RICARDO V. MONTOTO
La del pasado miércoles fue mi primera experiencia como comensal en la comida previa al derbi que desde hace ocho años organiza LA NUEVA ESPAÑA. En esta ocasión, en vista de lo apretado de la clasificación, con un Caudal Deportivo en el tercer puesto de la tabla y un Unión Popular de Langreo en el cuarto, la reunión se auguraba plena de rivalidad y sana piquilla. Nada más lejos de la realidad. Son tiempos difíciles para todos, y también para el fútbol modesto. Los presidentes de ambos clubes se esforzaron por hacer ver que el fútbol galáctico multimillonario, el de los derechos de televisión y los astronómicos contratos publicitarios, tiene su origen en el fútbol base, en los pequeños clubes de pueblos y barrios sostenidos contra viento y marea por gente anónima y desinteresada que ve en este deporte una escuela de formación humana para los ciudadanos del futuro.
Villa, Raúl, Torres o Iniesta no se explican sin los pequeños equipos que los acogieron en su tierna infancia, esos clubes donde aprendieron, además de la práctica de un deporte, un modo de comportarse, el trabajo en conjunto, el valor de la unión, la disciplina... La mayoría de los presentes coincidía en la falta de solidaridad de los grandes hacia los pequeños. Los rectores del fútbol español, llámense Federación, Liga o lo que sea, deberían establecer un sistema por el cual, si el fútbol profesional se alimenta humanamente del fútbol base, hubiera una transmisión económica en sentido inverso, de modo que los «ricos» contribuyeran en mayor medida al sostenimiento de los de abajo. ¿Redistribución de la riqueza? ¿Socialismo futbolístico? Llámenlo equis.
Un diamante expuesto en el escaparate de la mejor joyería es el resultado de la búsqueda por parte de miles de hombres, que excavaron, picaron, tamizaron y seleccionaron. Finalmente, para lograr el diamante quedaron por el camino toneladas de arena, piedra y miles de horas de trabajo. Pero sin esa labor sucia y oscura, el escaparate de la joyería estaría vacío.
Sin embargo, hoy se reparten tan sólo unas migajas, insuficientes para sostener el entramado del fútbol base. Y, además, toca luchar contra los horarios, pues ya es prácticamente imposible que un partido no coincida con las competiciones televisadas, Liga, Copa, Champions, Liga inglesa...
A pesar de que en la mesa se advertían con claridad las sintonías y los desafectos -éstos no precisamente deportivos-, todos los comensales nos unimos en el brindis por el presidente del Caudal Deportivo, que, tras haber pasado un trago terrible, parece decidido a dar un paso atrás. Sus palabras estuvieron cargadas de sentida coherencia, reclamando el reconocimiento social del deporte base, llamando a la implicación -económica y personal- de los padres, haciéndonos entender que ya es hora de que cada uno aporte más en vez de exigirlo todo a las administraciones.
A los postres, llegado el momento de hacer la porra, pocos se mojan. Los entrenadores sólo quieren ganar. Los presidentes se muestran moderadamente optimistas. Los ediles barren claramente para sus casas. Y a un servidor le queda la sensación de que el verdadero partido debería jugarse en otras esferas.