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¡Aquellos trenes!

Siete horas de León a Oviedo

n Un accidentado viaje en el famoso «correo»

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Siete horas de León a Oviedo
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LUIS ALONSO-VEGA Otoño de 1970. Dos matrimonios retornan de Madrid en coche y se aproximan a León: destino Oviedo. La Guardia Civil nos avisa que el Pajares se está cerrando por momentos y que, casi con seguridad, tendremos que hacer noche en León: los trenes tampoco funcionan. Decidimos buscar hotel y guarida para el coche: mañana será otro día.

A la mañana siguiente y bien temprano, mi hermano y yo nos dedicamos a «Operación Renfe», dado que la única posibilidad para entrar en Asturias sería el ferrocarril. Sacamos los billetes para el único tren de ese día -el famoso «correo» que paraba en todas las estaciones, en este caso, León-Gijón-, así como facturar el coche. El convoy solía tardar cuatro horas, pero aquel día?, ¡nun fue así!. Dada la humanidad que pensaba salir de estampida en dirección a Asturias, lógicamente no hacían reservas -a veces se me ocurre cada cosa-, por lo que nos recomendaron que fuésemos pronto para, nunca mejor dicho, «coger asiento». Con cuánto tiempo de antelación estuvimos allí, no recuerdo, pero sí que nos tocó asiento, pero el cómo ya es otra cosa. Si en un compartimento cabían ocho personas, no tuvimos más remedio que comprimirnos y podríamos ser diez o doce. ¿Y en el pasillo?. ¡Qué sé yo, un regimiento! Pero en el fondo éramos felices los «treneros» allí presentes y a las cuatro y media de la tarde se puso en marcha con destino a Gijón.

No sé si por exceso de carga o por cualquier otra razón de «peso», el tren avanzaba a la velocidad de un paso de Semana Santa: hubo gente que se bajó y echaba un «pitín» al lado del vagón. A las dos horas de marcha, a los que estábamos sentados nos dolía el culo al no poder movernos -sardinas en lata-, y, entonces, descubrimos aquello de la «solidaridad ferroviaria»: nos turnábamos con los del pasillo. Es más, hubo alguno que, por no volver a llevar tan enlatado el culo y los hombros, hizo el resto del viaje de pie. ¿Ustedes se ríen? Pues a mí maldita la gracia que me hace el suceso, incluso, cuarenta años después.

Hay dos cosas que no pueden olvidárseme. La primera, que al turnarse mí hermano y buscar hueco en el pasillo, logró pegar su espalda y cabeza contra la pared del compartimento, en tanto que la puntera de sus zapatos lograba apoyarla en la pared de enfrente, vamos, debajo de una de las ventanillas y a los pocos minutos sentí una tranquila y pacífica respiración: ¡joder, se había dormido de pie y, encima, no se caía!. La segunda fue la que más me impresionó. En una de las indeterminadas paradas, el revisor introdujo en nuestro vagón a un hombre grande, grandísimo, que se tapaba con una manta. Nos dijo que era un pastor, que se había puesto enfermo y que había que llevarle hasta «tal sitio». Así que, ¡hala!, hubo que hacerle sitio en el compartimento. A través de la media puerta de cristal que manteníamos abierta, le echaba una ojeada a aquel «armario» -nada peyorativo- y él me devolvía la mirada: ¡Dios me perdone, tenía una cara de mala leche! Que hasta pasé miedo.

Creo recordar que nos repartieron, sin distinción de edades ni condiciones sociales, bocadillos de jamón y cerveza, porque desde que salimos de León y a la hora que ya era, fácilmente podríamos desfallecer de inanición. Cómo pasábamos los túneles de Pajares, casi mejor que ni se lo cuento: para simplificar, con más miedo que vergüenza. Y, al fin, a eso de las once y media de la noche, llegamos a la estación de Oviedo. En esos momento yo ya no sentía nada: ni los pies, ni las piernas, los brazos apenas sujetaban un maletín y tenía más fame que un maestro en el 36. Llegamos, sin duda, porque Dios quiso, porque ni la Renfe ni otros medios oficiales supieron cómo mejorarnos el hábitat de aquellas siete horas. En cinco palabras: I-NOL-VI-DA-BLE.

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