ä Era un secreto a voces que el ganador del premio «Biblioteca Breve» era Juan Manuel de Prada, con la novela nada breve El séptimo velo, así que el encuentro con la prensa en el refinado hotel Casa Fuster de Barcelona para darlo a conocer fue cualquier cosa menos enigmático. Bajo las diligentes manos de la llanisca Nahir Gutiérrez, la organización de Seix Barral funcionó como un reloj preciso para servir en bandeja de plata el galardón a un autor que despierta grandes odios y grandes adhesiones. Sin término medio. De ahí que no fuera difícil captar algunos peros de alguna prensa durante la comunicación del fallo, más que nada porque los elogios de los jurados llegaron a ruborizar al propio ganador. Cuando Manuel Longares calificó la novela vencedora como una de las mejores escritas en las últimas décadas y recordó a Dostoievski y Céline, la mano De Prada tropezó con el botellín de agua y su ego se derramó por la mesa. Claro que no fue el único percance del escritor: su teléfono móvil le cortó el hilo del discurso. No me lo puedo creer, dijo con cara de no creérselo.
La prensa cultural más selecta se dio cita luego en un almuerzo al que no faltó un buen número de autores de la casa o alrededores, algo así como las celebraciones del «Planeta» sin tanto derroche. Susana Tamaro cogía fuerzas para la campaña de promoción que le espera. Espido Freire, que no se pierde una, también paseaba su cada vez más larga cabellera negra entre críticos y agentes literarios. Luis Castro, ganadora el año pasado con una novela en la que ajustaba las cuentas con su pasado de forma que a muchos les escaldó, mostraba su mejor sonrisa de dulce gallego. Pedro Zarraluki, Alicia Giménez Bartlett, Ignacio Martínez de Pisón, Jorge de Cominges, el ubicuo Javier Rioyo... Y un asturiano al que la editorial trata como oro en paño: Ricardo Menéndez Salmón, la gran apuesta de Seix Barral, con La ofensa. Palabras mayores de origen asturiano que ya empiezan a probar las incoherencias del mundo literario (una crítica volcada en elogios en un suplemento, otra perdonavidas en el de más allá...). Claro que aún no podía sospechar que una semana después el crítico Rafael Conte dedicaría parte de su crítica en «El País» a criticar la crítica de Ricardo Senabre en «El Mundo» y que Gregorio Morán criticaría la crítica de Conte en «La Vanguardia». Ciertamente, La ofensa está agitando las dormidas aguas de la crítica y eso, al margen de su extraordinaria calidad, la hace más importante aún. Y necesaria.
Y por encima de todas las cabezas, la figura flaca y elegante de un Eduardo Mendoza poco dado a frecuentar estos eventos, y que se encontró en los servicios con la desagradable noticia de que, ¡glub!, no había agua. «Vaya, hay peines, kleenex, toallitas..., pero no hay agua». Un inoportuno corte que el autor de «La verdad sobre el caso Savolta» no dudaba en comunicar a todos aquellos que entraban en los servicios. Gracias.
Disuelto el acto, sólo De Prada y unos pocos supervivientes se hicieron fuertes en el bar para continuar la celebración. Fuera, Menéndez Salmón se despedía de la editora Elena Ramírez y buscaba un taxi en una Barcelona celeste y fría. Rumbo al éxito.