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La cara oculta de las Cuencas

Mieres, la villa de hollín de Gutiérrez Aragón

El escritor y cineasta cántabro localiza en la ciudad del Caudal varias de las escenas más oscuras de «La vida antes de marzo», la novela ganadora del último premio «Herralde»

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La portada de la novela.
La portada de la novela. 
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FERNANDO GEIJO REPRODUCCIÓN DE FERNANDO GEIJO Mieres del Camino, P. C.

Manuel Gutiérrez Aragón (Torrelavega, 1942) ha ganado con su primera novela. «La vida antes de marzo», el prestigioso premio Herralde. El cineasta cántabro, que en 2008 anunció su retirada de los rodajes, localizó en Mieres varias escenas de su novela. El pasado mes de mayo visitó la ciudad, pateó sus calles y sacó algunas fotos para fijar las impresiones. «En algunas cosas, Mieres está igual que hace 25 años, encerrada entre montañas, aunque eso sí, con los edificios menos negros», afirmaba el escritor tras refrescar la memoria para ponerse a escribir. Sin embargo, en su novela, la ciudad aparece sombría y tiznada de hollín.

«La vida antes de marzo» narra el encuentro de dos extraños en un tren que recorre el trayecto Bagdad-Lisboa. Corre el año 2024 y los viajeros, a través de sus confesiones, descubrirán muchos puntos en común: su origen asturiano, sus relaciones con magrebíes, su participación en los preparativos de los atentados del 11 de marzo en Madrid y hasta lazos de sangre?

Ángel, «el de la cara morena», es uno de los viajeros que protagoniza la novela. El tren avanza y su memoria retrocede a los años de su infancia. «Entonces vivíamos en una casa con huerta, cerca de Mieres. Pero en la época del año en la que paren las vacas y nacen los terneros, nos íbamos a las montañas del interior de Asturias. Creo que yo era pequeño y no me acuerdo bien. Una huerta, un rosal, un bosque de castaños, los berridos de los terneros cuando tienen hambre?».

Los recuerdos de Ángel tienen como escenario un paisaje herido por la industrialización, lleno de sombras.

«Un día, mi padre llegó a la casa de Mieres llevando en brazos un cerdito blanco, con el pellejo cubierto de un suave vello rubio. (?)

El cerdito -aún sin nombre-, empezó a hocicar en la tierra negra de la huerta.

Si, (?) allí existe también una montaña. Pero ésta es de carbón. Y, aunque negra, era un diamante de luz en los atardeceres soleados. La sombra de la montaña caía en invierno sobre la huerta, pero en verano los frutales, las lechugas y los tomates se recuperaban rápidamente, y prosperaban, engordaban. Calor y luz. Sombra y padre.

Las lechugas y los tomates de esa huerta, de la huerta de la casa de Mieres, tenían mucha fama. Como todo lo que criaba mi madre, lo que tocaba con sus manos aladas. Pero un día, que era jueves por la tarde, dijeron que aquellas manzanas tan dulces, las cerezas rojas, las picotas gordas como ciruelas, que todos aquellos frutales estaban envenenados. Era por culpa del polvo de carbonilla que venía de las fábricas, eso que brillaba tanto a la luz del sol. Las hortalizas, en cambio, se mantenían vírgenes, puras, siempre que no se comieran crudas».

El hollín desbarata los frutos de la tierra e incluso penetra en los hogares y en las vidas de los habitantes de Mieres. Lo cuenta Ángel cuando recuerda sus recorridos por la ciudad de la mano de su padre.

«Seguimos paseando por la calle principal. El viento minero soplaba trayendo el hollín que se colaba en los pulmones y en las casas.

Pensé: ahora lo dirá. Pero no, se callaba quizá para evitar que el polvo negro se metiera dentro del cuerpo.

-Tu padre te quiere, Morenito. Tu y tu madre sois mi tesoro escondido.

Lo dijo, por fin».

A lo largo de la novela, ese amor se pondrá en duda y la mina no sólo se manifestará en forma de polvo negro. También mostrará su cara más trágica por medio de un amago de zarpazo.

