La ausencia y la presencia

01.05.2008 | 02:00
La ausencia y la presencia
La ausencia y la presencia

Un viaje de invierno (por poner un ejemplo), la acción se ralentiza hasta casi desaparecer, y la voz narrativa se convierte en subconsciente, en una «novela» de pensamiento, de reflexión, de meditación sobre el significado de la guerra del 36, y sobre todo, narración de los anónimos seres que sufrieron consecuencias imprevistas y fatales para ellos y para la vida de varias generaciones de españoles.


La vuelta a casa es la historia de un exiliado que regresa de Buenos Aires, quién sabe por qué razones, quizás impelido por la ausencia y la nostalgia de un mundo que pudo ser y no fue. Su elección del bando republicano durante la guerra civil marcará un futuro de crímenes durante la guerra y de olvido en los años siguientes.


Llega a Salamanca espoleado por sus recuerdos, y pasea por la ciudad que se convierte en escenario y personaje, en catalizador de emociones y espejo del nuevo mundo en el que no tiene cabida. El texto se articula precisamente en torno a esa doble vertiente de presencia y ausencia. El personaje quiere volver a existir, entendiendo que su vida bonaerense no era verdadera existencia. Pero su ausencia es irremediable, nada puede suceder para que deje de pasear como un fantasma por la Salamanca que ya no es la suya.


Eligió un bando como podía haber elegido el otro, y luego se dedicó a cumplir con su labor exterminadora. Tras la guerra debe huir, pero el hilo umbilical que le une a su ciudad no se rompe nunca, y tira de él para atraerlo, y atraparlo. La nostalgia que ataca al personaje, cubre al lector, que se ve lanzado a una vorágine de encuentros y desencuentros, de historias que terminan mal y de personajes odiosos que se hacen importantes y héroes. Al final, parece decirnos Miguel Barrero, la catadura moral de cada persona, la impronta ética que deja una época, un suceso o una palabra depende más del resultado que de un supuesto derecho natural que definiría el concepto de lo que está bien o mal.


En el haber de esta obra está saber profundizar en la psicología de una época y, sobre todo, de un personaje, que quiere recuperar el tiempo perdido sin advertir que ese tiempo ya ha pasado, y que cualquier interés por despertar de la pesadilla es vano. Su sueño de volver a casa también está roto.


En la cuenta del debe encontramos un exceso reflexivo que lastra la acción (apenas hay cuatro o cinco sucesos en cien páginas, el resto es todo pensamientos y reflexiones). La novela, no es tal novela: la unidad temporal, el «efecto único» buscado desde la primera página, la ausencia de altibajos emocionales o hechos trascendentales que modifiquen el fondo de la trama, por lo menos hasta el final, convierten este texto en un cuento estirado mediante una incontinencia verbal que demuestra la maestría del autor en el uso de la palabra, y un déficit en el manejo de estructuras narrativas. Podría haberse contado lo mismo en treinta páginas.


La vuelta a casa es una obra de mérito, un salto del autor desde aquel Espejo con el que se dio a conocer, y que ahonda en la creación de un universo propio. Esto quizá sea lo más importante de todo. Miguel Barrero está edificando una obra literaria coherente, con interés de futuro, de visión global que trasciende los puntuales logros de cada novela o cuento. Sus personajes son propios de Miguel Barrero, los hechos que narra, y cómo los narra, son signo distintivo del autor, sello de una particular forma de ver la literatura y, al cabo, de eso es de lo que se trata: es un escritor con voz propia, o lo que es igual, ya ha cumplido su destino como escritor.

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