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Desencuentro en Barcelona

 
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El 20 de octubre de 1937, cuando la Guerra ya estaba perdida en nuestra región, el Consejo de Asturias y León celebró su última reunión extraordinaria. Durante décadas los historiadores tuvieron que especular sobre lo que ocurrió en torno a aquella mesa y las diferentes posturas que mantuvieron sus integrantes ante la debacle. En abril de 1973 el ex alcalde de Oviedo y actual eurodiputado Antonio Masip recibió en la ciudad de México una copia del acta de la reunión que había guardado en el exilio el mierense Juan Pablo García Álvarez, el masón español de más rango durante la transición democrática, que desempeñaba en aquel año el cargo de soberano gran comendador del Supremo Consejo de Grado 33.

En los tres folios de que consta el documento aparece un relato que gira en torno a dos puntos: la organización de la huida ante las represalias que se avecinaban y la situación en que iba a quedar Asturias cuando se produjese. En un momento de aquel debate, el consejero de Instrucción Pública, el comunista Juan Ambou, intentó justificar la situación achacándola tanto a la mala política como al desánimo que había cundido entre muchos soldados republicanos al enterarse de la huida hacia Francia de un grupo de dirigentes apenas una semana antes de la jornada que se estaba viviendo.

No sé si alguno de los lectores de estas historias recordará el episodio que les conté hace tiempo sobre el médico francés Armand André Thily, que publicó desde Mieres una emotiva carta en el órgano socialista «Avance» criticando precisamente aquel hecho y anunciando que prefería morir en esta tierra en vez de poner tierra por medio como sus jefes. Un deseo que no tardó en hacerse realidad.

Pues bien, a lo que el comunista y el francés se referían era a la huida en la draga «Somo», del Departamento de Obras Públicas de Avilés, que tuvo lugar el 12 de octubre desde el puerto de San Juan de Nieva hacia las costas galas, un episodio del que Ambou culpaba directamente en el acta del Consejo a los manejos de una organización secreta, que en aquel tiempo no podía ser otra que la masonería. Y en parte no se equivocaba mucho, porque muchos de los que zarparon en aquel barco sí eran hijos de luz, aunque como siempre ocurre, también subieron a bordo otros que no lo eran y, al contrario, hermanos tan destacados como José Maldonado se quedaron en tierra, a pesar de haber estado entre los que organizaron el viaje.

Uno de los que se marcharon fue Juan Pablo García, y no es descabellado pensar que él figurase también entre los responsables de la salida, puesto que muchos testigos contaron luego cómo se encargó de dirigir el barco a puerto seguro y una vez allí para que les dejasen atracar no dudó en efectuar el saludo masónico desde la proa, en la seguridad de que cuando lo viese el práctico del muelle iba a abrir el paso a la expedición, como así fue. Ésta es una escena que escuché por primera vez de José María Pellanes y de la que siempre me acuerdo gracias a la inolvidable interpretación gestual con que acompañó su relato

Juan Pablo era también un destacado dirigente socialista, de la línea que encabezaba desde Madrid Indalecio Prieto, pero como el resto de los militantes que se embarcaron en la draga «Somo» fue expulsado del Partido Socialista, aunque, ajeno a esta circunstancia, en enero de 1938 ya estaba de nuevo en la España republicana. Esta vez en Barcelona, una capital donde las cosas se hacían bastante mejor que en Asturias, allí no abandonó su membresía masónica y siguió abonando las cuotas a la logia gijonesa Jovellanos, de donde procedía, hasta que le resultó imposible y entonces pidió su traslado a otra de la capital catalana, la Victoria, donde desempeñó el cargo de venerable maestre.

De su biografía no voy a dar aquí más que dos datos necesarios para entender el episodio que hoy nos ocupa: durante la Revolución de 1934 participó activamente en el Comité Revolucionario de Mieres y por ello fue torturado y encarcelado y, posteriormente, al iniciarse la Guerra Civil se incorporó como comisario político de la primera brigada de Infantería Ligera de Asturias y en seguida fue nombrado presidente del Tribunal Popular de la Asturias republicana.

Ahora, vayamos al otro protagonista de nuestra historia, que también es un viejo conocido de mis lectores: Manuel Grossi Mier «Manolé», amigo de juventud del masón, aunque siempre guardando las distancias, primero por su diferencia social, ya que mientras Juan Pablo fue un estudiante brillante que logró concluir sus estudios de Derecho becado por el Ayuntamiento y el SOMA y pronto trabajó como profesor en el Instituto de Segunda Enseñanza de Mieres, Manolé nunca dejó de ser minero, y segundo porque mientras el uno se opuso siempre a las alianzas con los comunistas, el otro era el responsable del Bloque Obrero y Campesino, un pequeño grupo situado en el ala más izquierdista del proletariado.

