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Dando la lata

Controladores aéreos

n Los increíbles y obscenos privilegios de la profesión

 
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Controladores aéreos
Controladores aéreos  

RICARDO V. MONTOTO Qué triste es haber superado la mitad de la vida -eso siempre que no se tuerza nada- y darte cuenta de que te has equivocado de profesión, que te mataste a estudiar -que no es mi caso, por cierto, pues me lo tomé con un notable espíritu deportivo (lo importante es participar)-, que das lo mejor de ti mismo en el trabajo y ahora sientes que lo tuyo era ser controlador aéreo. No habrían sido necesarios todos esos años de carrera universitaria, las oposiciones, las puñaladas traperas para prosperar dentro de la empresa, ni las jornadas interminables. Teníamos que haber hecho el cursillo de controlador aéreo, que por aquel entonces no debía ser nada del otro mundo, logrando de una tacada la seguridad que proporciona el estatus de empleado público, ser rico y la integración en un poderoso clan que, a base de hacer huelgas legales e ilegales durante años, ha conseguido poner de rodillas a un país entero. Casi todos los españoles, así como millones de frustrados turistas extranjeros, hemos sufrido en nuestras carnes las tácticas negociadoras de este colectivo de millonarios.

Parece ser que con su última vuelta de tuerca han hecho que la rosca se pase. Por fin salieron a la luz los increíbles privilegios de estos señores, sus descomunales salarios, las exclusivas condiciones laborales y uno se pregunta cómo es posible que con dinero público se paguen estos sueldos, que se haya cedido a la extorsión hasta alcanzarse esta obscenidad.

Si estos trabajadores vip están sometidos a mucho estrés, qué decir de los médicos de urgencias, los conductores de uvi móvil o de transportes peligrosos, los policías que patrullan las zonas peliagudas de las ciudades o los que se dedican a la desactivación de explosivos, los sanitarios que se enfrentan a las avalanchas de pateras en el Estrecho, los bomberos, los jueces de violencia doméstica y tantos y tantos españoles que cada día trabajan al límite.

Pepiño, por favor, haz justicia y pon a estos señoritingos en su sitio. La venganza es un plato que se sirve frío. Que paguen por nuestras infinitas esperas tirados en las terminales. Lo dejo en tus manos.

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