SAÚL FERNÁNDEZ
Juan Marsé (Barcelona, 1933), enfundado en el chaqué de saludar monarcas, tiene poco que ver con ese personaje que una vez dibujó en Señoras y señores (Tusquets, 1988) su colección de etopeyas prodigiosas que eran retratos de prensa y pinceladas de sí mismo. Entonces escribió: «Siempre pertrechado para irse al infierno en cualquier momento. El rostro magullado y recalentado acusa las rápidas y sucesivas estupefacciones sufridas a lo largo del día, y algo en él se está desplomando con estrépito de himnos idiotas y banderas depravadas». Luego, un poco más adelante, añadió: «No ha tenido el gusto de haberse conocido, habría preferido pasar de largo de sí mismo, pero acepta resignado el saludo hipócrita del espejo». Y es que, por fin, Juan Marsé tiene el premio «Cervantes». Y lo recoge hoy mismo. El chico de barrio con infancia robada a Oliver Twist accederá al Paraninfo de la Universidad de Alcalá -«como un pingüino», ha dicho- y, serio y circunspecto, dirá por qué es feliz inventando el mundo. Los profesores doctos colocan a Juan Marsé después de Ignacio Aldecoa y un poco antes de los iberoamericanos que hicieron «boom». Hace pareja con Luis Martín Santos, el de Tiempo de silencio, aquel que alejó de la prosa castiza el olor a cebolla y el calor de la estepa castellana, aquel que habló de chabolas, de vidas oscuras y de ambiciones imposibles.