JAVIER GARCÍA CELLINO
No hay más que escuchar algunas conversaciones, o fijarse en las noticias de actualidad sobre los comentarios acerca de los cargos públicos, para darse cuenta de que la política no cotiza al alza, precisamente. Lo que demuestra una frente estrecha a la hora de emitir juicios, pues la política no es sólo la gestión de quienes tienen a su cuidado determinadas parcelas públicas, sino que esa actividad pertenece también, y por igual, a todos los ciudadanos. Como bien dice mi amigo Ginio: «Todos hacemos política, incluso cuando vamos al supermercado a comprar una botella de agua».
Lo cierto es que, por unos u otros motivos, con este proceder no hacemos más que reafirmar el discurso de aquel general gallego que, durante cuarenta años, se empeñó en medir la temperatura de nuestro país con una férrea vara de hierro, y que, por motivos obvios, no cesaba de proclamar a los cuatro vientos (que también le pertenecían, dicho sea de paso), que lo mejor era no meterse en política (naturalmente, se refería a cualquier otra que tuviera un color distinto del de la suya).
De todos modos, y para conseguir alejar el contagio de ese peligroso virus, es preciso que sean los propios cargos públicos los primeros en airear sus habitaciones. Lo que está sucediendo estos días en el Ayuntamiento de Siero, con la sucesión de Corrales, no es más que la demostración -infecciosa donde las haya- de que si bien algunas personas acostumbran a estirar la lengua con cierta facilidad, no es menos verdad que motivos les sobran a veces para perseverar en ese ejercicio. Que a falta de apenas un año para concluir la presente legislatura, no hayan sido capaces unos y otros, corralistas y el SOMA, de ponerse de acuerdo para presentar un candidato, me trae el recuerdo de aquel verso de Rabindranath Tagore: «El poder dijo al mundo: Eres mío». Por mucho que, en este caso, la encarnizada liza tenga escaso parecido con la poesía.
Hasta la fecha, el resultado del combate ya ha dejado algunos cadáveres por el camino. Dos expulsiones y la renuncia de dos ediles no son precisamente el mejor ejemplo para llenarse después la boca con tantas soflamas igualitarias. Como es lógico, nadie quiere que las culpas se sienten a su mesa, y, para no variar, siempre se acusa a los otros jugadores de usar cartas trucadas. Todo sirve con tal de retirarse de la partida con las mayores ganancias.
Actitudes de este tipo lo único que consiguen es ahondar aún más en el foso que separa a los ciudadanos de sus gobernantes, algo que se ha puesto de relieve, recientemente, en una encuesta al respecto. Si bien no me creo que la política sea un arte, tampoco me parece que quepa hacer de ella una mofa escayolada, sobre todo cuando, gracias al esfuerzo y la lucha de tantos, se ha conseguido vivir en un país en el que, si no sale el sol a todas horas, al menos tampoco permanecemos enclaustrados de continuo en las tinieblas.
Si bien es cierto que no corren buenos tiempos para pedir lo imposible, como clamaban aquellos maravillosos locos sesentayochistas franceses, exijamos al menos un tanto de sensatez. El descrédito es un buen aliado para quienes están siempre al acecho, deseando que de nuevo apretemos las filas y nos pongamos todos cara al sol (y no precisamente del de Benidorm). A ver si espabilamos. De lo contrario, no nos quejemos después si escuchamos un galope de caballos autoritarios.