JAVIER
GARCÍA CELLINO
Desde que Marco Fabio Quintiliano, nacido en Calahorra, abrió una escuela pública de retórica que obtuvo un gran éxito, hasta el día de hoy, se han sucedido muchos siglos de nieves y muchas lluvias de dislates puestos en boca de quienes han hecho de la retórica una finalidad persuasiva para la defensa de sus propios intereses.
Cierto es que ni las verdades son nunca absolutas -lo mismo que la gama de colores-, ni tampoco viene mal, sobre todo cuando ha amainado la tormenta, lanzar por la boca piedras aderezadas con algunos gramos de optimismo, pero de ahí a creer que todo vale y que, por tanto, a la ciudadanía le entra por el mismo oído cualquier tipo de música hay, sin duda, un trecho que no se salta ni con el más sofisticado equipo de zancos.
Vale, pues, que no haya que imputarle a este Gobierno la crisis galopante que no cesa de embestir a unos y a otros (eso sí, más a unos que a otros), y que incluso haya que valorar positivamente algunos gestos destinados a poner freno a ese corcel vertiginoso que ha dejado maltrechas muchas economías familiares, pero eso no significa que, ante el desolador panorama que se atisba sólo con abrir ligeramente los párpados, el Gobierno tenga que dedicarse a airear discursos y valoraciones políticas que se encuentran en las antípodas de la realidad.
Que nuestra región lidere el incremento nacional del desempleo en enero, con un 6,71% de aumento, o que, entre otros datos negativos, Asturias roce los 81.000 parados no parece guardar mucha afinidad con las palabras pronunciadas por el jefe del Ejecutivo asturiano en Madrid, en donde volvió a presumir de «músculo económico» e insistió en su conocido estribillo de que «Asturias resistió la crisis mejor que nadie en España», por si aún no nos hubiera quedado claro que aquí los chaparrones, incluso los más recalcitrantes, tienen los días contados.
De todos es sabido que a partir de ahora se van a abrir los estuches donde se guardan los más afilados cuchillos para concurrir a la próxima cita electoral. Y que, puestos en el trance de tener que bajar las escaleras de palacio, con el equipaje a hombros, a la gran mayoría le chirrían los músculos de la espalda (por cierto, guardan mucha relación con los músculos económicos). Lo que significa que en adelante vamos a asistir a un continuo recital en el que cada gestor público se pondrá de ejemplo por haber conseguido la mejor cosecha de la época, incluso, cómo no, soportando las perores condiciones climáticas.
No me identifico con los seguidores de esa frase lapidaria según la cual en política tenemos siempre que optar entre dos males, sino que, por el contrario, creo que ni todo el monte es orégano, ni son iguales todas las parcelas en las que se esparce la semilla del futuro. Ahora bien, siendo consciente de que no se puede pedir que nuestros políticos entonen en todo momento la mejor música, sí, por el contrario, deberían abstenerse de intentar engañarnos con tanta música celestial. En situaciones como la actual estimo que lo menos conveniente es seguir pensando que hay tantas realidades como puntos de vista, pues los datos de nuestra situación laboral no invitan, precisamente, al optimismo. Vale ya de entonar a todas horas el «Himno de la alegría».