Seguro que tienen conocimiento de lo que hay más allá. Y por su conducta y la infinita codicia que les mueve, la "otra vida", además de ser cierto que existe, está repleta de bancos, paraísos fiscales y terrenos susceptibles de recalificación.
No sé qué hacer. Estoy en un mar de dudas. ¿Esto se acaba o no?, ¿llegaré a jubilarme?, ¿será válido el plan de pensiones en el séptimo cielo?, ¿gasolina o diesel?
Cierto que ya dijeron que el mundo se acababa el año 1000, el 2000, cada vez que la fecha era capicúa, con la erupción de un volcán, con ocasión de algún eclipse, con el paso de cometas, etcétera. Pero si en una de estas aciertan y me muero dejando la pasta en el banco, a mí me da mal.