FRANCISCO PALACIOS
Se ha cumplido el pronóstico. La selección española de fútbol ya pertenece al selecto grupo de las selecciones nacionales -sólo ocho- que han conquistado un título mundial. Una aspiración que se le venía resistiendo desde hace al menos sesenta años, cuando logró el cuarto puesto en el Mundial celebrado en Brasil. España ostenta el rango futbolístico que ya había alcanzado en otros deportes, sean individuales o colectivos
Se dice que los triunfos siempre complacen a los dioses. Los éxitos deportivos internacionales, y sobre todo si se trata del fútbol, avivan el sentimiento colectivo del equipo ganador por encima de idearios y jerarquías. Millones de españoles, fueran o no aficionados al fútbol, se han movilizado el domingo, expresando de muy diversas formas un apoyo a la selección española, mostrando después su desbordante alegría por el triunfo final sobre los broncos holandeses. Y se han visto estos días más banderas españoles que nunca, y en regiones donde antes parecía imposible que pudieran ser exhibidas.
Asimismo, más allá de pulpos y pálpitos, de magias, supersticiones y otros irracionales excesos, de intereses políticos y publicitarios, lo que realmente se ha puesto de manifiesto estos días es la capacidad de la selección nacional para catalizar los sentimientos de las gentes. Para hacer vibrar a todo un pueblo. Y a los españoles esparcidos por el mundo. Un sentimiento integrador que se produce en un país sometido a mil tensiones centrífugas en una coyuntura social penosamente difícil. Por esa misma fuerza de cohesión, estos días quedaron bien delimitadas por el fútbol las fronteras entre la España oficial y la inmensa mayoría que representa la España vital y unitaria. Que exhibe sus símbolos identitarios sin complejos.
Con frecuencia se recurre al tópico de que el fútbol se utiliza como anestesia de la razón: una versión actualizada del "pan y circo" de los emperadores romanos. Pero el repetido tópico nos parece hoy un insulto a la inteligencia. Por encima de miserias circunstanciales, los que mantienen el tinglado del fútbol, sus millones de seguidores, pertenecen a todos los estamentos e ideologías. Son los mismos que emprenden, trabajan, pagan impuestos, sufren el desempleo, votan, critican y eligen a los que nos gobiernan.
Desde aquí no podemos olvidarnos de que el goleador de la selección española ha sido el langreano David Villa. Con sus goles -cinco goles como cinco soles- ha relanzado al equipo nacional en momentos de incertidumbre. Y aunque no olvida sus raíces langreanas, situando Tuilla en el mundo, lo destacable son los frutos de su juego, sus magníficos goles, que lo convierten en uno de los mejores delanteros del mundo. (Fue elegido el tercer mejor jugador del Mundial).
En definitiva, la gran fiesta del fútbol mundial ha culminado de la mejor forma posible para la selección española. Por primera vez ha logrado proclamarse campeona del mundo. Una victoria memorable que supone un respiro expansivo y gozoso ante los problemas que siempre acechan.