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Historias heterodoxas

El petroglifo de Cenera

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El petroglifo de Cenera
El petroglifo de Cenera  

ERNESTO BURGOS Pocos años antes de su muerte, ocurrida en 1977, el profesor José Manuel González recorrió una gran parte de nuestra región buscando castros y túmulos hasta finalizar una relación por concejos que desde su publicación y hasta hoy, a pesar del tiempo transcurrido y de los constantes descubrimientos, avances técnicos y fructíferas excavaciones que se han venido haciendo, es la piedra angular de la arqueología asturiana para estas etapas.

Como seguramente conocen, llamamos castros a los antiguos poblados fortificados en los que habitaban nuestros antepasados antes de la llegada de los romanos, aunque en algunos casos aislados pervivieron unos siglos más. Los túmulos, en cambio, son monumentos funerarios más antiguos, donde pueblos pastores nómadas anteriores a los astures enterraban a sus muertos en cámaras formadas con lajas de piedra emplazadas en medio de montones artificiales de tierra o también de piedras más pequeñas que a veces aún destacan sobre el terreno.

Además de estos trabajos, el erudito también dio a la imprenta sus conclusiones sobre otras investigaciones menos llamativas, pero igualmente valiosas e incluso más valientes, porque abordaban temas sobre los que en aquellos años se habían hecho muy pocos estudios serios en el resto del Estado. Entre éstos destaca «Estaciones rupestres de la Edad del Bronce en Asturias», incluido en 1975 dentro del tomo 25.º de la revista Archivum de la Facultad de Filología. Allí, el investigador dio a conocer uno de los aspectos más oscuros de la historia del arte asturiano: los grabados sobre piedra datados en la Edad de los Metales y que representan motivos tan simples que resulta imposible conocer su significado.

La práctica totalidad de los que él localizó en la Montaña Central y los que han ido catalogándose con posterioridad pertenecen a yacimientos situados en lo más alto de nuestras montañas y se limitan a líneas, cruciformes, cazoletas, canales y orificios de diferente profundidad, salvo una figura humana esquematizada que fotografió sobre la aldea mierense de Grameo y que, como la mayor parte de los citados en su trabajo, ya está perdida definitivamente. Aquí va la relación completa; primero lean, luego intenten localizarlos y por último lloren.

En torno a un peñascal de las inmediaciones del Picaxu, en el cordal o sierra de Fayéu que parte términos entre Oviedo y Langreo. En el sitio de Los Cuetos, cercano a la campera de El Españal, al norte de Blimea, en lo alto del cordal que corre sobre el valle del Nalón por su derecha. En Peña Corián, en lo alto del cordal que separa Villoria y la Pola, en Laviana. A lo largo del cordal que baja desde el Llosorio a Ablaña, en Mieres. En la ladera occidental de Polio, en el Sierru Les Muries, y un poco más abajo, en la Peña El Rebullusu, y finalmente en varios puntos del cordal que separa Aller y Turón: cerca del Picu Navaliego, en el Picu El Salgueru y, como ya les dije, sobre Grameo.

José Manuel González distinguía entre grabados e insculturas o petroglifos, entendiendo que los segundos están marcados más profundamente que los primeros, pero nosotros preferimos emplear el término petroglifo para designar al grabado de Cenera porque se ajusta a la etimología de la palabra (de petra-piedra y glifo-grabado) y explica claramente de qué se trata.

Y ahora que ya sabemos lo que es un petroglifo, vamos a conocer el de Cenera con la seguridad de que nos encontramos ante la primera manifestación artística de la Cuenca del Caudal y que por su originalidad y plasticidad está destinado a convertirse en un símbolo gráfico para representar al concejo de Mieres.

La primera noticia sobre esta pieza, que al contrario que los que acabamos de citar se hizo para ser movida fácilmente, la dio el recordado Benxa en su «Laminarium de Mieres y Lena», publicado en 1975. Allí incluía junto a su dibujo -realizado a mano alzada y con mejor intención que exactitud, como todos los suyos- un comentario sobre su hallazgo y su posible origen: «Piedra con extraños símbolos aparecida al reparar el puente de La Casona en su pared de la izquierda por la parte de aguas abajo (Medidas: 55 x 29 centímetros). Sobre esta piedra de Cenera la opinión autorizada es que no es de la Prehistoria, sino de la Edad Media, y parece indicar una dirección».

