El autor es un ausente de su ciudad natal

 
El autor es un ausente  de su ciudad natal
El autor es un ausente de su ciudad natal  
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Desde la mítica Staromestské Namestí, el turista sólo emplea cinco minutos en llegar a la calle U Radnice, donde nació Kafka. Cinco minutos suficientes para abandonar toda esperanza de encontrar bien señalizada y a resguardo la casa natal, quede avisado. Sólo se conserva la entrada, clamando en silencio por una mano de limpieza, pero la fachada no conoce la brocha y la pintura, como atestiguan sus potentes desconchones, desde tiempo ha. El escultor a quien se encargó la placa de la esquina tampoco tuvo su mejor día, pues acertó a componer la cara escuálida y casi infantil de un Kafka que se sabe que es Kafka porque pone «Kafka» en la leyenda. Peor es la librería-exposición de la planta baja. Valga como librería, pero no vendría mal a sus empleados un somero cursillo orientativo para que aprendan a informar al curioso sobre en qué lugar de Praga están tomadas las fotos de Kafka que se exponen. Pregunté y sólo coseché vaguedades: «Me parece que es una plaza de la Ciudad Vieja?», «debe de ser una calle de por aquí?». Intrigado por saber si tan difícil era lo que preguntaba o tanta la ignorancia de la pareja librera, fui a tiro fijo: haciéndome el tonto, les pregunté por el nombre de un lugar en que Kafka aparece, en una foto famosa, a sabiendas de que era la Staromestské Namestí: «Me suena? quizás una calle cerca del Reloj?», me respondieron a dubitativo dúo, observando como por primera vez la foto. Kafka no vive en su casa natal.


Lo gordo es lo del palacio Goltz-Kinský, donde fue bachiller y donde su padre abrió tienda. Es, ni más ni menos, el lugar que eligieron los munícipes praguenses para instalar, al fondo de la planta baja, los urinarios públicos en que desahogan sus premuras los centenares de turistas que visitan la Staromestské. Ni en la Casa del Unicornio, ni en la cercana Casa del Minuto (o, quizá mejor, «al Minuto»), ni en las calles Celetná y Pariszká hay testimonio indicativo de que Kafka vivió allí o por allí estuvo de tertulia.


Junto a la entrada de la sinagoga española, se levanta la estatua con la que el escultor Jaroslav Róna ganó, hace cinco años, el concurso para un monumento a Kafka. Es sobre Kafka del mismo modo que puede ser sobre la apoteosis del mazapán toledano. Eso sí, resulta muy práctica para fotografiarse muy culto ante ella. Los libros de las sinagogas tampoco recuerdan a Kafka como uno de los suyos, quizá porque el escritor tardó lo suyo en acercarse al yidis y a la cultura judía. Se le menciona, pero lo justo.


Como Kafka escribió en alemán, me acerqué al Café Arco, en la calle Hybernska, lugar donde charló con los escritores que habían adoptado tal lengua. Sorpresa y anécdota. No es ya un café propiamente dicho, pues en sus mesas alargadas comían en discreto silencio quienes después supe que eran funcionarios del Ministerio checo del Interior, surtidos en el bufé contiguo. Parece ser que, molestos los nacionalistas checos por la naturaleza germana del lugar, lo convirtieron durante la época comunista en lo que es hoy, comedor de policías y gente muy de orden. Café, lo que se dice café, es el inolvidable Slavia, reformado para bien, o el magnífico de la Casa Municipal, con un pianista que no es clavado a Wagner, sino que es, sin duda, Wagner redivivo. No obstante, no se respira en ellos a Kafka tanto como en la «kavarna» del hotel Europa, en la plaza Wenceslao, donde Kafka dio lectura pública a «La condena». Los espejos que aún se conservan, parte del mobiliario y el altillo -que sólo pude entrever por las conminaciones tajantes, en puro checo pero indubitables, de una camarera- sí son de Kafka, sí los vio Kafka.


El castillo


Cruzado el puente Carlos, se va subiendo el barrio de Hradcany hasta llegar a la catedral de San Vito y al Callejón del Oro o de Los Alquimistas. Ahí sí que los encargados del turismo praguense se esforzaron, ahí sí que supieron explotar a Kafka. Porque el callejón sería nada -un conjunto de casitas diminutas, de una sola planta y desván- si su hermana Ottla no le hubiese cedido el número 22 a Kafka para que escribiese allí unos meses. Que sería nada lo saben, pues no se puede visitar de modo independiente, sólo gastándose unas cuantas coronas checas en un paquete más amplio. Con los libros de Kafka que allí se exponen a la venta y media docena de turistas, ya no se cabe en la casita azul. Un aplauso por haber sabido sacar divisas de tan insignificante lugar. Cerca, uno de los lugares que a Kafka más le gustaban, el Belvedere y su parque, con espléndidas vistas sobre el Moldava y la ciudad, que dicen las guías? sin mencionar a nuestro autor.


Al bajar, viene lo gordo: hay un Museo Kafka, en Cihelná, número 2, en una placita. Bien está. Dos gigantescas kas en ángulo agracian la entrada. En su interior, los decoradores (o como se llamen hoy los artistas encargados de llenar con cosas un lugar) acogieron todo lo que acude al imaginario colectivo cuando se menciona la palabra Kafka: espejos, laberintos, oscuridad (hay zonas propicias para romperse la crisma), cartelones, falsos palimpsestos y una musiquilla ambiente tan chirriante y sorpresiva que haría las delicias de un aprendiz de torturador. Porque, ya que nadie lee a Kafka más allá de «La metamorfosis», «kafkiano» se identifica con embarullado, siniestro, complicado, confuso, inexplicable? cuando una lectura en condiciones de Kafka lo revela como uno de los más ordenados, rectos, sencillos, claros y diáfanos autores que en el mundo han escrito sobre la condición humana, ella sí embarullada, siniestra, etcétera.


Pero no es lo gordo que Kafka se vaya a quedar para siempre como un escritor rarillo gracias al poco gusto por leer y gracias a ese museo pretendidamente kafkiano. Lo gordo es que el militante kafkiano que ya dije ser se llenó de gozo al oír los gritos jocosos y el aire de fiesta de los grupos de jóvenes que, por las calles aledañas, se acercaban al museo. Pero el gozo, al pozo. No iban a ver ni mucho menos el Museo Kafka: iban, en sucesivas oleadas cada vez más jacarandosas, a ver las dos figuras masculinas de bronce, de más de dos metros, que al escultor David Cerny le dejaron poner allí quién sabe quiénes muy postmodernos mandamases. Dos figuras verduscas y móviles cuya gracia reside en que están orinando sobre el estanque en que hunden sus pies. Allí, jóvenes y mayores, se retratan apurando todas las posibilidades que da el chorro de falso pis, y no digo más?


Praga es una ciudad hermosísima de la que Kafka se empapó: su luz, sus bruscos cambios de tiempo, las agujas angustiosas de sus iglesias, el potente Moldava, los abundantes y muy sugestivos pasadizos, el adoquinado de las calles. Pero Praga no consigue empaparse, con respeto y buen hacer, del más grande de los escritores de Europa central. O lo remedia pronto o toda la marea de turismo teledirigido que la invade sólo se quedará con que en esa ciudad nació un novelista friki que tiene un museo detrás de las esculturas meonas, esas que molan.

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