JESSICA GÓMEZ
Se despertó aquella mañana tan hermosa como todas las mañanas que hemos compartido. Siempre me ha gustado observarla en ese precioso momento desde el cobijo que me da la oscuridad de la habitación, cuando acaba de despertar y es ella en su más pura esencia. Tenía la espalda desnuda y su silueta se recortaba contra la poca claridad que entraba de la calle. Debía ser aún muy temprano. De haberla tocado en ese momento podría haber perfilado con las yemas de mis dedos la línea de su tatuaje, tan estudiado tenía su cuerpo. Perdido en el propio goce del momento, sentí la ausencia de su cuerpo en la cama y la oí alejarse por el pasillo. Me arrebujé un poco más entre las mantas. Había estado lloviendo toda la semana y eso hace mella cuando trabajas a la intemperie. Sólo cinco minutos más...
Oí el goteo de la cafetera y sonreí. El café era una de tantas cosas monótonas que ella convertía, sin saberlo, en un acto de sublimación. «¡Mierda! Olvidé comprar café». Pensé en levantarme para decirle que hiciera café sólo para ella - yo podía desayunar cualquier otra cosa y sé que ella odia que el café esté aguado- pero entonces entró en la habitación y no sé muy bien por qué, guardé silencio. La miraba... Ay ¡nunca me cansaría de mirarla! Se sentó en el borde de la cama y empezó a vestirse. Había algo extraño en su pose. Su cuerpo me decía algo, pero no sabía qué. Se giró para mirarme y me estremecí. Ese era un efecto que ella siempre podía provocar en mí. Divagué sobre el día que nos reencontramos, años atrás, en una estación oscurecida por la lluvia y por la bruma del mar. Recuerdo el nudo en el estómago cuando la vi bajar del tren al que yo tenía que subir. Tan sencilla, tan perfecta. Cuánto la quise entonces y cuánto más la quiero ahora, que sé que no es la torre impenetrable que ella quería aparentar.
Tuve que aprender a seguirle el juego. Huyó tanto tiempo, llegué a desearla tanto que aún hoy agradezco cada beso que me da como si fuera el primero. Como si fuera el último. Cada imagen que me regala cuando prepara el café, o lee absorta en su rincón preferido, o simplemente está a mi lado. Agradezco cada sonrisa que me dedica cuando le hago un regalo. Su risa... Su sincera, infantil risa... En un universo de infinitas posibilidades, ella es la única constante que necesito en mi vida.
La vi salir despacio, descalza con las botas en una mano para no despertarme. Los perros la siguieron menos considerados.
Sostenía mi taza de café recién hecho en el sofá cuando volvió a casa. La observé a través del cristal de la puerta, deleitándome con cada uno de sus movimientos, tranquilos y seguros, mientras se quitaba mi cazadora empapada. Su pelo, su negrísimo pelo largo, rezumaba mañana fresca. Olía tanto a ella... Pasó ante mí sin siquiera mirarme a la cara. Como la peor de las premoniciones, entonces supe que algo terrible estaba a punto de ocurrir.
No alcanzó a mirarme a los ojos cuando empezó a decir: «Tenemos que hablar...». Y me vi envuelto de pronto en la más impronunciable soledad...
César se despertó de un salto, empapado en sudor frío. Algo en su pecho no le dejaba respirar. Aún temblaba. Miró a su derecha... Y allí estaba yo, durmiendo profundamente. Ahogando, por no despertarme, un grito aliviado, se acercó a mi costado para rodearme con la calidez de su cuerpo. Yo, al notar la trémula mano que me acariciaba, me apreté contra su pecho y medio dormida, balbuceé un te quiero.
Al despertar a la mañana siguiente olí café recién hecho. Él no estaba, ni tampoco los perros. Fui frotándome los ojos, extrañada, hasta la cocina. Aún hoy me pregunto qué soñaría aquella noche. En la cafetera me dejó una nota:
«Quiero verte cada mañana a mi lado. Te necesito ahí porque, después de todo, no me puedo imaginar un despertar más dulce que el que sigue a la peor de mis pesadillas...».