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de lo nuestro | historias heterodoxas

El enigma de San Vicente de Serrapio

Las misteriosas cajitas de madera sumergidas en agua cristalina que fueron halladas bajo un losa, en junio de 1880, en la iglesia románica allerana

 17:22  
Lápidas de la iglesia de San Vicente de Serrapio.
Lápidas de la iglesia de San Vicente de Serrapio. 
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ERNESTO BURGOS
HISTORIADOR
Seguramente les va a aparecer extraño que hoy empiece hablándoles de motos para acabar haciéndolo de reliquias medievales, pero ya saben que aquí, como buenos heterodoxos, no tenemos reparos en hacer estas cosas. Así que hoy iniciamos nuestra historia el 4 de julio de 1947 en la ciudad de Hollister, California, donde la celebración habitual de la fiesta nacional norteamericana acabó con serios incidentes de los que se culpó a los grupos de motoristas que se habían concentrado en el lugar.

Para lavar su imagen, la Asociación Americana de Motociclistas quiso dejar claro que la mayoría de sus miembros eran personas de bien y solo un 1%, formado en su mayoría por marginados que habían regresado de la segunda guerra mundial sin saber adaptarse a su antigua vida, dañaba su imagen. Entonces los acusados, en vez de amilanarse hicieron bandera de aquel comentario y colocaron en sus chalecos un parche con aquel significativo 1% indicando que ellos eran los auténticos moteros en contraposición al otro 99% de domingueros.

No ha pasado tanto tiempo desde que el equipo del televisivo Iker Jiménez decidió aprovechar para sus programas un par de estas páginas que ustedes tienen la paciencia de leer. Sus colaboradores estuvieron en Turón y en La Camocha, que aún estaba abierta, para poner imágenes a los «fantasmas de las profundidades», donde se hablaba de las apariciones en el interior de las minas y en otras dos ocasiones visitaron Aller para subir hasta El Rayán y contar cosas sobre los sucesos de su casa encantada, porque en este caso, además de filmar para el famoso «Cuarto Milenio» también quisieron incluir el caso en otro programa radiofónico de la misma temática.

Cuando en aquella ocasión las cámaras volvieron a sus fundas y llegó la hora del café, quise preguntarles a los encargados del programa si realmente ellos creían en los fenómenos inexplicables, y su respuesta vino a coincidir con la impresión que yo también he sacado después de andar muchos años detrás de estas cosas: en la inmensa mayoría de los casos todo es fantasía preparada para el consumo mediático, pero existe un 1% que se escapa a cualquier explicación.

Yo me encontrado con ese 1% en dos ocasiones, y las dos en el concejo de Aller. Una está precisamente en los hechos que se registraron a principios del siglo XX en El Rayán y que constituyen un verdadero catálogo de fenómenos paranormales, vistos por numerosos testigos y -lo que es más importante- sin que favoreciesen ningún interés económico. El otro está en la iglesia de San Vicente de Serrapio, que es sin duda el lugar más enigmático de Asturias.

San Vicente se levantó, según reza una de las inscripciones que se conservan en su interior, en la era 922, es decir en el año 884 de nuestro calendario, aunque el templo cristiano aprovechó un lugar que ya se veneraba desde la noche de los tiempos y en el que los romanos también adoraron a sus dioses. Hace unas décadas, los arqueólogos localizaron bajo su suelo enterramientos que abarcan más de mil años, hasta llegar al siglo XVIII; aunque con anterioridad ya se conocían otros tan curiosos como el de un personaje que cuando fue exhumado aún conservaba algo de pelo y cubría su cabeza con un gorro de lana morada y cintas plateadas. El gorro y algunos huesos de la cabeza se conservaron varios años en un cajón de la sacristía antes de perderse definitivamente.

Y es que en la iglesia de Serrapio abundan los enigmas. Allí han aparecido numerosas lápidas de diferentes épocas, unas están perfectamente estudiadas, otras son extremadamente difíciles de interpretar, ya que ni siquiera puede identificarse con seguridad el tipo de escritura en que fueron grabadas las inscripciones. Sus escasos, pero representativos canecillos románicos, los magníficos capiteles del interior, las llamativas pinturas de sus altares y de la sacristía, la propia arquitectura del lugar, todo está lleno de huellas que denotan la presencia de una comunidad vinculada a la Orden del Temple y también a la práctica de la alquimia, como he defendido en otras ocasiones más extensamente.

