18 de junio de 2017
18.06.2017

La huelga que acabó en consejo de guerra

Una protesta por el bajo salario y la jornada laboral en el pozo María Luisa, en el año 1957, terminó con un proceso ante un tribunal militar para los 22 mineros que se encerraron

18.06.2017 | 09:36
Un joven Roberto Suárez, en Farnesio.

Empezó como una huelga y terminó en consejo de guerra para veintidós mineros. Ocurrió en el pozo María Luisa, hace sesenta años. Esta es la crónica de un proceso que hizo historia, pero que no aparece en los libros de texto. Durante las últimas seis décadas, los protagonistas han guardado silencio. Ahora uno de ellos, Roberto Suárez Buelga (Santa Bárbara, 1935), pone voz a esa protesta crucial: "Yo no soy protagonista de nada, protagonistas somos todos", aclara antes de empezar a hablar. Camina erguido, lleva una carpeta con fotos y documentos que le ayudarán a narrar todo lo que pasó. Porque hay recuerdos que pueden enmudecer hasta la garganta más firme.

Eran años muy duros de la dictadura franquista. Estrecheces que en la superficie apretaban y en la mina ahogaban: allí abajo, a 200 metros de profundidad en el pozo María Luisa, no había nada. Ni seguridad, ni vacaciones, ni un sueldo digno. Fue una subida salarial, paradoja en esta historia, la que encendió aquella huelga del 57: "Los jornales subieron un 42 por ciento, pero el incremento no se aplicaba a los que trabajábamos a destajo", explica Buelga. Y la jornada no se ajustaba a la legalidad: un boletín del año 1946 establecía que los mineros de interior trabajarían siete horas diarias. "Pero había una hora histórica, por así decirlo. Una hora de más que habían hecho nuestros padres para acelerar la recuperación de España tras la Guerra Civil, y que a nosotros nos obligaban a mantener", explica.

Eran dos reivindicaciones justas, pensaron los mineros. E iniciaron una protesta que, creían ellos, les supondría enfrentarse a una sanción de meses o al despido. No dejaron de trabajar, pero bajaron su rendimiento al mínimo: "Si antes hacíamos un metro o metro y medio, pasamos a hacer medio metro". La respuesta de la dirección del pozo fue rotunda: militarizaron de María Luisa. El vigilante recibió el rango de cabo, el capataz de sargento y el ingeniero de teniente. El siguiente movimiento tensó aún más la situación: ocho días después de arrancar la protesta, unos soldados se llevaron al calabozo a seis compañeros.

"En ese momento decidimos que había que ponerse más duros. Ya no importaban las reivindicaciones, las personas siempre están por encima", dice Buelga, un hombre que habla poco, pero que en cada palabra guarda una lección. Los veintidós trabajadores bajaron en la jaula al relevo de las seis de la mañana. Se quedaron en la segunda planta y anunciaron que ni trabajarían ni saldrían del tajo hasta que sus compañeros quedaran en libertad.

Bebían agua de un manantial de la mina y los que no soportaban el hambre comían cebada de las mulas. Pasaron ochenta y dos horas. "Ya están sueltos", les gritó un compañero que bajó a la galería. Fuera, les esperaba un pueblo harto de callar: "Habían cortado la calle, la gente intentaba escalar por el portón de María Luisa. No me emocioné entonces, no me di cuenta de lo que habíamos conseguido".

El recuerdo sí le emociona. Saca un pañuelo y se seca una lágrima. Emoción por lo que pasó aquella tarde y porque lo peor, aunque entonces él no lo supiera, estaba por llegar. Unos días después de su salida de la mina, les dijeron que ya no tenían permiso para librar la mili por ser mineros. Tenían que incorporarse de inmediato, todos los participantes en el encierro, al servicio militar. Destinados en Farnesio (Valladolid), él y su compañero Faustino Gutiérrez Suárez fueron llamados a declarar. Buelga también en una auditoría militar. Estaba en clase de teórica cuando le detuvieron: "El teniente intentó impedirlo, dijo que yo era un soldado con un comportamiento impecable, pero no sirvió de nada". Él y Faustino Gutiérrez fueron al calabozo y, como argumentaron que no se sentían cómodos con el resto de presos, terminaron en la celda de castigo. Otra vez el teniente intentó echarles una mano, y ordenó dejarles mantas y unos colchones para protegerlos de la humedad de aquella habitación. "Estuvimos dos días sin salir, sólo una vez al día para ir escoltados al baño", rememora.

"Fueron los dos días más largos de mi vida". Un dicho manido pero que, en boca de Buelga, recupera todo el sentido. Y aún recuerda que le faltó el aire cuando llegó un cura con rango en el ejército para confesarlos.

- Mi capitán, ¿nos van a fusilar?

Pudieron ser aquellos 21 años demasiado delgados para tanta altura, o la cara pálida de aquel chaval que sólo conocía Santa Bárbara, el pozo María Luisa y aquella celda, pero dice Buelga que el páter retrocedió. Salió de la celda "para ver de qué se podía enterar".

La siguiente noticia la recibieron ya camino de la estación, les trasladaban a todos al Milán (Oviedo) para ser juzgados en un consejo militar. A Roberto Suárez le cogieron solo y el general juez instructor de la causa, Eduardo Cocina, fue claro con él: "Eres el que más jodido lo tienes, porque tu padre era comunista", le advirtió. Los ojos de Buelga están húmedos otra vez, pero ya no saca el pañuelo. Aprieta los puños: "Yo dije que no sabía lo que era mi padre, que le habíamos enterrado en enero. Que mi madre estaba sola en casa, viuda y sin paga, y con una nena de catorce años".

El consejo de guerra a los veintidós de María Luisa se celebró bajo las reglas militares, sin civiles. Gracias al juez, "era una buena persona", un alférez que era abogado le defendió. La condena fue igual para todos: seis meses y un día por desobediencia, por seguir con la huelga aún siendo "mineros militarizados". A sus compañeros, les sumaron esos meses de condena al servicio militar. A Buelga no, "seguro que fue por lo de mi padre". Otro compañero comunista, que tenía antecedentes y fue juzgado por la vía civil, estuvo en prisión durante nueve años: "Se llamaba Herminio Serrano Suárez, ya falleció. Pudo disfrutar poco de la libertad", afirma.

La vuelta a la mina fue fácil: "El compañerismo que había ya no lo hay, dábamos la piel unos por otros". Se enteraron de que el Sindicato Vertical había pedido para ellos "un castigo ejemplarizante", pero el consejo de guerra no permite acusación particular. "Ya ves, quien te tenía que defender no te defendía. A veces hay que defenderse solos, eso tienen que aprenderlo todos los jóvenes".

- ¿Cree que no lo han aprendido?

-Creo que hay que levantarse cuando hay una causa. ¿No te parece que ahora hay causas de sobra?

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