LUIS ALONSO-VEGA
Ya dio la vuelta al mundo. Ya se enteró todo dios de la historia del gato en la residencia norteamericana situada en Rhode Island. Analicémoslo todos, ustedes y yo, veamos adónde llega o alcanza el riesgo de vivir más o menos tiempo con un felino doméstico al lado. Antes de continuar, sí les diré que, siendo amante de los animales y especialmente de los gatos -como alguno de ustedes quizá recuerde, durante muchos años tuve «un inquilino» de la misma raza en casa-, en este caso maldita la gracia que me hace el que ronde, me amenace más bien, tal como si fuese un jinete más de la Apocalipsis.
Al parecer, uno de los doctores del geriátrico en cuestión está estudiando muy profundamente las habilidades de «Oscar, que así se llama el minino que, buen cabroncete, se sitúa al lado de la persona a la que le augura lo poco o nada que le queda de vida. Es más, su «olfato» es tan profundo que, incluso cerrando la habitación del cadavérico en ciernes, reclama su entrada arañando la puerta insistentemente: ¡jodido animal!...
Alguien, macabramente, ya le titula «ángel de la muerte». Pues no, porque un ángel es otra cosa, tanto sea para un niño como «el de la guarda», como para un anciano con «su ángel de acompañamiento». ¡Mira que me caían bien los gatos hasta hace pocos días! Ahora ya no. El que un apijotado mamífero casero se nos convierta en el más «rápido del Oeste y el más veloz de la Unión», como se decía en aquellas viejas películas de indios y vaqueros, creo que supera, incluso, al licenciado doctor que tanto se molesta en descubrir el intelecto del original cazador de ratones.
A mí, tanto me da encontrarme en casa con un gato que con un niño que predice, solo que al gato, así como se lo digo a ustedes abiertamente, «mátolu» en su octava vida -la séptima es hasta donde él alcanza- y al chaval lo mando para un internado para que haga experimentos con su profesorado o, si él quiere, condiscípulos de clase, pero en mi casa no quiero un agorero ni de coña. ¡Las cosas, ya saben, son como son!.
Las predicciones del niño, al levantarse, eran igual de mortales: pero el jodido hablaba al menos. «Se muere el abuelo». Y al día siguiente la palmaba el viejecillo. Más un día predijo: «Se muere papá». La revolución que se organizó en aquella casa fue, nunca mejor dicho, mortal: notario, confesor, arrepentimiento, despedida «hasta el otro mundo»? y al día siguiente murió un señor que vivía en el quinto: predicción profunda.
Así que, si un día el gato entra en una habitación, deja su cuerpo en reposo encima de la cama de don Diocleciano y el que fallece es el médico que tanto somete a estudios al peludo y bigotudo animal, ¡vamos, el tema lo tienen claro!, ese día los ancianos comen conejo. Aunque sepa a gato. Y a partir de ese día, fallecerán de muerte natural.