JAVIER GARCÍA CELLINO
«Sigue, pues cuchillo, / volando, hiriendo. Algún día / se pondrá el tiempo amarillo / sobre mi fotografía».
(Miguel Hernández)
A buen seguro que habría distintas y variadas opiniones entre nosotros si tuviéramos que responder a cuáles son las características que conforman una obra artística, pero no es menos cierto que siempre que se habla de una obra de arte la mente se asocia a una imagen. Y, sobre todo, a una imagen visible, palpable y quizás también duradera, que, a fin de cuentas, es el reflejo de una emoción importante, del modo que tienen los sentimientos de percibir la realidad (en parte, la intuición y la creatividad son posibilidades de llegar aún más lejos en el conocimiento de lo real).
Los distintos cristalinos políticos que escrutaron y continúan explorando el mundo han intentado moldear -siempre en su provecho, naturalmente- las distintas corrientes artísticas. Uno de los métodos empleados para ello fue el de la división entre artes mayores y menores, que, además de utilizar criterios estéticos, funcionales o de otro tipo, tenía también el objeto de continuar perpetrando una división social -el mundo intelectual o el industrial, a modo de ejemplo-, y que, como todas las divisiones, sirve para mantener una estructura jerárquica.
Por ello, el paso del tiempo, un ser caprichoso donde los haya, pues lo mismo corre, que camina o se detiene a dar vueltas sobre sí mismo, ha colocado a la fotografía en un lugar inferior al de otras corrientes artísticas, cuando, en realidad, una imagen poderosa es capaz de transmitir el mismo efecto envolvente, seductor y mágico (el arte tiene pocos ingredientes lógicos, lo que no significa, necesariamente, que tenga que estar peleado con la ciencia) que acompaña a una buena obra de arte.
A iniciativa de la Asociación Cultural «Cauce del Nalón», y precisamente para demostrar que el lenguaje real casi nunca deja satisfecho a nadie, y que, por ello, necesitamos otros modos distintos de comunicarnos con nosotros mismos y con los demás, se han reunido cinco artistas del valle -miembros todos de la Asociación Cultural «Cauce»- a los que los une su afición a ese arte que se diseña y se escribe con la luz, y en el que se coquetea también con los más importantes recursos -iluminaciones, composiciones o texturas- que utilizan los pintores o los escultores.
Sabedores de que una imagen fotográfica no tiene sólo un valor documental o testimonial, sino que más allá de ello existe la riqueza polisémica de un lenguaje y de un mensaje que, aún estando articulado en el pasado, espera a que alguien lo despierte de su sueño y se deleite en su verdadera belleza, los miembros de «Cauce» -Alfonso Granda, F. J. Lauriño, Paco Canto, Roberto Pato y el tristemente fallecido Ramón Felgueroso- nos han dejado la impronta de un esmerado trabajo colectivo en el que no han faltado algunas coincidencias: dos de ellos exponen sus relatos fotográficos a modo de series: «Materia» y «Ciclo vital» y, además, en todos existe alguna referencia al patrimonio industrial.
A buen seguro que Lewis Carroll -el autor de «Alicia en el País de las Maravillas»-, Cartier Brensson y Robert Capa, entre otros fotógrafos importantes, se hubieran sentido muy satisfechos con esta muestra.