CARLOS CUESTA
Por pedir que no quede. Es lo normal. Los gobernados, englobados en asociaciones, entidades, foros, directivas, sociedades, agrupaciones, amigos y demás grupos de labor civil, tienen en su misión principal ser petitorios, demandar apoyos para sus colectivos y también pedir para que sus concejos o localidades sigan la senda del avance y el progreso. Todo perfecto. Sin embargo, en estos tiempos que nos toca vivir, con una grave crisis y una recesión económica notable, los habitantes de estos entornos mineros, cada vez menos, se las ven y se las desean para aguantar el tirón de la exigencia. Y los que ofrecen las dádivas oficiales como los ayuntamientos o la Administración regional se encuentran en unos momentos difíciles con unas arcas casi vacías y sin apenas realizar actuaciones urbanísticas y de otra índole. Salvan con los fondos mineros y las ayudas del plan estatal marcado por el Ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero. Pero esta realidad se vuelve terca y acabará por tornarse en contra.
La situación económica del país está lastrando muchas expectativas de avance, y en las Cuencas, si no es por esos dineros de la Unión Europea y del Estado, la cosa va por mal camino. El empleo no surge, lo poco que hay está con problemas, el empresariado duda de sí mismo por el futuro inmediato y el tejido industrial no termina de despegar.
Con el nuevo año, las peticiones populares seguirán su cauce, porque hay que pedir sin ser muy exagerados. Hasta ahora todo ha ido de maravilla. Había dinero por todos los lados, con una construcción que servía de motor económico, y la sociedad bullía en consumo y fiesta. La crisis, que nos golpea cada vez más, ha puesto a cada uno en su sitio. La producción por estos lares está casi estancada. Hunosa y su diversificación, junto con otras empresas técnicas y de bienes de servicio, marcan la pauta de la industria existente. Ahora queda abogar por las nuevas tecnologías y apoyar el sector agroalimentario. Por estos lugares sudorosos y reivindicativos -menos que más- hay mucho filón sin explotar. Hay buen personal, honrados emprendedores que se apartan de la cultura de la subvención y en su autonomía se defienden con agallas. Por ahí deberían ir los consejos empresariales. La economía va dando giros y todo va cambiando. La pena es la falta de trabajo para tantos jóvenes preparados que tienen que buscar la emigración como salida laboral. Pienso que aquí, en estos verdes valles, hay futuro. Sólo hacen falta mejores disposiciones para albergar esa esperanza, cambiar la mentalidad de gobernantes, oposición y gobernados y creer en nuestras posibilidades. De esa manera se pueden conseguir buenos propósitos. Y si hay que pedir apoyos oficiales, pues se piden, otra cosa es la concesión de los mismos. Y a pedir de boca, pues sería interesante demandar que el campus de Mieres sea el mejor de España y centro docente del conocimiento en temas mineros y geológicos, que Langreo sea una ciudad de verdad y se aparte de localismos absurdos y cargados de inquina, que Peña Mea sea la montaña mágica y orientadora de estos espacios, que Morcín sea el municipio nacional del cine de autor y La Foz la capital mundial del queso afuega'l pitu, que la «Y» de Bimenes se convierta en autovía para lanzarnos rápido a la marina y a Europa, que el parque natural de Redes sea la reserva ecológica del Estado, que los polígonos industriales de las Cuencas sean el referente de los productos de calidad y la exportación sea la norma, que los ayuntamientos de estos enclaves tengan más disponibilidad económica y apoyen la cultura como se debe, que los comerciantes y hosteleros del Caudal hagan del Festival del pinchu su emblema nacional y, ¿por qué no?, que Lucía Alonso, una voz prodigiosa, sea la diva internacional que todos esperamos, que el oncólogo lavianés Ángel González, gran investigador, siga trabajando en Inglaterra para vencer el letal cáncer. Y a pedir de boca, nunca mejor dicho, que los restaurantes, casas de comidas y sidrerías de estos territorios alcancen todas las estrellas posibles de la calidad y el servicio y sean una expresión ejemplar y nítida en el campo de la gastronomía. Y, ¡por favor!, a los políticos, esos padres de la cosa pública, que sean más eficaces, menos sectarios, más amigos de todos y que se desvivan por solucionar los problemas de la comunidad. Es su misión. ¿Y la corrupción? Desterrarla de su acción de gobierno como un virus que mata. Quiero abrir el año entrante con buenos augurios y que las Cuencas, esos nobles y agrestes valles del Nalón y del Caudal, caminen por derroteros de trabajo, salud, consenso y fuerza ilusionante para afrontar el futuro.