LUIS ALONSO-VEGA
Los conceptos nos ayudan, iluminan nuestra mente, despejan las dudas y, cómo no, acaban con nosotros. Recordemos lo de aquel alcalde barrio que reuniendo a los mozos jóvenes al oscurecer les contaba sus experiencias por aquellos mundos de Dios -o del diablo, vaya usted a saber- y siempre finalizaba con la demoledora frase retórica: «Muchachos, no quisiera que supieseis tanto como yo sé». Aquel ufano político de «andar por casa» mostraba a los chavales una eficiencia sin par y, a su vez, había sido tanto su esfuerzo allende los mares que se veía obligado a cerrar de aquella manera la vespertina perorata.
Veamos. Si eficiencia es la capacidad de disponer de alguien o de algo para conseguir un efecto determinado, sería y es maravilloso el pedir un favor, que el receptor lo entienda y, en justa correspondencia y dado ese grado de eficacia, no le cueste trabajo la resolución del asunto. Es lo que pedimos tanto usted como yo, ¿no? Entonces, para ser eficaces hay que tener capacidad de lograr el efecto que se desea o se espera. Y eso parece que es mucho solicitar, exige un sacrificio, ante lo que yo estimaba sencillo y nada pretencioso. Y digo sencillo y no fatuo, porque otras veces lo había hecho y siempre me habían atendido, cómo no, «de mil amores». Pero esta vez no fue así. Al detalle.
Sintiéndome moralmente obligado a enviar un correo electrónico dando el pésame a la familia, habitualmente vengo usando tres diferentes tanatorios. Con el fin de corroborar la llegada de dichos correos, posteriormente les llamo por teléfono, y en dos de ellos los eficientes empleados ya lo entregaron a sus deudos, con que me limito a darles mis más sinceras gracias y «adiós». En el tercero, la costumbre cambia radicalmente y dicha entrega se efectúa al final de todo el ceremonial mortuorio, junto con las tarjetas que las personas van dejando al efecto. El que yo no esté conforme con el sistema llevado a cabo no significa que esté mal hecho, porque cada uno trabaja, primero, como sabe y, segundo, como Dios le dio a entender. ¿Qué hago entonces? Igualmente les llamo telefónicamente, les pido, siempre por favor, que se lo acerquen a la familia, y siempre funcionó, hasta «ayer»: «hoy», la marimorena. Les amplío. La persona al teléfono dice que no recibió mi correo -habiéndolo puesto unas cinco horas antes-; a continuación, me preguntó «por dónde» lo puse, se lo expliqué y?, un truculento diálogo, y para cerrar la abundante e inútil conversación, me dijo que lo pusiera otra vez. ¿Esto último cómo lo llamaría usted, remate o descorche? Lo que quiera, pero aquí se me acabó la paciencia, también los modales y colgué. En ayunas y sin haber tomado la pastilla para la tensión, consideré que mi salud era prioritaria.
¿Cómo acabó? Sencillísimo. Al cabo de un buen rato abrí el correo y allí me encontré con un correctísimo acuse de recibo por parte del tanatorio, puesto, más o menos, a los diez minutos de la tormentosa conversación telefónica. Cada vez pienso más en esa enorme cantidad de gentes que siendo eficientes y cargadas de eficacia están en las colas del Inem. ¡Así va España!, decía mi suegro.