Podríamos detenernos en cualquiera de estos aspectos, pero hoy quiero que conozcan la pequeña historia del hallazgo de unas reliquias, tal y como se cuenta en la documentación de esta parroquia que se guarda en el Archivo Histórico Diocesano de Oviedo. Los hechos ocurrieron, según lo narró por escrito don Pedro Zapico, el párroco de entonces, en los primeros días de junio de 1880, cuando se procedió a reformar el interior del templo para reparar su suelo con tabla y hormigón, aprovechando para hacer otras obras menores y trasladar a la vez algunos retablos a sus ubicaciones originales, de donde habían sido desplazados décadas atrás.

En el curso de aquellos trabajos, al deshacer en un lateral una mesa de altar de piedra labrada para colocar el retablo de Nuestra Señora del Rosario se encontró una losa con una inscripción en dos líneas, que no les puedo transcribir aquí porque no se corresponde con ningún tipo de letra que admita la tipografía. Bajo ella había otra piedra como de un pie de largo y ocho pulgadas de ancho con dos hoyos cuadrados, muy bien trabajados y -ahora les dejo con el texto original- «dentro de los hoyos, que estaban llenos de agua cristalina, había dos cajitas de madera, la una corrompida, que al tocarla se deshizo, pero contenía en su interior unas cosas como lienzos, sangre quemada o carbonizada y polvos de huesos calcinados? en otro hoyo de la piedra se encontró una cajita de madera trabajada con poca perfección, con una chapita de madera que le sirve de llave, dentro de la cual se observan también unas cosas blancas y encarnadas y en este estado se conservan hasta nueva inspección advirtiendo que los hoyitos de madera contenían agua cristalina muy purificada, la cual se conserva hoy también en su frasquito de cristal lacrado hasta nueva inspección».

También la cajita de madera tenía un texto escrito muy parecido al de la piedra y todo ello (la piedra, las cajitas y los frascos con el agua) se depositó en la parte destinada a sagrario del mismo altar de Nuestra señora del Rosario.

Posteriormente, el 12 de abril de 1881, don Jesús Rodríguez, un catedrático del Seminario Conciliar de Oviedo, visitó la iglesia y estuvo transcribiendo sus inscripciones, leyendo esta de la que estamos hablando, tanto en la piedra como en el pequeño pergamino que apareció en la cajita como un texto latino: De lignum Jesus Cristi, y más cerca en el tiempo, el profesor Diego Santos la tradujo en su libro Inscripciones medievales de Asturias, editado en 1994, como «Del leño del señor a San Grogio», lo que indicaría que aquella reliquia dedicada a este santo no era otra cosa que una de las numerosas astillas de la cruz de Cristo que se reparten por toda la cristiandad.

La práctica de guardar reliquias de todo tipo ha sido muy habitual en el mundo católico, sirva el ejemplo de que el rey Felipe II tenía 507 relicarios con 7.422 reliquias para que le ayudasen a curar la gota. Muchas procedían de las iglesias románicas, donde era obligado depositarlas bajo las piedras de los altares para que los fieles las venerasen. Estos pequeños estuches se conocen como «lipsanotecas», una palabra derivada de otras dos griegas que se puede traducir como «depositado en una caja» y suelen ser de madera, aunque varían en su forma, a veces están decoradas y en ellas se depositaban huesos de santos o mártires u otros objetos sagrados.

Más escasas son las que contienen fragmentos de la Santa Cruz, la reliquia más venerada por la Iglesia, por ello, los relicarios que las guardan son más lujosos y casi siempre tienen también forma de cruz, lo que no sucede con las cajas de Serrapio, pero su forma en este caso sería lo de menos porque ya han visto como, a juzgar por el relato del párroco, lo que había en ellas no eran trozos de madera y si hubiese existido la mínima posibilidad de relacionar aquellos restos con la cruz de Cristo, se habrían llevado inmediatamente a un lugar seguro para que no se perdiesen.

Nunca sabremos qué contenían las dos arquitas ni lo que realmente estaba escrito sobre ellas, porque el supuesto San Grogio no figura en el santoral, a pesar de que se le ha querido vincular con San Jorge solo porque los dos nombres se parecen. Pero a mí, seguramente igual que a ustedes, lo que más me llama la atención es la conservación del agua cristalina. Primero, porque los relicarios de madera siempre se guardan en un lugar seco y es extraordinario que en este caso se hayan sumergido en un líquido sin razón aparente. Segundo, porque es verdad que si el agua permanece en el lugar adecuado puede aguantar sin corromperse mucho tiempo?pero estamos hablando de cientos de años y además, aunque la madera de una de las cajas sí se pudrió, el líquido no resultó afectado. Ya lo ven, un verdadero misterio que pertenece a ese 1% de las certezas irracionales hasta que alguien le encuentre una explicación.

(Para Pepín Díaz, por los buenos momentos que siempre pasamos en Serrapio).

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