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Este Guaje es una mina

El millonario fichaje de David Villa por el Barcelona reafirma la imparable progresión de un jugador curtido en la adversidad, que con 4 años se rompió el fémur y con 9 fue descartado por el Oviedo

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Villa, en su presentación como nuevo jugador azulgrana.
Villa, en su presentación como nuevo jugador azulgrana. alberto estévez

Tuilla (Langreo),
Miguel Á. GUTIÉRREZ
-«David, dedícate a estudiar que del fútbol no vas a vivir»

Se ve que Joan Laporta y los 30.000 culés que acudieron a la presentación de Villa como nuevo jugador del FC Barcelona no comparten el bienintencionado augurio que un profesor del instituto de Sama lanzó hace tres lustros. El club catalán ha desembolsado 40 millones en concepto de traspaso al Valencia y pagará siete millones brutos más al futbolista por cada una de las cuatro temporadas que vista de blaugrana. Las cifras demuestran que el Guaje ha conseguido colocarse de forma exitosa como trabajador por cuenta ajena en el balompié, aunque en el camino haya tenido que superar múltiples obstáculos: una fractura de fémur a los cuatro años, el estrabismo de algunos ojeadores cuando daba sus primeras patadas al balón o, ya en Primera División, la competencia de delanteros con nombres exóticos a los que siempre acabó imponiéndose con su mejor argumento, el gol.

Y es que David Villa, quizá por la tradición carbonera de su Tuilla natal, siempre ha sido una mina para los equipos por los que ha pasado. Mientras milita en ellos, aporta goles. Cuando los abandona, deja como herencia suculentos ingresos gracias a traspasos millonarios. También ha logrado que Tuilla, una población de apenas 2.000 habitantes, se conozca en todo el país gracias a la incontinencia goleadora de su vecino más ilustre.

Pocos sospechaban que el Guaje, que en diciembre cumplirá 29 años, llegaría a la elite del fútbol cuando correteaba por la barriada se su pueblo persiguiendo una pelota. El sueño estuvo a punto de frustrase cuando, a los cuatro años, jugando en el patio del colegio Regino Menéndez, un compañero cayó encima de su pierna derecha fracturándole el fémur. El pequeño David pasó seis meses escayolado y cuenta la leyenda que fue en esa época cuando empezó a entrenar la pierna izquierda dando patadas al balón contra la pared, al tener la derecha convaleciente. Todo ello bajo la atenta supervisión de su padre, minero en el pozo Mosquitera y uno de los principales valedores para que el Guaje llegase a ser futbolista.

Aquel niño inquieto y enamorado de la pelota se recuperó de la lesión sin sufrir ningún tipo de secuela y empezó a jugar torneos de fútbol sala con el equipo patrocinado por el Mesón Cortina de Carbayín. Los ojeadores del Real Oviedo se fijaron en la joven promesa, pero lo descartaron, según unas versiones, porque no vieron en él suficiente potencia y altura, según otras, porque no merecía la pena que el autobús que recogía a los niños de la cantera carbayona se desviase hasta Tuilla.

Pese a su corta edad, Villa asumió el «palo» con entereza y, al igual que haría a lo largo de toda su carrera deportiva, apretó los dientes y siguió hacia adelante. En junio de 1991, cuando sólo tenía nueve años, se cruzó en su camino Manuel Cases, por aquel entonces entrenador del Alevín del Unión Popular de Langreo. «Lo vi en un torneo de fútbol-sala que organizaba Festejos de San Pedro y me lo llevé al Langreo. Aunque era pequeñín, se veía que ahí podía haber un buen jugador», recuerda el primer técnico del Guaje. Según su primera ficha federativa, David Villa Sánchez, debutó en un campo de fútbol con una estatura de 1,33 metros y 26 kilos de peso. Creció a bases de goles, pero también de esfuerzo y sacrificio. «No se perdía un entrenamiento; daba igual que lloviera, nevara o hiciera sol. Todo lo que es se lo ha ganado a pulso», relata Cases, en una opinión compartida por todos los que conocen al Guaje.

Una de esas persona es Vicente Díaz, amigo desde de la infancia de Villa que acompañó al delantero langreano en su puesta de largo como barcelonista. Los dos habían estado antes en el Nou Camp en un viaje de fin de curso que pareció ser premonitorio. «En el viaje de estudios al finalizar el colegio fuimos a Barcelona y estuvimos en el estadio del Barcelona. Es increíble regresar tantos años después y ver a 30.000 personas aclamando a tu amigo», asegura Díaz. Si en aquella primera visita al Nou Camp, con 13 años, Villa soñó con vestir algún día de azulgrana no lo expresó en voz alta, una forma de actuar que casa a la perfección con su carácter humilde y reservado.

Villa cursó sus estudios de Secundaria en el IES Jerónimo González de Sama. Sus amigos recuerdan que era un estudiante correcto con especial predilección por las matemáticas, con facilidad para destacar en cualquier tipo de deporte, admirador de Manolo García y pescador eventual de truchas cuando los entrenamientos dejaban algún resquicio de ocio. Su novia de entonces y mujer en la actualidad, Patricia, con la que tiene dos niñas, también jugaba al fútbol, concretamente de lateral derecho en el Santo Tomás. «Fue ella la que le enseñó todo lo que sabe», bromea Vicente Díaz.

El Guaje siguió compaginando los estudios con el fútbol en las categorías inferiores del Unión Popular de Langreo, quemando etapas y metiendo goles. Siendo cadete, se encontró con Andrés Guerra, llegado del San Esteban de Ciaño, que hizo una sociedad demoledora con el Guaje en la delantera de Langreo y una amistad que resistiría el paso de los años. «En aquellos años nos los pasábamos pipa porque había muy buena relación entre todos y nos divertíamos mucho. David, desde pequeño, ya tenía velocidad, claridad de cara al gol y un carácter ganador; cuando perdía no estaba para muchas bromas», rememora Guerra mientras observa junto a Vicente Díaz las camisetas, balones y demás fetiches expuestos en el bar-confitería Carly de Tuilla.

En los ocho años que Villa pasó en el Unión Popular de Langreo, aquel equipo entrenado por Cases rompió todos los registros goleadores, según recuerda Alfonso Cienfuegos, presidente de la entidad por entonces: «Había muy buena sintonía, con los chavales y con los padres, que colaboraban en lo que podían. El padre de Villa fue uno de los que colaboró para instalar la luz en los campos de La Moral».

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