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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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Wilebaldo Solano nació un 7 de julio -como yo- aunque bastante antes, en 1916; cuando era muy joven comenzó una vida dedicada a la idea revolucionaria que ha mantenido con lucidez hasta la actualidad, lo que le convierte en un testigo imprescindible para entender los movimientos de la izquierda comunista española a lo largo del pasado siglo XX. Vivió los hechos de octubre de 1934 como miembro del Comité de la Alianza Juvenil de Cataluña y siempre compaginó la acción política con las colaboraciones periodísticas en la prensa obrera. Ahora la Fundación Andreu Nin ha recuperado en su página web dos curiosos artículos relacionados con la sanidad, que él mismo escribió en 1935 y que en cierto modo se complementan.
El primero lo tituló «El Hospital Proletario» y en él escribía sobre la «bella utopía» que se discutía en aquel momento en los centros políticos y sindicales donde se hablaba de la necesidad de que los obreros pudiesen contar con un establecimiento sanitario propio de categoría, a sabiendas de que el mayor obstáculo estaba en el enorme coste que iba a suponer mantenerlo una vez abierto. Según su lógica, de la misma forma que el proletariado había logrado crear sus propios instrumentos en el frente económico con los sindicatos y las cooperativas, en el político con los partidos y en el cultural con los ateneos populares, el siguiente paso debía ser el frente sanitario para defender su salud y su vida.
Dos meses más tarde volvió al mismo tema con otro escrito sobre la organización sanitaria de la Comuna Asturiana donde en menos de una página resumía con admiración la breve historia del Hospital revolucionario que se había creado en el Mieres del Octubre Rojo. Verdaderamente, el trabajo realizado con los heridos en los enfrentamientos de aquellos días es un capítulo cuya importancia crece con el tiempo por su sorprendente eficacia y el impecable trato que se dio a los hospitalizados de ambos bandos, pero lo que más llama la atención en el artículo del joven Wilebaldo Solano es la cantidad de datos exactos que da a sus lectores sobre este establecimiento y que a la fuerza tuvo que haberle proporcionado algún testigo directo que debemos buscar entre los dirigentes de su partido en Mieres: Manolé Grossi, Benjamín Escobar o Marcelino Magdalena.
Contaba él -y estaba en lo cierto- que los primeros heridos que se produjeron en un goteo incesante ya desde la madrugada del día 5 fueron atendidos en un hospitalillo instalado en la Casa del Pueblo, pero al multiplicarse su número fue necesario habilitar la Escuela de Capataces donde se creó un Hospital con capacidad para 500 internos repartidos en nueve salas: seis para los heridos en la lucha, una para hombres enfermos, otra para mujeres enfermas y la novena para prestar asistencia a las embarazadas.
Cada sala contaba con su propio equipo formado por tres médicos, dos practicantes y un grupo de enfermeras que trabajaban a turnos y la instalación se completó con la habilitación de quirófanos, una farmacia al cargo de dos profesionales y hasta un gabinete odontológico atendido por un dentista, además de la correspondiente cocina, servicios de limpieza y la inevitable seguridad que imponían aquellas jornadas de violencia.
Wilebaldo Solano resaltó también en sus artículos cómo los guardias civiles y de asalto fueron atendidos sin tener en cuenta que procedían de las filas enemigas y anotó la existencia de centros de urgencia instalados cerca de los frentes y rondas sanitarias formadas por dos médicos y dos ambulancias para atender a la población civil, especialmente tras los bombardeos aéreos.
Las informaciones que en el mismo año Manolé Grossi acababa de escribir en su libro «La Insurrección de Asturias» coinciden con las publicadas por Solano: «Los combates revolucionarios producen gran número de heridos, necesitamos hospitales. Queda instalado en Mieres el Hospital general con unas quinientas camas que son ocupadas rápidamente. También se instalan hospitalillos en Sama, Turón, Pola de Lena, Riosa, Moreda, etcétera. Además de Hospital provincial, en Oviedo se improvisan también varios hospitales. En todos esos hospitales prestan asistencia todos los médicos y practicantes de las respectivas localidades. No nos interesa conocer sus ideas políticas, si las tienen. Son facultativos y deben cumplir con su deber curando a cuantos heridos ingresan en los establecimientos. Por su parte, llenan este deber profesional sin la menor reticencia. Estos médicos y practicantes pueden darse cuenta de que nosotros no establecemos diferencia alguna en el trato entre los heridos revolucionarios y los heridos de la fuerza pública».
