Corazón de tinta, alma de celuloide

La compleja relación entre cine y literatura marcó el debate

 
Participantes y organizadores de los encuentros, con la casona de Verines al fondo.
Participantes y organizadores de los encuentros, con la casona de Verines al fondo. nacho orejas

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Miércoles, noche. La playa de La Franca en Ribadedeva está bañada por las tinieblas tras los ventanales del restaurante donde escritores y cineastas de muy distinto proceder cenan para darse a conocer o reconocerse. Vicente Molina Foix, novelista, crítico y director de cine, llega con un ligero retraso que lo sitúa en la presidencia de la mesa. Sabe tanto de todo que su conversación puede ir de un arte a otro con la velocidad de un rayo sin armar revuelo. Con naturalidad, habla de su experiencia con Kubrick: suyos eran los subtítulos para las versiones españolas del maestro. «Ah, ¿no te gusta El resplandor? Pues es una de mis favoritas. Ya, ya, el famoso doblaje de Verónica Forqué... Pues Shelley Duvall tiene la misma voz...». Y habla con una pasión contagiosa de su experiencia kubrickiana, sus visitas al reino del director. Y opina sobre Vicky Cristina Barcelona, que no le gusta aunque con matices: «Hay que ver la versión original para encontrar gracia a las escenas de Bardem con Penélope Cruz». Fernando Marías, un asiduo visitante a la «Semana negra» gijonesa, se muestra devoto de Paco Ignacio Taibo II mientras el grupo comienza a disolverse rumbo a las habitaciones del hotel Mirador de La Franca, aunque no todos tienen ganas de lecho y algunos invitados se van de tertulia al salón de fumadores.


Jueves por la mañana. Un autocar traslada a los invitados (salvo a un grupo separatista con coche propio, que aprovecharán para hacer excursiones saltándose los debates) a la casona de Verines. Un círculo cuadrado de tapetes verdes espera a los participantes. Hay una excepción en el orden de intervención: José Luis Cuerda tiene que irse a Madrid. No da las razones, pero los mal pensados están convencidos de que le ha llegado el soplo de que Los girasoles ciegos será elegida al día siguiente para llamar a la puerta de «Oscar». Cuerda habla de su relación con Azcona (su último guión fue, precisamente, con él) y asegura que ha «abandonado la vendimia» para venir. Y es que, además de dedicarse al cine, también se ocupa de hacer vino. Una caja de botellas que ha traído para la famosa fabada de los viernes da buena fe de ello. Cuerda explica la compleja adaptación de la novela de Alberto Méndez, en la que se suprimieron dos relatos y se añadieron cosas originales, antes de aplicarse a un ejercicio de modestia reconociendo errores de filmación en algunas de sus películas, especialmente El bosque animado. También diserta sobre el tipo de dirección «invisible» que le gusta, sin alardes, sin el sello del director en cada plano, aunque luego se declare admirador de Welles o Max Ophuls.


Jaime Chávarri, director de largo recorrido, confiesa ser un lector compulsivo y que «hasta los 17 años no concebía un libro sin una imagen previa». Cine y literatura, encuentro y desencuentro: sabe de lo que habla porque en su carrera tiene varias adaptaciones de novelas. Las repasa todas con una excepción: «El año del diluvio». No quedó muy contento con el productor ni con su propia manera de contar la historia, al estilo de Rosellini. El escritor gallego Alfredo Conde tiene una experiencia agridulce en sus relaciones con el cine. José Luis García Sánchez, aún reciente su experiencia con Valle Inclán en una producción del asturiano Juan Gona, marca las diferencias con humor a la hora de adaptar: «Hay que distinguir si el autor está vivo o muerto. Si está vivo te puede pegar». Por cierto: fue el director de Tranvía a la Malvarrosa y el autor de la novela original. Manuel Vicent se sienta a su lado: «A este señor no le gustó la película porque tenía un actor guapo, pero soso (Liberto Rabal), pero se lo calla y lo asume. En lugar de pegarme hace una obra nueva. Con los herederos no hay problema, se arregla con dinero».


t «El cine es una chufla»


Vicent sentencia: «Visto lo que ha ocurrido en Finlandia (el joven que causó una matanza a tiros y que se había grabado y expuesto en internet), el cine me parece una chufla. La realidad filmada en directo ha convertido el cine en un juguete de feria. La literatura se ha apoderado de la imagen después de que el cine devorara la literatura. Se ha rodado todo. Y ahora la mitología del cine alimenta la literatura, después de que ésta fuera su criada. No hay película que supere un telediario. Pero la imaginación escrita se adueña del reino de la imagen». La poeta Flavia Company tercia: «La imagen del chaval finlandés es verdad. Una película debe ser verosímil».


