LUIS
ALONSO-VEGA
Pensando en el año 1975, con un único «movimiento nacional», carente de autonomías -je, je, y «autonosuyas»- y otros entes locales, lo que hoy hay es más fuerza que lo de entonces. Por eso el presidente nacional del Partido Popular, Mariano Rajoy, sin apenas península («tierra cercada por el agua, y que sólo por una parte relativamente estrecha está unida y tiene comunicación con otra tierra de extensión mayor»), punto de apoyo o sujeción, matando incómodas pulgas a cañonazos comunidad por comunidad y Ayuntamiento tras Ayuntamiento, quiere poner en marcha el «Código de Buenas Prácticas» y que, entre otros sanos remedios, no acepten sus miembros los regalos de empresas que contrate el partido. ¡A buenas horas mangas verdes! Pero no les voy a hablar de aquellos miembros de la Inquisición, que sí llevaban «mangas verdes».
Sin llegar tan allá como el siglo XV, nuestra historia, mejor «mi historia», hoy se la cuento a ustedes ya fallecidos los interfectos que diéronse, primero, por satisfechos y, después, por afectados en la misma leyenda de «no aceptar regalos de empresas». Como confesor que fui de uno de los aludidos, cuento el pecado y no el pecador. El hecho sucedía en un organismo oficial y no determinado, y la normativa se creaba evitando escandalizar el movimiento de regalos ante la proximidad de las fiestas navideñas. Para que tal práctica fuese ejemplarizante, el ordenante sería el primero en llevarla a cabo. Así, se pasaron instrucciones a todas aquellas empresas que rodeaban y rondaban a los correspondientes funcionarios del ente.
Llegó la Navidad y así discurrió a «pan y agua» para todos aquellos personajes. Mas?, ese «mas» que sustituye al «pero», llegada la primavera, se reunieron al azar dos de aquellos altos jefes que, en su momento, habían dado las referidas instrucciones de no aceptar «nada de nadie». Como digo, reunidos ambos y en un momento de silencio mortal, uno de ellos dijo: «Tengo que contarte algo». Y el otro, sentado enfrente, soltó con el mismo aire de culpabilidad. «Y yo también». No recuerdo quién se despachó primero, pero arrancó con una frase algo así como: «De Fulano recibí una caja de vino». A lo que respondió el otro: «Y yo otra». Ambos se habían olvidado de decirle al obsequiante la prohibición de marras. Entonces, buscando justificación, afirmó uno de ellos: «Bueno, sólo era una caja». Pero el otro no tardó en responder: «¡Joder, pero era un vino de la hostia!».
Y acabo. Don Mariano sólo lleva cincuenta y cuatro años de retraso en la elaboración de sus «nuevas» instrucciones. Pero ya lo decía mi madre: «A los arrepentidos quiere Dios».