«Entonces ocurrió. Hubo un accidente en las minas. Mi padre estaba en casa, con mi madre y conmigo. Estábamos viendo una película de Almodóvar. Mi padre la miraba y se reía. Mi madre no. De pronto tintineó la lámpara del techo. Mi madre se puso en pie de un salto. Mi padre dijo que no era para tanto, que la película era de broma y que?

Pero mi madre no se había puesto en pie disgustada por la película, sino porque notó que la tierra se movía

-La mina-dijo.

Y al poco tiempo sonaron las sirenas para avisar que había habido un problema en las explotaciones.

Mi padre salió a ver que ocurría. Y mi madre se fue al hospital para ofrecerse si era necesario. (?)

Salí a la calle y me junté con Listerín y Menéndez. Fuimos al pie de la mina. Allí estaba todo el mundo, el pueblo al completo. Los guardias ponían orden, el cabo Menéndez entre ellos.

Una galería estaba inundada, y se había derrumbado en parte. Lo único grave era que en la galería se había quedado encerrado un senegalés, del servicio de conservación de la mina.

-Está vivo, está vivo. Hemos hablado con él. Le vamos a sacar de un momento a otro. Todo controlado.

Una ambulancia, con personal sanitario permanecía aparcada en las cercanías. Y bomberos con sus escalas y mangueras. Pero lo que más había eras cámaras de televisión, y reporteros armados con micrófonos (?).

El senegalés apareció en la bocamina. Era un personaje conocido en el pueblo. Le llamábamos Mike. Miraba a todos los lados, como si buscara a alguien. En su piel negra se había depositado una capa de hollín. Le pusieron una manta por encima y le llevaron hacia la ambulancia. Pero él se agitaba, se resistía dentro de su debilidad. Desgraciadamente, las palabras no le salían, sólo movía los labios.

-Está rezando -dijo Menéndez.

-Esta cagandose en la madre de alguien- dije yo. (?)

Las televisiones se quedaron sin reportaje. Allí no había pasado nada reseñable. Apagaron las luces y comenzaron a recoger las cámaras.

Listerín se acercó a uno de los micros e imitó la sintonía de uno de los telediarios de entonces y dijo, como si fuera un presentador televisivo:

-¡Tararí, tararí, pam pam! ¡Derumbe en Mieres! ¡Mike, el minero, es rescatado, pero sale negro como el carbón!».

Ángel y su madre dejan Mieres y se instalan en Fuenlabrada, en Madrid, lejos de su padre. Pasados unos años, cuando aún es menor de edad «el de la cara morena» volverá a pasar en Alsa por su ciudad natal con el peso de duras experiencias y de 50 kilos de hachís que llevaba en su equipaje. «La línea pasaba por Mieres, Oviedo, Gijón y llegaba a Avilés a las nueve de la noche. Tardaba en hacer el recorrido, pero no había que hacer transbordo. Al pasar por Mieres me encogí en el asiento, no quería que me viera algún conocido. Miré a lo alto, al monte, y luego a las huertas y al río. Sentí alegría y tristeza, casi a la vez».

Desde Avilés, Ángel intentará contactar con sus amigos de las infancia y se encontrará de lleno con la fuga de jóvenes de las Cuencas. «Llamé a Listerín a Mieres, mi antiguo pueblo, pero ya no vivía allí, había conseguido largarse. Y también busqué a Menéndez, el hijo del guardia civil. Ahora su padre estaba de servicio en el País Vasco, donde un guardia tiene más pluses y devengos, por peligrosidad. El padre eligió ese destino para que Menéndez pudiera estudiar y hacerse un hombre de provecho, mira tú».

Pocas más referencias hay a Mieres en «La vida antes de marzo». Gutiérrez Aragón ha señalado en varias entrevistas que la labor más ardua de la novela fue meter datos reales en la ficción y que había visitado Mieres, Avilés? pero «luego, en la novela, la cosa se queda en poco, pero te da seguridad».

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