RICARDO V. MONTOTO
Otra noche insomne. La semana pasada fue por culpa Rappel. Era la una y pico de la madrugada, apagué la luz de la mesita, coloqué convenientemente la almohada y me dispuse a dormir a pata suelta cuando en la radio alguien dijo algo sobre Rappel.
El cerebro, que cada día controlo menos, acto seguido recuperó la imagen del estrambótico mentalista vestido tan sólo con un tanga de leopardo. Y se fijó de tal modo que, me pusiera como me pusiera, era cerrar los ojos y aparecer tan horripilante visión bloqueando cualquier asomo de pensamiento productivo o plácido sueño. Lo intenté durante más de media hora y, al final, me rendí. Si con los ojos cerrados se me aparecía Rappel en tanga, más valía mantenerlos abiertos. Y así hasta el alba.
Anoche me quedé en vela por la televisión. Tuve la espantosa idea de, justo antes de intentar dormir tras el monólogo de Buenafuente, zapear por el universo TDT. Y caí en sus redes.
En un canal, una chica horrenda pero con la pechuga siliconada hasta lo inverosímil retaba al personal con una cuenta matemática. Me enganché. En un cuarto de hora obtuve cincuenta resultados distintos. Me detuve en la promoción de un maravilloso artilugio para fortalecer los abdominales. Me palpé la barriga. Detecté un único abdominal, desde el costillar hasta el bajo vientre.
Cambié a un bigotudo hiperactivo que aseguraba arreglar los arañazos del coche con un rotulador. Anda ya, hombre. Entonces, pulsé la tecla del mando a distancia y me encontré con una amable y bien parecida pareja cantando las excelencias de un extraño instrumento para propiciar el alargamiento del pene. Aquello tenía que doler. Las animaciones explicativas del funcionamiento del artefacto daban tal congoja que me fui encogiendo dentro de la cama hasta quedar hecho un ocho. Por una parte, el infernal invento provocaba el vacío y un efecto de succión y por otra, mediante gomas y topes se forzaba la elongación de nuestro querido amigo hasta casi desprenderlo de su ubicación natural.
Apagué la tele bruscamente e intenté olvidar lo recién visto. No pude. Dolía solo de pensarlo. Y así hasta el amanecer.