El dirigente revolucionario señaló también como el número de heridos ingresados en el Hospital acabó siendo extraordinario y a pesar de que se requisaron todos los medicamentos de las farmacias, no bastó para atenderlos a todos, aunque cuidarlos se convirtió en una prioridad y se reservaron para ellos los mejores alimentos. A la vez se preocupó de dejar en buen lugar a los médicos que "operan día y noche con una voluntad y un tesón extraordinario", aunque no quiso ocultar el hecho de que muchos de los enfermeros voluntarios eran derechistas que buscaban la seguridad que les daba el trabajo en el Hospital.
Los últimos párrafos del artículo de Wilebaldo Solano se refieren a dos jóvenes médicos militantes del Partido Socialista cuyo caso aún recuerdan quienes vivieron aquellos días, los hermanos Armando y José Barreiro Courtada, que fueron juzgados y condenados a cadena perpetua tras la vuelta a la normalidad. El joven periodista y militante político pedía entonces su libertad y yo, aprovechando que el Caudal pasa por Mieres, les voy a dar algunos detalles sobre aquel juicio, que fue seguido en toda España porque los dos encausados rompían la rutina habitual entre los detenidos, ya que no eran mineros sino intelectuales que además habían alcanzado cierta notoriedad entre la población.
La vista tuvo lugar en Oviedo durante la mañana del 12 de marzo de 1935 y los dos hermanos acudieron a ella resueltos a responder a tres graves acusaciones para las que se pedía la pena de muerte: haber estado entre los dirigentes revolucionarios, haber tomado parte y dirigido el asalto al Banco Asturiano de Mieres donde se había obtenido un botín de 97.279 pesetas y haber saqueado los almacenes Ceñal y Zaloña de Oviedo buscando material quirúrgico y productos de laboratorio para el hospital mierense.
El juicio se inició con el relato de su detención en Galicia cuando trataban de huir hacia Portugal con una importante cantidad de dinero e inmediatamente se llamó a dos testigos, vecinos muy conocidos en la villa, Gerardo Suárez y Livio Hevia, quienes declararon que les habían oído discutir en un bar con el que había sido corresponsal del Noroeste en la villa, Sandalio López, sobre la conveniencia de fusilar a un guardia civil. Luego intervinieron varios médicos del Hospital manifestando que los habían visto en sus salas llevando y trayendo materiales, pero no actuando como sanitarios y coincidieron al contar como los hermanos habían convencido a uno de ellos, el doctor Arsenio Fraile para que no hablase públicamente contra la revolución, salvando así su vida.
Seguidamente subió al estrado a Francisco Trincado, miembro del Comité revolucionario y también acusado de haber participado junto a ellos en el asalto al banco, éste afirmó que no podía asegurar que ellos hubiesen formado parte de aquel Comité y se retractó de declaraciones anteriores en las que había dicho que el dirigente González Peña había dado la orden de apoderarse de los fondos de los bancos para preparar la huída, alegando que las había hecho bajo coacciones.Tras él se hizo hablar a Manuel Grossi, quien según la prensa había sido el responsable del movimiento revolucionario en Mieres y el encargado de organizar a los médicos del hospital, Manolé también negó la supuesta orden de González Peña y en cuanto a la implicación de los hermanos en el asalto al Banco Asturiano respondió que no podía precisarla porque solo había oído rumores sobre el asunto, pero a continuación les llegó el turno al cajero y el interventor de dicho banco que aseguraron que habían sido ellos quienes pistola en mano les obligaron aquel día a abrir la entidad. Luego, tanto el abogado defensor como el fiscal expusieron sus conclusiones y por último, a pesar de que estaba visiblemente enfermo, tomó la palabra Armando Barriero, para responsabilizar a un vecino de haber dicho por una venganza personal a causa de un desacuerdo económico que ellos estaban entre los cabecillas de la revolución, sin embargo sí reconoció la incautación de medicamentos en Oviedo aduciendo que no podía dejar a los enfermos muriéndose en Mieres mientras se disponía de materiales para su curación en otro lugar y en cuanto al robo a la entidad bancaria, aseguró que fue el propio cajero Evaristo Portilla quien les había rogado varias veces que le acompañasen al banco el día de la incautación porque podía irle en ello la vida y al cambiar las tornas, para limpiar toda sospecha, lo negaba.
Y bien que lo siento, pero mi espacio no da para más. Si les ha interesado el tema de hoy, misión cumplida.
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