JOSÉ MANUEL IBÁÑEZ
Queda fuera de toda duda que «autoridad» no es otra cosa -según su propia acepción- que el poder legítimo, o la persona revestida de poder, mando o magistratura.
Pero ¿qué pasa cuando puede ser utilizado con fines perversos, o se hace un uso sesgado de todo ello? Tengo el pleno convencimiento de que la mayoría de nosotros en algún momento hemos sentido en propia carne la amargura y el dolor de ver nuestros derechos pisoteados, quedándole a cada cual el regustillo amargo y la sensación de impotencia ante hechos que no tenían explicación.
Huelga decir que las leyes se establecen para cumplirlas, como también huelga decir que no es necesario encorsetarlas o aplicarles una rigidez prusiana. La problemática no es otra que en cualquier discrepancia con la Administración, o autoridad de cualquier tipo, el ciudadano lleva siempre las de perder, aunque tenga más razón que un santu.
Cualquier reclamación -se supone que documentada al máximo- entra en una maraña burocrática en la que te van a volver -literalmente- loco, con contestaciones estereotipadas y mareo de perdiz que terminan aburriendo al Santo Job.
Habitualmente consiguen su fin, que no es otro que hacer desistir a quienes tan sólo piden la lógica corrección, o justicia, al final uno, agotado, tira la toalla.
En el tema «multas», uno mismo tuvo hace 30 años, ¡ya llovió! , y menos mal que fue la única en mi haber desde siempre, un largo y farragoso contencioso con los responsables del chiringuito de la época. Obvio decir que toda la documentación y jurisprudencia a mi favor. ¿Resultado? Pues, después de un largo contencioso, la «receta» se multiplicó por cuatro.
Total, que al final la palabra de cualquier uniformado, aunque mienta con descaro, mala fe o ignorancia de lo que debe saber antes de enfundarse cualquier uniforme, prevalece por encima de lo divino y humano.
El pésimo concepto de autoridad que persiste en nuestro país viene dado porque al final puede terminar humillando a cualquier ciudadano hasta límites insospechados.
Son las situaciones kafkianas que nos podemos encontrar en un plano general, pero con casos particulares muy concretos.
Cansado estoy de escuchar teorías muy bonitas, de que la misión de algunos es educar, ayudar y demás gaitas. Pero en un colectivo normal un par de «cabritos», bien de motu proprio o vaya usted a saber, pueden echar por tierra el buen nombre de cualquier Cuerpo o institución, léase en su más amplio sentido.
Esta opinión puede tener infinidad de lecturas, pero al final tan sólo se me ocurre rogarle y, por supuesto, animar a un buen amigo, el poeta y escritor de Pola de Laviana Albino Suárez, que a estas alturas, y con más de 60 libros publicados, que bien podría dejar su temática habitual, y plasmar sus diarias vivencias -y sufrimientos- en primera persona sobre el tema «autoridad». Seguro que este nuevo libro iba a dar mucho juego. A alguno le iba a caer el careto de vergüenza. Menuda gilipollez acabo de escribir, primero tendría que tenerla.