JOSÉ MANUEL BARREAL SAN MARTÍN
Hoy, igual que ayer y que la semana pasada. Tenía que volver a las oficinas del Inem. Allí, se encontraría con las personas de siempre: hombres y mujeres en situaciones como la suya que buscan un trabajo.
Salió de casa, se despidió de la compañera. Un beso y? suerte.
Mientras caminaba hacia la oficina del paro pensaba en lo mucho que había cambiado el mundo del trabajo desde la llamada transición española. Antes, por los setenta y bien entrados los años ochenta del siglo pasado, el trabajador se sentía mínimamente defendido, apoyado y sobre todo solidario con sus iguales. Era posible ser arropado. El trabajador podía ser protagonista de su destino. Aunque también había paro y despidos, la esperanza del arreglo era más corta que actualmente. Hoy, el epicentro del mundo laboral es la precariedad, la incertidumbre de un futuro que nadie se plantea. Se vive el presente como un insoportable estado de desasosiego. El día a día, como si el mañana no fuese posible, es la consigna.
Se acordaba cuando se había afiliado, bien joven, al sindicato; un sindicato que por aquel entonces sí «se mojaba» por los puestos de trabajo, por su calidad. La unión de las sensibilidades originarias de la izquierda desde los marxistas y anarquistas, pasando por los cristianos de base, hasta aquellos que se sentían sencillamente obreros solidarios, era lo normal. Todos entendían de otra manera las relaciones laborales. Se conseguía aglutinar las luchas y las resistencias por un trabajo más digno, y no se consentía el descaro actual, casi desafiante, de la mayoría del empresariado.
Esto pensaba en su recorrido matinal hacia «ninguna parte». Imágenes que se le pasaban por la cabeza, anécdotas de una época en la que el puesto de trabajo era defendido de otra manera y, ciertamente, numerosas reivindicaciones se ganaron. Hoy se está perdiendo gran parte de aquéllas.
La fatalidad del paro no responde a esperanzas, es la antesala del fin de los principios, es la individualidad por encima de cualquier situación solidaria. La ancha y negra sombra de una mano cerniéndose sobre el mundo laboral.
Ya estaba bien de resignarse, de «llorar» en las largas e insoportables colas del paro, de pasear por el parque y de vez en cuando hablar del tema. Tendrían que salir a la calle a protestar, a denunciar la situación. En la cola del Inem habló con las personas que como él todos los días esperaban. Algunas se arrimaron, otras no.
Les dijo que las facturas se acumulan, que las lágrimas saltan, que el corazón sufre? y que la melancolía se hace inmensa. La vida, decía, es, casi siempre, una guerra. A veces, en cambio te sorprende por su buen trato. Mejor, te sorprendía. Porque lo que es ahora?
Por eso, la indignación viene adobada con viejas heridas y entonces uno estalla. No quisiera, pero ocurre. Le escuchaban. Finalmente, dijo: «Juntemos nuestras palabras, nuestras derrotas, hagamos con todo hogueras que iluminen el camino. Vamos». Calle abajo se marcharon. Alguien comentó: es el principio.