RICARDO V. MONTOTO
Nunca me ha gustado visitar enfermos en los hospitales. Y, llámenme rarito, pero tampoco me hace demasiada gracia ser yo el visitado cuando me toca estar en «el lecho del dolor». Las romerías que se montan en habitaciones y pasillos me parecen incompatibles con el sentido de un hospital. No es razonable que en la habitación de dos o tres pacientes se concentre una decena de familiares y amigos que charlan animadamente, discuten sobre fútbol y se intercambian los números de teléfono mientras en las camas hay pacientes que necesitan tranquilidad y reposo para sanar.
Pero el caso es que el otro día me tocó ejercer de visitante, por aquello de la cortesía social, pues los hay que llevan muy en cuenta estas cosas, y si no apareces en la lista de los que desfilaron ante su cama se te enfadan para siempre jamás. Bueno, pues llegamos allí, subimos a la planta y según salimos del ascensor advertimos cierto revuelo. Las enfermeras buscaban a un paciente que no se encontraba en su habitación. En ese momento apareció el sujeto, que venía de las escaleras. El tipo en cuestión, ingresado a causa de una grave insuficiencia respiratoria, y condenado a vivir enganchado a una bombona de oxígeno, se había escondido para fumar un pitillo.
Qué desgracia tan grande tienen esas personas que, conscientes de que a causa del tabaco su vida pende de un hilo, son incapaces de reprimir el ansia de fumar ni en una situación tan lamentable como la de requerir una mascarilla y oxígeno para seguir respirando.
Y personas aparentemente inteligentes se hallan esclavizadas por unos cilindros llenos de hierbajos, dependientes y arrodillados ante el poder adictivo del tabaco.
Se me hace difícil entender que alguien se ponga en manos de los médicos con el propósito de sanar para seguidamente quitarse la mascarilla y encender otro cigarrillo. Para eso, mejor matarse directamente. Si uno sabe que de seguir fumando morirá en poco tiempo, y aun así lo continúa haciendo, ¿para qué va al médico? Oiga, fume lo que le dé la gana, mátese aspirando humo de tabaco, pero no ocupe una cama de hospital porque hay mucha gente que sí quiere curarse.