LUIS
ALONSO-VEGA
Siempre recuerdo la frase del célebre cuento de Aladino: «Soy el esclavo de la lámpara». Así que hoy, haciendo un trueque del viejo candil por la medida más común del tiempo como lo es el reloj, observamos que en todo lo que hagamos con o sin interés, movámonos, comamos, celebremos y nos comprometamos, siempre estaremos pendientes de la hora.
Cualquier persona que venga a efectuar una reparación a nuestra casa ya no sólo depende de un reloj de pulsera, sino de un pequeño ordenador que le va marcando el tiempo de llegada, y, acabada la tarea, deberá llamar a su superior para informarle y tener prevista la programación para trasladarse a una nueva casa: un esclavo más puesto sobre la tierra.
Desde hace poco más de un año, un artilugio que tengo instalado en casa da un poco de guerra. No voy a explicarles en qué consiste, porque no sabría cómo hacerlo, pero sí les cuento cómo empieza y acaba el final de cada visita del «esclavo de la lámpara». Me llama por teléfono diciéndome dónde está y que tardará «tantos» minutos en llegar. En cuanto entra, y casi sin saludar, enchufa un diminuto ordenador a la «máquina» que tengo instalada y a partir de ese momento debe hacer todo lo que le «ordene»: el trabajo más triste y mudo que yo observé en mi vida. Cambia, modifica, lleva a cabo todas las comprobaciones que el enano ordenador le va señalando en su pantalla de colores. El final es lo mejor. Acabado todo, saca un bolígrafo un tanto grueso, que tiene tres lucecitas que parpadean, y comienza a rellenar manualmente un impreso: nombre y número del cliente, domicilio, códigos, referencias, tareas, fecha y rúbrica con su firma. Después me da el «anormal» bolígrafo para que preste la conformidad. Lo hago, se lo devuelvo y, atención, en un pequeño recuadro que está en la parte inferior derecha y que dice «Enviar», con el mismo boli marca una «X» y mi factura «vuela por los aires», vamos, que toda la información contenida en el «lapicero» se descarga en el portátil ordenador que, a su vez, vía móvil emite los datos, los míos, a su central en «Casa Rita la cantaora». Como diría cualquier paisano, con vulgar vocabulario: «Eso ye la puta que lo parió».
Les cuento una personal anécdota que se repite todos los meses. Tengo un reloj, sin bromear y como entonces se decía, «automático, sumergible y calendario», y que lleva grabada su fecha de compra: 18 de julio de 1962, pero ésa es historia para otro día. Automático sigue siéndolo, sumergible creo que ya no por si se «afuega», y en cuanto a calendario?, todos los meses se para el jodido entre los días 27 y 28; le doy un pequeño empujón manual y, hala, hasta el próximo mes. Yo creo que mi reloj está empezando a cansarse, son muchos años dándome la hora, exigiéndosela, esclavizado a ella. Algunas veces pienso en la célebre canción del reloj de cucú del abuelo: «Pero un día el cucú ya por viejo no tocó y el abuelito de pena se murió». Final fuerte, ¿no? Ustedes disfruten sin horario.