JAVIER GARCÍA CELLINO
Como cualquier final de año, las noticias gratificantes y las que no lo fueron tanto acaban dándose la mano. Basta con echar un vistazo a los principales acontecimientos que se han sucedido durante 2009, y que estos días, a modo de resumen, nos ofrece este diario, para comprobar que ha habido de todo, «como en botica» -merece la pena recordar la frase, aunque sólo sea por el regusto familiar que nos trasmite.
Y como cada persona somos una sucesión de espejos -cómo nos vemos a nosotros mismos, cómo nos ven los otros y cómo somos en realidad-, esta misma dispersión visual acostumbramos a utilizarla cada vez que tenemos que dar una opinión sobre cualquier noticia. De modo que para algunos el año que acaba de finalizar su itinerario resultó pródigo en buenos resultados, mientras que para otros ese recorrido se cubrió de una forma calamitosa, sin que falten, como es natural en cualquier competición, los que se quedan sólo con una parte del trayecto o los que creen que habría que repetir la contienda, sin contar con los pícaros de turno, que procuran siempre encontrar el atajo más fácil. A fin de cuentas, y siguiendo las palabras de Virgilio, «la disposición de ánimo varía sin cesar», algo parecido a lo que le sucede al vino, que lo mismo da brillantez a las pupilas o exalta los corazones que oscurece los pies del más diestro bailarín.
Entre tanta variedad de puntos de vista podría resultar difícil coincidir en los mojones más relevantes -para bien y para mal- que marcaron el calendario que acaba de doblar sus hojas. Por ello, quizá sea más aconsejable intentar ponerse de acuerdo sobre alguna parte de los kilómetros que nos veremos obligados a recorrer durante la próxima prueba 2010. Y puestos a señalar una parte de ellos, por la que todos nos vemos obligados a atravesar, creo que bien merece la pena cuidar al máximo ese asfalto repleto de baches y de sorpresas de todo tipo que es la ruta del mercado laboral.
Bien es cierto que no se trata de una tarea fácil y que muchas veces todos los esfuerzos terminan arrumbándose ante cualquier contratiempo meteorológico -qué decir de la impresionante tormenta económica que no cesa de caer-, pero no es menos cierto que debemos redoblar nuestros esfuerzos no sólo con las herramientas que tengamos a mano, sino también exigiendo con firmeza a los directores de las carreras -empresarios o instituciones públicas- que faciliten esa labor de cuidado de la pista.
Seguro que para los amantes de la lírica el mejor trabajo es aquél en el que no se gana con el sudor de la frente, pero, por desgracia, los que necesitan meter algo en el estómago, aunque sólo sea para engañarlo durante unas horas, no están para muchos recovecos poéticos, de modo que se agarran como un clavo a esa máxima de que «el trabajo es el único capital no sujeto a quiebra». Por eso se hace necesario en estos tiempos duros, aunque no lo sea para todos en la misma medida, que nos pongamos a correr en la misma dirección -las divisiones sólo sirven para que las disputas de los señores se lean siempre sobre las espaldas de los campesinos-, buscando los caminos más accesibles para conseguir llegar a la meta, aun a sabiendas de que la fatiga puede hacer su aparición en cualquier momento.
A fin de cuentas, si nosotros no nos preocupamos de cuidar nuestro propio terreno, será difícil que vengan de afuera a arreglárnoslo.