JAVIER GARCÍA CELLINO
Si es cierto que la prensa es un hervidero de noticias, hay veces que alguna alcanza tal temperatura que es imposible acercarse a ella, salvo que se tenga una decidida vocación de bonzo. No es la primera vez que leemos en los periódicos, y por lo que a nuestra cuenca se refiere, que algún hostelero ha sido sorprendido vendiendo alcohol a menores, lo que trae como consecuencia la imposición de una multa.
Acerca de la juventud se dicen muchas cosas que, como no podía ser menos, unas veces son atinadas y otras son más bien producto de una envidia difícil de disimular: «La mayor desgracia de la juventud actual es no pertenecer a ella» (Salvador Dalí). Y, al mismo tiempo, se han hecho correr muchos ríos, y no precisamente de tinta, sino de mala uva, sobre todo cuando se trata de comparar el músculo de los jóvenes de ahora con los bíceps de nuestro tiempo. Por lo que sería bueno convencerse de que, para bien o para mal -afortunadamente eso nunca se sabrá-, el «espíritu de una época» es algo a lo que no se puede regresar, y que, por tanto, hay que esforzarse para sacar lo mejor de cada generación.
Quizá porque nunca faltan citas alusivas a los retoños que todos fuimos alguna vez, alguno de esos hosteleros cree que la juventud es un estado de ánimo, y que, por lo tanto, el mejor modo de mantenerlo despierto es proporcionándole alcohol, una práctica que, desgraciadamente, no parece que vaya remitiendo, sino más bien todo lo contrario.
Con frecuencia, se realizan encuestas dirigidas a medir la percepción que tienen los jóvenes entre 16 y 29 años sobre cuestiones claves para su futuro. Su actitud en relación con el trabajo, el dinero, la familia, las instituciones, o su estado de ánimo en relación con la mundialización e incluso con las generaciones que les preceden son algunas de ellas. De tales encuestas se deduce que la piel del mundo tiene muchos colores, y que, además, no es lo mismo vivir en un continente que en otro, por mucho que se diga que la Tierra sólo está ligeramente achatada por los polos (no es extraño que las juventudes de China y la India tengan la moral propulsada por las tasas de crecimiento de sus economías, mientras que en otros países los jóvenes se muestren inseguros, pues, entre otros motivos, tienen miedo a empobrecerse: saben que existe un serio riesgo de que sus ingresos sean más bajos que los de sus padres).
Lo cierto es que repensar el futuro exige, sobre todo, un grado de lucidez que no se corresponde precisamente con una temprana ingesta de alcohol. Es cierto que todos hemos sentido alguna o muchas veces -dependiendo del grado de euforia de cada cual- la tentación de poner los codos en la barra de un bar, pero no es menos verdad que no es lo mismo hacerlo con 20 años que con 13, por mucho que en ambos casos los jóvenes sean capaces de sostener con una mano una jarra de cerveza.
Leemos en el diario LA NUEVA ESPAÑA que la multa al bar de La Felguera expedientado por vender alcohol a menores podría oscilar entre 3.000 y 60.000 euros. No estaría mal, además de encender la luz roja económica, que le retiraran el permiso de circulación para ponerse detrás de una barra. Si la ética es necesaria siempre, debería serlo aún más cuando de abrir una botella se trata. Por mucho que a algunos desaprensivos les interese confundir el ruido del tapón con el sonido de las monedas que entran en sus bolsillos.