josé luIs garcía martín
Constituye un reiterado tópico el lamento ante la falta de ediciones críticas y de obras completas de la mayoría de nuestros escritores, clásicos o contemporáneos. Pero una edición crítica, tal como se entiende habitualmente, llena de notas sobre variantes y de precisiones eruditas, no siempre pertinentes, no es la mejor edición, y a la mayoría de los escritores -incluidos los principales- les beneficia más unas obras selectas, a veces muy selectas, que unas obras completas.
Una edición definitiva de la poesía completa de Juan Ramón Jiménez es un empeño imposible, dada la enmarañada complejidad de su producción, hecha de infinitos borradores y de planes y contraplanes. No lo es reeditar sus libros tal como fueron apareciendo en su momento, sin tener en cuenta las múltiples metamorfosis que sufrieron después. Ya se llevó a cabo un empeño semejante en 1981, con motivo del centenario. Vuelve a repetirse en el cincuentenario del premio Nobel y de la muerte de Zenobia. Pero ahora, a los títulos de poesía se añaden los de prosa lírica y prosa crítica, que sólo muy parcialmente -Platero y yo, Españoles de tres mundos- fueron publicados en vida del poeta. La tipografía de los elegantes tomos, a cargo de la editorial Visor, recuerda las ediciones del poeta. Un estudioso prepara el texto, que aparece sin notas, y un poeta prologa cada tomo. Ángel González, Francisco Díaz de Castro y Vicente Gallego son los prologuistas de las tres entregas aparecidas hasta la fecha.
Ángel González se ocupa de Rimas (1902), el primer libro de Juan Ramón, si descontamos las dos precipitadas entregas -Ninfeas y Almas de violeta- de las que tan pronto se arrepintió. ¡Cuánta ganga tardorromántica hay en estas Rimas que homenajean a Bécquer ya desde el título! Libro de formación, de acarreo, donde resuena más la voz de Federico Balart o de Vicente Medina que la de Rubén Darío. Sólo de vez en cuando, entre tanta sensiblería y melodramatismo, asoma la voz inconfundible del Juan Ramón simbolista: «Me he asomado por la verja / del viejo parque desierto: / todo parece sumido / en un nostálgico sueño. / Sobre la oscura arboleda, / en el trasparente cielo / de la tarde, tiembla y brilla / un diamantino lucero».
Qué largo el camino entre este título inicial, tan lleno de titubeante encanto, y el último, Animal de fondo (1949), que prologa, desbordante de entusiasmo, Vicente Gallego: la poesía española del siglo XX alcanzaría en él «su última estatura», los poemas «se derraman y fluyen embriagados de sí mismos -de ese dios que los inspira y los habita- en una bacanal de bienvenida», «su desaforada tralla lírica estalla en círculos y cae sobre sí misma para volver a elevarse a las alturas» y entonces vemos «relamerse a Juan Ramón en mitad de aquel disparadero multicolor»; se trataría, en suma, de «uno de los libros más valientes, sinceros, personales y rotundos de la historia de nuestras letras», «uno de esos escasos muros de carga sobre los que se apoya y crece la casa del idioma, la casa de los padres, nuestra casa».
Parece que Vicente Gallego quiere compensar con la abundancia de hipérboles un quizá no excesivo trato con la poesía de Juan Ramón. La peculiar teología personal de Animal de fondo culmina de alguna manera su evolución ideológica, pero no supone la culminación de su poesía. Hay un exceso de sequedad y de conceptualismo. Un ejemplo: «Todos vamos, tranquilos, trabajando: / el maquinista, fogueando; el vijilante, / datando; el timonel, guiando; / el pintor, pintando; el radiotelegrafista, / escuchando; el carpintero, martillando; / el capitán, dictando; la mujer, / cuidando, suspirando, palpitando».
No, no es Animal de fondo -anticipo de un libro inacabado, Dios deseado y deseante- ni una de las cumbres de la poesía española ni de la obra de su autor. Pocas dudas hay, en cambio, de que La estación total con las canciones de la nueva luz, publicado en 1946, pero escrito entre 1923 y 1936, resume la etapa central de la producción del poeta. Los años de escritura de este libro son años de plenitud. Es tanta la capacidad creadora de Juan Ramón que no acierta a corregir y ordenar lo que escribe. Por eso deja de publicar nuevos volúmenes y se reduce a ofrecer pequeñas muestras de su «obra en marcha» en los cuadernos, de reducida tirada, que llevan por título Hojas, SucesiónPresente. Son años también en que el apoyo a los nuevos poetas -más tarde recibirían el nombre de Generación del 27- se trueca en animadversión, en continua y exasperada guerra de guerrillas. La guerra civil sacaría al poeta de su enrarecida habitación acolchada y lo lanzaría al aire libre del exilio.
En La estación total está la poesía de madurez del poeta, algunos de sus más conocidos y apreciado poemas, como «El otoñado» o «Mirlo fiel». Y, junto a ellos, recreaciones de la poesía popular: «Al amanecer, / el mundo me besa / en tu boca, mujer».
Aunque no cabe duda de que Juan Ramón Jiménez, tan variadamente repetitivo, es un poeta que gana, quizá más que cualquier otro, en una exigente selección (él mismo nos dio la prueba con su Segunda antología poética), poder leer sus libros exentos tal como fueron publicados tiene también su gracia. Le vemos avanzar y caer, tantear, levantarse. Podemos sorprender de pronto un raro poema olvidado, o sonreírnos -como ocurre en Rimas- ante la ingenuidad con que el poeta de 20 años expresa su narcisismo (un narcisismo que nunca le abandonaría): «¡Nadie me besa, y a veces / nostalgia de labios siento, / y estoy siempre triste y solo / con mis penas y mis versos! / Cuando vuelvo por las tardes / pensativo y soñoliento, / sobre mi espejo me inclino / y me embriago de besos».
Sí, Juan Ramón Jiménez siempre estuvo embriagado de sus propios besos, y de sus propios versos.