A la hora de la verdad, ambos pelearon codo con codo en el octubre revolucionario y mantuvieron el contacto hasta su muerte, a pesar de sus diferencias y de la distancia, ya que rehicieron sus vidas en México y Francia, respectivamente, y nunca volvieron a verse desde que iniciaron sus exilios.

Ahora retornemos a la Barcelona de aquel 1938. Allí vivía Grossi desde que había dejado Mieres convencido de que aquí la vía revolucionaria estaba agotada y de que en la capital catalana, «la Rosa Roja», otro mundo era posible. Cuando Franco había levantado al Ejército de África en julio de 1936 los bloquistas ya formaban parte de otra organización con más ambiciones, el POUM, y eran capaces de organizar por sí mismos una columna de militantes para combatir en primera línea, Manolé, alejado definitivamente de lo que pasaba en Asturias, fue uno de sus jefes.

Pero el POUM estorbaba a los partidos comunistas mayoritarios, el PCE y el PSUC, controlados entonces por agentes de Moscú que encontraron la disculpa para deshacerse de ellos acusándoles nada menos que de espionaje al servicio de Franco y de colaboración con el fascismo tras los «sucesos de Barcelona». Les cuento lo que pasó.

Entre el 3 y el 8 de mayo de 1937 Cataluña y especialmente las calles de Barcelona fueron escenario de una serie de violentos enfrentamientos entre revolucionarios de la CNT, el POUM y otros grupos afines contra las autoridades republicanas y catalanistas que defendieron su autoridad a tiros. Apenas un mes después el dirigente del POUM Andreu Nin fue secuestrado y asesinado y cientos de sus militantes, detenidos, con lo que quedaba claro que la peor parte la iban a llevar los compañeros de Grossi.

Finalmente, el 11 de octubre de 1938 se inició el juicio oral contra los dirigentes del POUM. Casualidades de la vida, Juan Pablo García presidía entonces el Tribunal de Espionaje, Alta Traición y Derrotismo, mientras que Manolé, que debía sentarse en el banquillo, se salvó por una crisis respiratoria, una enfermedad que sufrió toda su vida, aunque a pesar de ello no quiso dejar solos a sus compañeros y se presentó en la sala. Les dejo con su propio relato tal y como él lo redactó:

«Después de haber salido de Asturias anticipadamente, se encontró con que Ramón Peña alcanzó el puesto de ministro de la Gobernación. Juan Pablo se las arregla para que Peña le tenga en cuenta, y como en aquel momento había que ir juzgando a los del POUM y no se encontraban jueces para el caso, es Juan Pablo el que se presenta como presidente de uno de aquellos tribunales. Eran unos veinte del POUM los que habían de ser juzgados, entre los que debía encontrarme yo, pero que me he librado por haber sido trasladado al hospital por enormes ataques de disnea, pero me escapé del hospital y me presenté en el Palacio de Justicia, donde ya había comenzado el juicio. Me asomé a la puerta de la sala y cuál no sería mi dolor al ver a Juan Pablo de presidente del Tribunal juzgando a los míos ¡Qué momento aquel!? ¿Qué habría sucedido si en aquel momento hubiesen sabido los que estaban en el banquillo que el presidente era un desertor?».

Manolé siempre mantuvo que aquella tarde Juan Pablo lo había reconocido cuando lo vio en la puerta, pero prefirió ignorar a su antiguo amigo, seguramente para no tener que condenarlo con los otros revolucionarios. Sólo volvió a verlo otra vez, cuando ya todo se acababa y miles de españoles cruzaban a pie la frontera. Él era el comandante de plaza en el paso de la Junquera e intentaba en vano poner un poco de orden entre aquel el maremagno de automóviles, carretas, familias deshechas y combatientes extenuados que llenaba la carretera; de pronto reconoció entre a la multitud a dos viejos compañeros de lucha: Juan Pablo García y Belarmino Tomás, presidente del Consejo de Asturias y León, que habían abandonado su vehículo y se dirigían juntos hacia Francia. Llegó a tenerlos a cinco metros de distancia y aunque le pareció extraño que ambos caminasen juntos, cuando pocos meses atrás Belarmino había acusado de traición a su acompañante firmando incluso su expulsión del PSOE, comprendió que en las situaciones extremas no existe la lógica. Lo que nunca me contó Manolé fue por qué aquel día no se acercó a saludarlos.

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