La mañana avanza bajo la firme y flexible batuta de Luis García Jambrina, el paciente y sabio coordinador del encuentro (con novela muy apetitosa a punto de ver la luz) y llega la hora del almuerzo. Chávarri y Conde comparten mesa y experiencias muy diversas: el primero se explaya sobre su exitosa Calamaro y el segundo sobre su conflictiva relación con Fidel Castro, que pasó de la amistad a la ruptura. Una breve siesta repara una mínima parte del gasto nocturno de los trasnochadores. Suso del Toro se despista con internet y llega tarde al autobús que espera para la segunda tanda de debates. A su lado, la presidenta de la Academia de Cine y directora, Ángeles González-Sinde. ¿No te llaman Angelines en casa?, le pregunta el escritor. «No, no, es que así se llamaba mi madre», explica ella. González Sinde, que mañana dará a conocer que Cuerda irá al «Oscar», tiene el «trolley» esperando para irse volando. Dirigir, dice, es como componer una orquesta y escribirlo es como hacer una partitura. Y recuerda lo que decía Ingmar Bergman: el cine no tiene nada que ver con la literatura, deberíamos evitar hacer películas basadas en libros. Más citas, esta vez a costa de David Mamet: el cine tiene más que ver con la tradición oral.


Llega Manuel Gutiérrez Aragón, director clásico donde los haya y, aún así, dispuesto a correr riesgos siempre que pueda. Pragmático a la hora de explicar cómo se hace una adaptación: se trata de decidir qué pongo y qué dejo. La tarde se despliega entre ponencias y discusiones, sin que la tinta llegue nunca al lío. Gutiérrez Aragón, responsable de convertir El Quijote en magníficas imágenes, subraya «lo bien que dialogaba Cervantes». Y deja una frase redonda: «El cine es la literatura por otros medios».


Una buena manera de acabar la jornada. Viaje a Llanes para cenar. La poetisa Beatriz Russo, experta liante de cigarrillos con sabor a mango, se saca fotos con todos los asistentes mientras el cine y la literatura siguen campando a sus anchas. El cineasta francotirador Carlos Benpar tiene una filmoteca por cerebro y tan pronto habla de Sam Fuller como de William Wellman. Su pasión es contagiosa. De regreso al hotel, el hispanista francés Philippe Merlo se pone a cantar boleros. Será de los primeros en madrugar mañana para darse un baño de olas ante la atenta cámara de Russo.


Viernes. Molina Foix tiene los minutos contados porque lo espera un avión en Santander. Así que aprovecha bien el tiempo: «El cine es una fuente de inspiración artística tan noble como cualquiera. Cuando mi generación se tomó en serio a Ford y Hawks, parecía una aberración. Carlos Barral se enfurecía y Benet humillaba al cine. Fui con él a ver Gertrud, de Dreyer, y se pasó toda la película haciendo gamberradas en el cine Rosales con un pañuelo de la risa». Y relata con gracia sus primeros pinitos como cineasta cuando lo «engañaron» para ser ayudante de dirección de Jesús Franco... cuando él sólo iba de meritorio. Se rodaron tres películas a la vez sin conocimiento de los productores, «cada plano que se rodaba pertenecía a una película distinta. Mi pesadilla se hizo realidad una vez: soñaba que se me pasaba cambiar la matrícula al Seat 600 que usábamos tanto para el filme ambientado en Acapulco a como para el que transcurría en Shangai. Cuando se lo dije a Franco, respondió: nada, nada, ¡al siguiente!».


Antón Reixa, ex músico rompedor y actual productor todopoderoso, acusa: «Nos falta un punto de sinceridad. A todos los novelistas les agrada que nos lleven al cine y los cineastas estamos siempre buscando novelas. Los escritores actuales, sin el cine, no escribirían igual». Beatriz Russo hace un hermoso recorrido poético por la obra de Azcona («el visitante en mi casa... y, ahora, yo en la suya»). Gutiérrez Aragón, que había anunciado su retirada del cine, confiesa que lo dijo «para saber quién se alegraba y quién no». Flavia Company y Vicent chocan: «El cine no puede capturar los tiempos verbales», dice ella. «Para eso está la elipsis», dice él. Chávarri asiente: «La elipsis da el alma al cine»...


Hagamos una elipsis, pasamos por encima de la fabada regada con vino de Cuerda y por el catarro de Suso del Toro y algunas desavenencias grupales y los paseos por la playa y las quejas por los que fuman sin pedir permiso y los chismorreos sobre productores y... llegamos a la última tarde, Archivo de Indianos, se acerca el final con la llegada de David Trueba, el más joven de los cineastas y, tal vez, de los escritores. Su retrato de Azcona es sentido y lúcido: hace de puente en una zona oscura, tras la guerra la tradición de nuestro cine quedó cortada, se cercenó la tradición natural de mirar a la realidad pasar al cartón piedra.


Chávarri lo corrobora y añade: «Fue un puente angélico entre cine y literatura». Vicent apunta: «La obra maestra de Azcona fue su muerte. Su médico me dijo: sólo le sobraron diez días». García Sánchez remata: «Lo último que dijo a su mujer fue: ya está». Ya está: la última noche. La última tertulia: Chávarri relata sus aventuras en África mientras la noche cae lentamente sobre La Franca y la luna se proyecta en las olas.

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