Poesía

Lectura compulsiva, naranjas y otros experimentos

 
Lectura compulsiva, naranjas y otros experimentos
Lectura compulsiva, naranjas y otros experimentos  

RUBÉN RODRÍGUEZ No me canso de decirlo a los cuatro vientos, pero la literatura hecha en Asturias puede estar tranquila, la nueva generación de escritores ha llegado para quedarse: Ignacio del Valle, Diego Medrano, Ricardo Menéndez Salmón, Inés Toledo, Antonio Valle, Ana Vega, Ana Vanesa Gutiérrez, Pablo Texón y un largo etcétera de autores nacidos en la década de los setenta y ochenta comienzan a destacar con mayor o menor notoriedad dentro del panorama literario regional y nacional. Entre ellos se debe sumar a esta lista incompleta de nombres Julio Rodríguez (Oviedo, 1971) ganador en el año 2005 del premio Vargas Llosa de novela por El mayor poeta del mundo y que en el año 2007 volvía a ganar otro galardón, el premio de poesía Emilio Alarcos con su poemario: Naranjas cada vez que te levantas publicado por la editorial Visor.


Poemario de título un tanto críptico a priori y que el propio autor no tiene empacho en darnos sus coordenadas literarias, sus influencias cuando nos cuenta en su poema «La pócima poesía»: «Juntar sobre el papel unas rajas de Rojas, / unas briznas de Brines, dos hojitas de D'Ors, /jirones de Girondo, cortezas de Cortázar,/ cornadas de Cernuda, pellejos de Vallejo. / Mezclarlo todo bien. Agitarlo y, después, / hacerse a un lado.»


La primera afirmación que se debe dar de este poemario es su carácter amoroso, éste será su elemento vertebrador que convive en sus tres capítulos. Poemario donde el ser amado se va haciendo presente como de forma obsesiva, unas veces carnal, otras imaginario, dulce cuerpo el suyo como el sabor de una naranja. Un canto al amor pleno y dulce.


El poeta para ello gusta del verso corto por medio de flashes en ocasiones, otras veces gusta del verso más largo y explicativo, la conjunción entre uno y otro nos arrastra hasta el concepto de poemario total. Julio Rodríguez sabedor de que la vida no son sólo alegrías busca el contraste poderoso entre el amor y la muerte (poemas como: El invierno en Pescara, percepción última del padre, Disolución y últimas voluntades) son prueba clara de este juego arriesgado de contrastes anímicos y emocionales un tanto anticlimático. Lunares aparte, nos encontramos ante un libro sólido, cargado de sentimiento, donde pesan de manera significativa los poemas notables y de alto vuelo. Julio Rodríguez elige el estilo sobrio y sencillo del lenguaje donde el gusto por la metáfora es uno de sus puntos fuertes, confidentes son sus palabras, y su secreto: El amor y la plenitud que éste proyecta sobre todas las cosas.


Así, el primer capítulo nos muestra un amor carnal, gozoso y que se perpetúa en el tiempo de forma eterna, aquí todas las partes del cuerpo de la amada lo conforman y aparecen de forma insistente (cabello, boca, ojos, labios, piel?) («Tu piel es sol naranja, tierra húmeda, / pulpa asombrosa de la maravilla./ Tu piel es la membrana diminuta/que recubre las células, la sábana/ blanquísima que cuelga del alambre/la cáscara que envuelve el universo.»). En cuanto al segundo capítulo («Tiza y relámpago»), el poeta descansa de la intensidad amatoria y se refugia por momentos en la reflexión metaliteraria bajo tonos irónicos (La pócima de la poesía, Tanta poesía al grill me desespera, Pobre diablo escribe, etc.) Pero el poeta no pierde de vista a la amada y la transmutación de lo físico a lo mental comienza a fraguarse en esta segunda parte: «Reconozco esos ojos/ -esa luna en los ojos-/ ese ardor clorofila en la mirada,/ esa arena que abrasa/ los pies descalzos/ esa luz acrobática que todo/ lo recubre de fiebre./ Reconozco esa luz./ Reconozco este incendio»). Bajo el tercer capítulo del poemario («Círculo perfecto») la poesía amorosa y carnal de Julio Rodríguez se vuelve y se convierte por arte de magia en misticismo amatorio: La luz de la amada que lo ilumina todo («Además te pareces con tu luz y tu vértigo, y estás sola y dormida, horizontal, desierta?»). Es este paso y su contraste donde encontramos sus grandes aciertos temáticos.


El principio y el fin de este poemario se dan la mano de manera magistral (Los peces boquiabiertos/ Peces que tiemblan dentro de una cesta), los peces: nosotros mismos, los humanos que cantamos al amor, a la sorpresa del día a día que es la vida conclusión sencilla pero poderosa contra el zarpazo de la muerte. «Como el sedal de donde cuelga el pez,/ así el hilo invisible/ del tiempo que hunde su anzuelo/ en nuestros labios, clava/ sus horas en la mitad de la carne./ Y así vamos pasando/ los días, atrapados,/ en el cebo inquietante del amor/ atravesándonos la boca»). Julio Rodríguez ha conseguido en su primer libro la magia de lo imposible: crear un mundo propio en crecimiento, círculo que gira en constante luz amatoria. Dulce son sus versos como grato es escuchar, revivir su poder y el sabor de sus naranjas.

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