Un pueblo para cuatro

Los Fueyo-García son los únicos habitantes de Los Torneros, en Aller, una de las 1.417 poblaciones de los valles mineros a punto de quedar deshabitadas

02.08.2015 | 04:40
Tere García y Luis Fueyo, con sus hijos José Manuel y Juan Luis y el perro "León".

A Tere García, de 91 años, lo que más le gusta en el mundo es "el aire". El aire fresco. Salir a la pequeña huerta que adorna su casa con corredor y ver a lo lejos y desde el alto, a siete kilómetros de distancia, a sus vecinos más próximos. Ella es una de los únicos cuatro habitantes que viven en la aldea de Los Torneros, en Aller. El resto son su familia: su marido, Luis Fueyo (94 años) y sus hijos José Manuel y Juan Luis. Este es uno de los pueblos que está a punto de quedarse abandonado en las Cuencas, en una cuerda floja pendiente únicamente del aguante de una familia. Y suma y sigue sin parar porque, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), 1.417 poblaciones del Nalón y el Caudal cuentan con menos de cinco vecinos.

Llegar a Los Torneros no es fácil. Acceder es sólo posible con un todo terreno y el último tramo es tan empinado que es mejor hacerlo a pie. La aldea es una desconocida, incluso para muchos vecinos del concejo. Asombra por todo lo bonito que guarda después de una carretera difícil, en invierno casi imposible, de transitar. La quietud sólo se rompe cuando "León", el perro de los únicos habitantes, empieza a ladrar.

"Ven aquí, gañán", le dice cariñosamente Luis Fueyo. En la cocina, al calor del carbón aunque sea verano, espera Tere García. "Estoy haciendo un bizcocho", explica con una sonrisa que casi nunca se tuerce. Ella nació en Los Torneros, "y aquí moriré", y su marido lleva sesenta y tres años en la aldea. Cuando eran jóvenes, Los Torneros tenía más vida. Llegó a contar con sesenta vecinos, que fueron dejando sus casas a medida que empeoraba el estado de la carretera.

Las pendientes se hicieron más resbaladizas y la maleza empezó a devorar las cunetas. En el temporal de lluvias de 2011, cayó una parte del talud y estuvieron incomunicados unos días. Les comprometieron entonces una mejora que nunca llegó. Los compromisos también llovieron durante la campaña electoral y, ahora, los vecinos de Los Torneros esperan que se hagan realidad.

Tere García está convencida de que con un mejor acceso, la vida volvería a su pueblo. La mayoría de los antiguos vecinos han seguido manteniendo sus casas y las ocupan durante las vacaciones. También algunos fines de semana de verano y Navidad. Los inmuebles cuidados, aunque deshabitados, dan un aspecto peculiar a la aldea allerana. Como si todos los habitantes hubieran abandonado a toda prisa el pueblo por algún motivo y los miembros de la familia Fueyo-García fueran los únicos valientes capaces de aguantar tanta soledad.

No fue decisión suya quedarse en el pueblo para siempre. El destino y el azar los obligó a vivir en Los Torneros. La madre de Tere García enfermó gravemente cuando la familia estaba a punto de trasladarse. Después, como si de un efecto dominó poco fortuito se tratara, también enfermó su padre. Poco a poco, se fueron apagando las vidas de sus cinco hermanos. "Nos pedían que no los dejáramos", señala García.

Y no lo hicieron. Cuatro hermanos murieron de silicosis, huella de una vida en la mina. "El quinto era Policía Local pero quedó en silla de ruedas por una trombosis", explica la nonagenaria, resignada. Es su marido, hasta ahora un espectador de la conversación, el que termina con el silencio: "La pobre se pasó la vida cuidando viejos". Una carga que ella llevaba sobre los hombros y que los hombres de la casa ayudaron a soportar.

Sus hijos tampoco quisieron dejar el pueblo ni a su familia. Dice García que "siempre fueron muy buenos y no querían vernos pasar por todo solos". Sacrificaron sus carreras profesionales. Ahora a Tere García, acostumbrada al peso de la vida, se le hace casi imposible de llevar que los dos estén en situación de desempleo. Afirma, convencida, que "si hubiera sabido que esto iba a pasar, que la vida sería tan dura, nos habríamos mudado todos a un sitio más poblado".

Remaron juntos y ahora siguen haciéndolo. Sus hijos, con el coche, son una pieza clave para la vida en la aldea. Ellos son los encargados de ir a Moreda, a unos siete kilómetros de distancia, para hacer la compra y surtirla para que ella disfrute en la cocina. Dicen que ser los únicos vecinos en una aldea es complicado y que haría falta una mayor atención de las administraciones para frenar la pérdida poblacional y el éxodo desde los pueblos. Hay muchos contras. Pocas ventajas. A Tere García, lo que más le gusta en el mundo es el aire. El aire fresco de Los Torneros.

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