Sin embargo, está claro que Benxa, aunque no era un especialista en arqueología, tenía un extraordinario olfato para estas cosas, ya que para curarse en salud no dudó en esbozar en la misma página el ídolo de Peña Tu y unos dibujos de un yacimiento francés aclarando que esos motivos del mesolítico o neolítico eran completamente ajenos al concejo de Mieres, pero que los copiaba por su cierta analogía con la figura de la piedra de Cenera, y para avalar esta posibilidad completó su texto con dos notas, una de Félix Magdalena y otra de Marino Fernández Canga, redundando en esta opinión.

Desde aquel momento la pieza pasó al olvido y estuvo recogida en una casa de la localidad durmiendo el sueño de los justos hasta que en 1988 volvió a aparecer en otra publicación local colectiva, «Noticias históricas sobre Mieres y su concejo», donde Gausón Fernández la dibujó de nuevo junto a un breve texto donde señalaba que está grabada con un motivo esquemático emparentado con otros catalogados como del Bronce, tales como el antropomorfo de la sierra de Tudela. Ésta vez el apunte fue exacto en todos sus detalles, aunque su posición, a mi juicio, debe invertirse, pero estos extremos son siempre discutibles.

Para que se hagan una idea: se trata de un grabado muy fino y poco profundo realizado por presión con un buril sobre la parte superior de una roca blanda con las medidas que correctamente apuntó Benxa; el diseño ocupa de manera longitudinal dos tercios de su superficie y en él se observan cuatro motivos complejos (una especie de «U», un óvalo radiado, una forma campaniforme y una flecha) unidos por una misma línea de 22 centímetros.

La pieza presenta aproximadamente un tercio de su superficie sin desbastar, por lo que resulta lógico pensar que se hizo así para que se presentase levantada enterrando esta parte sobre el terreno o sujetándola con otras piedras, de modo que el grabado debe ser visto en dirección vertical y comenzando desde esta dirección. Posiblemente no llegaremos nunca a conocer su significado concreto, pero lo que sí sabemos es su vinculación con la cultura funeraria de los pueblos pastores que recorrieron hace miles de años nuestra tierra y que enterraban a sus muertos en megalitos como el de Peña Raigá, no muy lejos de Cenera.

También podría pensarse, por la cercanía del castro del Castiellu de Santana, que pueda tratarse de una pieza astur o romana, pero ni la composición ni el trazo se corresponden con lo habitual para estas épocas, y lo mismo sucede con las producciones de época medieval para señalar alguna linde territorial, una propiedad o, aún menos, algún tipo de enterramiento o de referencia religiosa.

Lo que en realidad tenemos hoy ante nosotros es uno de esos grabados que empezaron a realizarse a finales del Calcolítico, se desarrollaron plenamente durante la Edad del Bronce y perduraron hasta la Edad del Hierro o incluso más allá, por lo que es imposible su datación exacta, pero si tomamos como referencia la obtenida en yacimientos megalíticos de otras partes de Asturias podríamos remontarnos incluso hasta mediados del segundo milenio antes de Cristo.

Este verano el petroglifo ha sido recuperado y va a ser expuesto definitivamente en un local donde podrá ser visto libremente por quienes quieran saciar su curiosidad: el restaurante La Viña, muy próximo al lugar en el que fue localizado por primera vez. Allí, su propietario, Eduardo Rodríguez, asesorado por el amigo común Alejandro Peláez, lo ha dispuesto todo para que se exponga tan dignamente como merece.

Todos somos conscientes de que desde el Museo Arqueológico Provincial se suele presionar para que estos hallazgos se lleven hasta sus vitrinas, pero, siendo realistas, sabemos de sobra que en el mejor de los casos su destino sería exhibirla como un objeto menor dentro de una colección en la que los visitantes sólo se detienen para contemplar las piezas más importantes.

Desde esta página siempre hemos defendido la postura de que los habitantes de cada pueblo tienen derecho a conocer y proteger lo que es suyo y que muchos de estos hallazgos multiplican su interés cuando se muestran en el lugar en el que fueron encontrados. Para que entiendan mejor lo que quiero decir sólo deben hacerse esta pregunta: ¿cuántos vecinos de Ujo conocen las importantes lápidas romanas de su localidad que llevan décadas expuestas en Oviedo?

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