17 de diciembre de 2017
17.12.2017
Un tipo de drogodependencia que vuelve a aumentar

El tortuoso camino para dejar la heroína

Dos extoxicómanos explican cómo cayeron en la droga y el proceso para desengancharse del "caballo", cuyo consumo ha repuntado con la crisis

17.12.2017 | 09:02
Uno de los usuarios del centro de rehabilitación de drogodependencias.

Esa jeringuilla era pura alquimia. Un "pico" y Kelly vivía un sueño mejor. Ya no recordaba el aliento de su padrastro que la impregnaba de abusos a los nueve años. Ya no le dolían la indiferencia de su madre ni las palizas de rabia que le daba su novio.

José temblaba de ansia sólo con ver el papel de plata. Aquel "chino", pensaba él, era la única medicina para sanar de la muerte de su padre. Le hacía tanta falta, que llegó a fumar treinta dosis al día.

Kelly y José son dos adictos en recuperación. Los dos se engancharon a la heroína en la adolescencia y la consumieron durante décadas. Sus historias son muy parecidas, escritas con el mismo puño de la droga. La primera lleva once años limpia de "caballo", aunque ahora lucha contra su adicción al hachís y el alcohol. El segundo empezó un programa de desintoxicación tras "tocar fondo" en prisión. Son usuarios del centro de rehabilitación de drogodependencias (RED) de Mieres, el primero en la región en implantar terapias especializadas para cada adicción y por sexos. La psicóloga y directora del RED, Elisabeth Ortega, avisó al inicio de la crisis del retorno de la heroína a las calles de las Cuencas. Se trata de una sustancia más barata que otras drogas y con efecto sedante, algo que según el centro, las personas con un historial de adicciones pueden buscar en época de inestabilidad económica.

Tanto José como Kelly lo confirman. Dicen que, tras unos años en caída -"aunque nunca desapareció"-, ahora se consigue "en cualquier esquina". José asegura que es porque "muchos de los que vivieron el 'boom' del jaco en los ochenta acaban de salir de la cárcel. Igual pagaron quince o veinte años, pero no están rehabilitados". Acceden de buen grado a contar su experiencia con el "caballo": "Sólo con que una persona lo lea, recapacite, y decida salir de esta basura habrá merecido la pena", dice ella.

Es tan dulce que cuesta encuadrarla en una historia tan sórdida como la suya. "Pregúntame lo que quieras, porque no sé por dónde empezar". Los cuarenta años de Kelly parecen cien. Quizás todo comenzó en esa casa que nunca fue un hogar: "Mi madre salía cada día con uno, tenía cada día un novio distinto".

Uno de ellos, cuando Kelly tenía nueve años, se propasó: "Me metió mano, fue asqueroso, y decidí que no podía seguir allí". Buscó una salida de emergencia equivocada, una pandilla de chicos mayores y una pareja que no le convenía. Se juntaban en una casa y tonteaban con las drogas: "Primero sólo era alcohol y porros".

José cierra los ojos y dice que también empezó "con alguna cerveza y hachís". Había sido un niño deportista, pero la muerte de su padre lo cambió todo. Él tenía catorce años, se hundió en una depresión, y dejó de entrenar. Unos chavales mayores de su barrio le enseñaron a liarse porros, a emborracharse para olvidar. "Yo me creía el rey del mambo, ya ves, que me iba a comer el mundo, era lo que pensaba yo. Y el mundo me comió a mi". Dice que "por tontería" se fumó el primer "chino", y ya no pudo dejarlo: "Yo sólo fumaba, no me pinché nunca".

Kelly recuerda su primer "pico". "Una tarde llegó el chico que estaba saliendo conmigo y dijo que íbamos a probarla (la heroína). No puedo olvidar lo que sentí", explica. Fue un "viaje" a un mundo mejor, la calma total que Kelly tanto había anhelado. "En ese momento no tenía problemas, ya no me acordaba de ninguna cosa mala. Estaba relajada, estar más tranquila era imposible".

Eran los años ochenta, Kelly y José eran prácticamente niños. Percibían que la vida, hasta entonces tan cruda, se había simplificado mucho: si tenían heroína, todo estaría bien. Tan fácil y tan duro. Kelly conseguía la sustancia a través de sus parejas y amigos, José cometía robos y otros delitos. "Entonces no había ninguna conciencia, te vendían aunque fueras un crío", afirma. No le importaba lo que tuviera que hacer para conseguirla: "El 'mono' del potro es lo peor, haces cosas que jamás harías en tu sano juicio".

Su último "mono" terminó en prisión. "No recuerdo nada de lo que hice, pero me dijeron que estaba encerrado por una serie de robos". Dice que la cárcel fue "tocar fondo". Ver a su familia a través del cristal, le llevó al infierno. Adelgazó hasta los 48 kilos. "Mi abogado, gracias a Dios, consiguió para mí la libertad a cambio de este tratamiento que estoy haciendo. Llevo meses limpio, ahí están las analíticas que lo demuestran".

Kelly decidió cambiar de rumbo sentada en el banco de una comisaría. Su pareja le había dado una paliza cuando ella llevaba al niño de ambos en brazos. El pequeño resultó herido y, esa misma noche, le quitaron la custodia. Acurrucada en aquel asiento, sintió como golpes los recuerdos de cada uno de los pasos que la habían llevado hasta allí: la muerte de su primera pareja por sobredosis, la falta total de contacto con su familia, la pérdida de tantos amigos por el sida. Al día siguiente se hizo una analítica: VIH negativo. Fue la señal definitiva de que tenía volver a empezar.

En ello está. Tras años limpia, volvió a caer en el alcohol y el hachís: "Después de tantas pruebas, creo que esto puedo superarlo", dice a media voz. Vive bajo protección policial para que su expareja no la encuentre. Su sueño es recuperarse, ser libre y trabajar con personas mayores.

José está comprometido con el tratamiento, quiere pasar página y centrarse en su familia: "Tengo dos hijos sanos y estupendos". Mira el reloj, la entrevista va a terminar:

-Te lo voy a resumir rápido. Maldito el día que probé el jaco.

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