RICARDO V. MONTOTO
El hotelín era una preciosidad, presidiendo la plaza del pueblo e integrado en una edificación histórica. Entramos a la carrera, pues en el exterior hacía un frío espantoso. La amplia estancia que hacía de recepción estaba llena de alfombras antiguas y maderas nobles. Y nos acogió con un calor que invitaba a quedarse. Sin embargo, en medio de toda aquella confortable belleza sentí que algo fallaba, una nota discordante. Eran los sonidos estridentes perpetrados por el saxofón de un triste imitador de Kenny G., el indiscutible monarca de la música ambiental y particularmente la de ascensor. Si usted sube en el ascensor de un centro comercial, hotel o similar y siente que algo le ataca los tímpanos y que el caracol, el yunque y el martillo brincan dentro del oído, es muy posible que el origen del mal sea el saxofón de Kenny G. Y si el bueno de Kenny ya resulta un suplicio auditivo, lo de este segundón era para matarlo. Parecía como si al primo tonto de Kenny G. le hubieran regalado para su cumpleaños la grabación de un disco. Y llenar el aire de un palacete medieval con esas notas malsonantes es algo de un gusto terrible. Porque se oía en la cafetería, en el comedor, en los pasillos. Salvo en las habitaciones -sólo faltaba- teníamos al penoso saxofonista dando la paliza en todo el edificio.
A la mañana siguiente ya no podía más, por lo que, antes de desayunar, me dirigí a la recepción para mostrar mi queja. «Mire, no soporto esta música -si es que a eso se le puede llamar música-. ¿No podrían poner otra cosa o, sencillamente, apagar el aparato?», reclamé. Para mi sorpresa, el conserje se acercó a mí con gesto cómplice. «A mí me ocurre lo mismo. No se preocupe, que lo voy a solucionar de inmediato», me susurró. Caminé satisfecho en dirección al comedor, convencido de que la tortura sonora llegaba a su fin. En ese momento, la música cesó. Qué bendición. Pero menos de un minuto después se reanudó. Esta vez no era el imitador. Kenny G. había vuelto. Qué bien.