RICARDO V. MONTOTO
El buen hombre llevaba la preocupación reflejada en el rostro. Acababa de venir del hospital. Hacía unos días que comenzó a sentirse mal, fatigado, como sin fuerza. Le hicieron pruebas, le pusieron a correr sobre una cinta, sopló por un tubo, le conectaron no sé cuántos cables y, finalmente, le mandaron para casa. Sólo le dijeron que algo no va del todo bien en el corazón. Los detalles llegarán por correo en un informe escrito.
Hay pocas cosas peores que no saber qué te pasa. Te dicen que estás averiado, pero no si la dolencia es leve, grave o para ponerse a rezar de inmediato. Vuelves a casa consciente de que algo dentro de ti no marcha bien, pero el especialista no ha querido o no ha sabido explicarte en un lenguaje comprensible de qué se trata, remitiéndose a un informe que un día llegará.
No acabo de entender a qué puede deberse esta reticencia a proporcionar información a los pacientes sobre su propio estado de salud. No creo que sea difícil de imaginar la angustia con la que se obliga a vivir a una persona a la que el médico le dice que algo le está fallando, pero que no le cuenta nada más. Hay en ello un puntito de crueldad del todo innecesaria. Porque, pongamos que, por ejemplo, el doctor llevase su coche a la revisión y el mecánico le dijera que tiene un problemilla en el circuito de frenado, sin más, y que lo siguiera conduciendo. El galeno no pararía de darle vueltas al asunto, temiendo que en cualquier momento, zas, el coche dejase de frenar. O que en Hacienda le mencionaran algún asuntillo pendiente sin entrar en más detalles. Como para volverse tarumba.
El estado de incertidumbre puede acabar con cualquiera, por fuerte que se crea. Meterte en la cama e intentar dormir sabiendo que tienes una gotera pero desconociendo su magnitud puede resultar una misión imposible.
Por ello, reclamo encarecidamente a los médicos que se comuniquen con los pacientes y les hagan saber qué les pasa, la causa de sus males. No nos tengan en vilo si se puede evitar.