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Desde la Meseta

La Montera, ¿un reducto?

La sociedad cultural de Sama y sus tertulias

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La Montera, ¿un reducto?
La Montera, ¿un reducto?  
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LUIS
ALONSO-VEGA FERNANDO RODRÍGUEZ
Siempre hemos visto y oído aquello de los «nidos de ametralladoras» o búnker para baterías de cañones. Estaban bien protegidos, con buen hormigón reforzado con hierro, orientados hacia el posible enemigo y con ventanales tan pequeños que apenas dejaban ver el armamento necesario para disparar. Alguno de ustedes ya estará pensando, ¿adónde coño irá a parar con este inicio de comentario tan guerrero y catastrófico? ¡Qué sé yo! Pero algo quise encontrar y ver en ese legendario? «¿Casino?» que yo conocí en los años sesenta y, anteriormente, en los años veinte mi madre, como decía: «Antes de estallar la II República». A ver dónde aterrizo.

De esos años veinte del pasado siglo XX, poco me contaron y, por tanto, menos puedo yo narrar historieta alguna, salvo la que conté en una ocasión en la que, celebrándose Carnaval, mi padre estuvo bailando toda la noche con una chica disfrazada a la que no conoció y, siendo ella amiga de su novia?, zas, se lo contó a la primera de cambio: todo un año enfadados, otro siguiente de cortejo y en la vicaría finalizaron bien los dos.

De aquellos gloriosos y posteriores años sesenta me atrevo a juzgar yo cómo era o, mejor, cómo funcionaba La Montera por dentro. Movida y movimiento de todo tipo, animación a raudales, la cultura interesaba y aquello, como otros recintos variados y diversos del propio Sama de Langreo -hoy ya «D. F.», je, je, distrito federal-; los cines se llenaban con sus actuales estrenos; los bares rebosaban gente a cualquier hora; el mercado de los lunes podía ocupar sus aceras y llegar hasta el edificio «Felgueroso», con las señoras vendiendo productos del campo ocupando las aceras; y en la bien llamada «plaza de los Chorizos», ya oficialmente reconocida por Aguado, se apelotonaban los puestos como «piojo por costura». Pero vuelvo a La Montera. Dije que «por dentro», porque el viejo edificio dejaba bastante que desear. El estado de las sillas, mobiliario en general, sus paredes interiores y exteriores... Alguna vez se habló del riesgo que corría el techo de la planta baja cuando, al celebrarse un baile en la primera planta, aquello vibraba que era un primor, pero aquello nunca se vino abajo. Las mesas de juego estaban repletas a diario, la gente que por allí transitaba incesantemente eran grupos heterogéneos, yo diría que dispares, pero todos convivían. Más tarde, con nuevos presidentes, con otras cabezas pensantes, aquello fue mejorando su aspecto, hasta llegar a cruzar el río y construir otro edificio y la piscina: se le veía con más entidad, algo más serio y con nuevos tiempos que requerían otra estructura. Pero el «jardín» de La Montera es otro. Veamos en qué me metí.

Bastantes años después, me sorprendió «a peor». De aquel bullicio que recordaba el diablo se lo llevó con el tiempo: más desierto que el Sahara. En el salón apenas había gente y, creo recordar, que hasta en la biblioteca alumbraba una mortecina luz. Pero hace menos tiempo y ya más cerca de la realidad de hoy ya pude ver un decoroso edificio exterior, unas claras paredes, luz, mobiliario en condiciones, una abierta sala para ver la televisión y obras realizadas para un mejor desenvolvimiento de diversas actividades: no lo conocía. Sé, porque lo pregunto, que la gente se encuentra a gusto, está contenta con el presidente, aunque también conozco que su esfuerzo se lleva a cabo, las cosas como son, con la ayuda de muy poca gente en su directiva. Pero no lo dejan irse, no quieren que marche. Entonces, ¿qué queda de todo ello, de lo que realmente conocí y viví hace casi cincuenta años? Eso es mucho preguntar y poco saber. Queda, entre muchas de esas actividades, una tertulia con inquietudes? ¿políticas, económicas, éticas, morales?? Creo que comenzaron a ser tres sus tertulianos, después llegó el cuarto y ahora, según me dicen las buenas lenguas, pueden alcanzar hasta una docena. Desde allí, desde aquel reducto de La Montera, ven, observan, otean, escudriñan todo lo que se hace desde y en el Ayuntamiento. De allí sale crítica constructiva para unos y menos provechosa para otros. Allí hay gente íntegra, con mucha solera en el comercio, en la sociedad y, por lo que parece, anteriormente sentados en el hoy mismo Ayuntamiento. Se mueven, intentan espatuxar, que sus ideas tengan base para un mejor devenir, vamos, que con su fuerza puedan hacerles hasta caso.

Y acabo. Que los hoy «doce», apóstoles o no, puedan ser bastantes más, que inquieten a los hoy gobernantes, que les pongan nerviosos y, si quieren estos últimos, que les hagan hasta caso. No hace falta que lleguen a ser edil de cabildo alguno. Para mí, ¡cuán importante es el tener y lograr mantener un fuerte reducto en La Montera!

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