JULIO JOSÉ RODRÍGUEZ SÁNCHEZ
Fue costumbre que, el 1 o el 2 de noviembre, en los escenarios españoles, se representase el «Don Juan Tenorio» o «El Burlador de Sevilla». En muchas cosas, respeto la tradición, y es por lo que hoy veré alguno de los añorados «Estudio 1» de TVE, a ellos dedicados.
Zorrila y Tirso de Molina, levantaron uno de los mitos literarios que más ríos de tinta han hecho correr: el «donjuanismo», pero lo cierto es que esta figura tuvo, en la noche de los tiempos, un antecedente femenino.
Los griegos, unos de los padres de la Cultura, alumbraron, antes de que Homero escribiera «La Iliada», un poema en el que se cuenta no hubo acto sexual alguno entre el raptor Paris y la aquea Helena, porque la diosa Hera, lo que dejó al troyano, fue una imagen de Helena, ya que a la auténtica esposa de Menelao, la llevó a Egipto, donde años después la encontraría su esposo. Así las cosas, la guerra de Troya no fue por culpa de una mujer, sino por un adulterio imaginario.
En nuestra literatura se nos narran historias de mujeres aguerridas, dotadas de algunos elementos característicos de los varones, que se encuentran en las «serranas» tal y como leemos en el Arcipreste de Hita. Eran ellas las que se solazaban con los incautos hombres que caían en su poder, a quienes robaban y abandonaban maltrechos; o los «ambotos» vascos, que hicieron del sexo una religión de obligado cumplimiento; sin que nos olvidemos de las brujas, tan morbosas como lujuriosas y promiscuas.
Cleopatra, de la que se decía tenía un amante cada noche, y al que se daba muerte al alba; Mesalina, la tercera esposa del emperador Claudio, que hizo claudicar en su incendiaria pasión a todo un ejército de amantes; o reinas que fueron consumadas depredadoras sexuales como Margarita de Borgoña, o Margarita de Valois, que reinó en Navarra y en Francia ¿Fueron estas mujeres trasuntos femeninos del «donjuanismo»? Porque otra cosa son las mujeres en el teatro de Shakespeare, ellas tejen y ejecutan su plan, haciendo caer al hombre en sus redes.
En cuanto al cine recordemos a Theda Bara, con la que se inicia la larga y exitosa nómina de las «vamp». Años después Greta Garbo y Marlene Dietrich, encarnaron como pocas ese perturbador significado, como luego, y citando sólo de pasada, Ava Gardner, en «Forajidos», Kathleen Turner, centro de la tórrida «Fuego en el cuerpo», o Linda Florentino, en «La última seducción».
Hoy, Don Juan, no se jalaría una rosca; sería un pobre voyeur de cine porno. Quienes marcan la hora, en lo que se entiende popularmente como «donjuanismo», son las mujeres, por más que el suyo sea de otro tipo. Los hombres somos ya, por más que no queramos reconocerlo, meros acólitos, y es que el feminismo ha recobrado protagonismo.