RICARDO V. MONTOTO
Poquito a poco se van alzando voces contrarias a la actual legislación contra la violencia machista. Y tal como está el patio, hay que tener mucho valor.
Recientemente, se publicaron las declaraciones de unas abogadas gijonesas que se unían a esta corriente señalando que la actual situación pretende poner fin a unas injusticias cometiendo otras.
Lo más desasosegante de lo dicho por esas colegas gijonesas es, sin embargo, la expresa petición de mantener su identidad oculta por temor a la reacción de los colectivos feministas.
Un juez de Sevilla, acertada o equivocadamente, ha cuestionado públicamente la justicia de la normativa actual. ¡Ay, amigo! De inmediato, se le han tirado a la yugular exigiendo su apartamiento de la carrera judicial. No es que este señor haya contravenido la ley dejando libres a los asesinos de mujeres. Qué va; tan sólo expresó su opinión y las líderes de asociaciones y observatorios varios piden su cabeza.
Y es que, aunque no lo parezca, en este país hay cosas que no se pueden decir ni en broma. Y, casi, ni pensarlas. En la lucha contra la violencia machista vale todo, y si por el camino quedan víctimas inocentes, desalojadas del domicilio por el simple hecho de pertenecer al género masculino, apartados de los hijos a la primera de cambio, por inverosímil que resulte la denuncia, pues, hala, qué se le va a hacer. Como es hombre, considerémosle maltratador en potencia.
Mal va la cosa cuando para manifestarse en contra de esta ley los/las hay que prefieren pasarse a la clandestinidad. Que el maltrato y la violencia doméstica son un cáncer que hay que erradicar, está claro. Que los varones maltratadores son la escoria de la especie humana y, en particular, del género masculino, no me cabe la menor duda. Pero que los automatismos que produce la actual legislación están provocando situaciones injustas por el simple hecho de ser hombre, se está haciendo evidente.
Y si injusto es ser tratado de modo distinto por razón de género, incluso peor resulta que el pensamiento oficial aplaste a los que osan manifestar su disconformidad, aunque pudieran estar equivocados.