LUIS ALONSO-VEGA
Era el verano de 1989. Mi vida discurría semanalmente entre Oviedo-Madrid-Oviedo y más bien en carretera. Mas ese viernes regresé a Asturias llevando el coche de un amigo para dejárselo a su hija, y volví a Madrid el domingo por la noche en el «caballo de hierro», como decían los indios americanos, no contando con una huelga de los empleados de Wagons Lits (algo así como «Cía. de Coches Camas de los Grandes Expresos Europeos»; para mayor abundamiento y cosa más simpática, a veces venía en portugués).
En la Estación del Norte, en Oviedo, tuve que buscarme la vida para encontrar el compartimento. Las deficiencias se notaron nada más llegar, ya que un sólo mozo atendía dos vagones: faltaba la clásica alfombrilla de tela para poner los pies, la manta estaba sin doblar, el cenicero tenía alguna colilla? ¡Qué les voy a contar a ustedes!. Allá cuando pudo, y ya pasado Pola de Lena, el atragantado empleado me trajo el clásico botellín de agua que solía pedir y, de paso, me anunció que no tendría suficiente avituallamiento si pretendía desayunar en el tren. En prevención, y a fin de entretener el estómago a mí llegada a Madrid, me regaló uno de aquellos raquíticos paquetes de galletas de María: tres al por mayor. Leí un rato, al fin me acosté y, como siempre, me dormí como un angelote.
La hora que era exactamente, ni puñetera idea. Más en sueños que despierto, quiero abrir los ojos y veo una sombra en medio del compartimento -yo siempre dejé encendida la pequeñita luz violeta que llamaban «penumbra»-. Abro un poco más los «gueyos» y digo: «¡Eh!, ¿quién es usted?». La sombra reacciona y responde a la par que sale a toda leche el estrecho recinto: «¡Ah!, perdone, me equivoqué». La cierra y yo pretendo seguir durmiendo. He dicho pretendo, porque, entonces, comienzo a espabilar lentamente y el consciente despierta de aquel medio letargo. Cuántos minutos discurren, ni idea, pero nuevamente «alguien» descarado y desvergonzado pretende entrar de nuevo, logra abrir el resquicio de la puerta y, ya espabilado, digo con voz alta y fuerte: «¿Quién es?». Entonces ese «alguien» vuelve a cerrar de manera más atropellada, a la vez que voy perdiendo su voz en el pasillo: «Perdón. He vuelto a equivocarme». Entonces es cuando me tiro de la cama, pongo los pies en el suelo y soy yo el que abre la puerta a la vez que miro quién hay en el pasillo: ni un alma. Ya un poco tarde -o suficientemente temprano: ¡quién sabe el riesgo!-, reacciono descolgando el telefonillo, llamando al mozo: no hay mozo, nadie responde en su compartimento, ¡coño, si hay huelga!. Lo que hay son intrusos. Con tantos avatares y ya del todo despierto, miro la hora y veo que son poco más de las 6 y media de la mañana: ya amaneció. Me afeito -sotabarba y bigote, claro-, voy bebiendo sorbos de agua, alternando con algún trozo de aquellas tristísimas galletas, me dispongo a vestirme y algo raro echo en falta en el ojeado inventario. En ese momento palidezco, me entran sudores en frío y echo mano a la redecilla que, en la pared, está a mí lado en la cama: ¡allí estaba todo lo importante!: la cartera con la documentación, algo de dinerillo, un juego de llaves y alguna cosa más que ahora no recuerdo. Volvió el color a las mejillas, me encuentro mejor y algo más seguro, y recapitulo lo que antes sí eché de menos: una hermosa chaqueta de punto que los Reyes me habían puesto, de un color azul que llamaba la atención. Las cosas como son: yo era otro, daba el pego con aquella prenda. El jodido caco, ladrón, roba peras, asalta trenes, abre puertas de compartimentos, me había robado la hermosa chaqueta. Y la historia se acaba, no sin antes rematarla con alguna apreciación.
Si el cabrón de marras me hubiese llevado los pantalones, el espectáculo estaba organizado: tendría que haberme presentado, donde fuese, en calzoncillos. Al aparecer el repetido mozo de Wagons Lits por la mañana para devolverme los billetes -hecho frecuente-, me dio la oportunidad de presentar una denuncia en la comisaría de policía de la Estación Príncipe Pío: «¿Qué logro con ello?», le pregunté. «Nada, -me respondió-, quizá jaleo y papeleo. Porque esos rufianes se montan en una estación, saquean y se bajan en la siguiente. La próxima vez no se conforme usted con echar el pestillo de seguridad, porque ellos tienen llave: ponga la cadena retorcida por dentro». Hoy, pasados casi con exactitud veintiún años, no he vuelto a viajar en aquellos, para mí, fabulosos y cómodos vagones de «?los Grandes Expresos Europeos». Y como aquella chaqueta, nunca más la pude ver: je, je, como yo, única.