Los fantasmas de la Kon-Tiki

 
Ángel González en la foto de infancia que ilustra la portada del libro de Luis García Montero.
Ángel González en la foto de infancia que ilustra la portada del libro de Luis García Montero. 

JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN A pesar de los libros y los reconocimientos, Ángel González se consideraba durante los últimos años de su vida un escritor frustrado. Había una obra que debía escribir, que intentó escribir una y otra vez, que anticipó en diversas entrevistas, pero que nunca fue capaz de escribir. Luis García Montero lo ha hecho por él, pero no sin él.


«Parece que estoy solo, pero llevo conmigo un mundo de fantasmas»: la cita que Gastón Vaquero colocó al frente de Memorial de un testigo podía haber encabezado Mañana no será lo que Dios quiera. Ningún hombre está solo cuando se queda solo. Su infancia, su novela familiar, todo lo querido y perdido le acompaña para siempre.


Ángel González tenía mucho que contar, pero no fue capaz de encontrar el tono adecuado para contarlo. Los poemas conservan la emoción de las cosas, pero el anecdotario de lo vivido no cabe en ellos.


En Luis García Montero encontró el amanuense adecuado para la historia de fantasmas, de muertos vivos, que llevaba dentro. Aquí están el padre y el abuelo, que lo abandonaron pronto para no abandonarlo nunca, los hermanos mayores, de tan desigual carácter y destino, la madre, la hermana maestra, la tía Clotilde, que asoma admonitoria en algún poema, y también el período más turbulento de la historia de España vivido desde un rincón de Oviedo. Los acompañan los primeros amigos, los vecinos de entonces, el moro Mohamed y aquel sargento de la Legión que le enseñó a tocar la guitarra. Hay costumbrismo y humor, minuciosa intrahistoria, en este libro tantas veces trágico, pero que no condesciende con la autocompasión ni con el patetismo.


Mañana no será lo que Dios quiera se comenzó a escribir en vida de Ángel González, es el resultado de innumerables confidencias y de un atento estudio de sus papeles familiares («La carpeta azul», que da título a uno de los capítulos), pero no es un libro de Ángel González ni un libro al que él haya podido dar el visto bueno final: se terminó de escribir exactamente un año después de su muerte, según se cuenta en el sorpresivo epílogo.


¿Se habría atrevido Ángel González a hacer alguna sugerencia a García Montero? Quizá no: era una de las personas a las que más quería, a las que más admiraba; se fiaba por completo de su inteligencia y de sus habilidades para la vida práctica. Pero seguramente más de una vez le vendrían a la cabeza las palabras de Maese Pedro: «Llaneza, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala».


Si Ángel González hubiera tenido en sus manos el original de este libro, es posible que hubiera puesto una interrogación junto a determinados párrafos, al comienzo de la mayor parte de los capítulos, en todos aquellos lugares en que García Montero se olvida de su condición de testaferro y quiere hacer literatura. Baste como ejemplo el largo párrafo con que comienza el capítulo 15, que casi puede ser considerado como un poema en prosa, pero que resta, no suma, al conjunto del libro: «La guerra es un saco sin fondo, un saco en el que cabe todo, ruidos, manchas de aceite, olor a pólvora, cristales que tiemblan, cristales que se rajan, cristales que se rompen, miedos, formas de llamar a la puerta, llamadas fuertes, llamadas débiles, llamadas sin respuesta?», y así, a lo Javier Marías (en el peor sentido de la palabra), durante una veintena de líneas. En algunas ocasiones ese preciosismo estilístico, ese rasgo de autor, no sólo es superfluo, sino también falso. «Los gatos miran con los mismos ojos que un delator», afirma contundentemente el comienzo del capítulo 13. Y a continuación unas líneas que aspiran a tener calidad de página, y sin duda la tienen: «Concentran la existencia de los otros en sus pupilas como si les fuese en ello la propia vida, y no pierden detalle, ni dejan que los nervios perturben la atención. Saben lo que va a ocurrir un segundo antes de que se abra la puerta o se encienda la luz. Escuchan los pasos o los ruidos que no llegan a cruzar por el pasillo de la casa?», etcétera, etcétera, durante muchas líneas antes de volver al poeta niño y a su gato «Topín». No parece demasiado afortunada la comparación del delator con los gatos que todo lo ven y todo lo callan.


Pero lo que Mañana no será lo que Dios quiera hubiera ganado escrito por un periodista y no por un poeta lo habría perdido en otros aspectos. Luis García Montero ha querido conseguir una obra literaria autónoma, que interese a toda clase de lectores, no sólo a los que se interesan por Ángel González, y en buena medida lo consigue.


No se trata sólo de una crónica, de un libro de historia. Es posible que una investigación más minuciosa corrija algunos detalles. «La vida no es como se ha vivido, sino como se recuerda», podríamos decir parafraseando a García Márquez, y lo que aquí se refleja es la novela de la infancia de Ángel González tal como él la recordaba.


Luis García Montero ha sido fiel a esa memoria que el poeta llevó siempre consigo y que no quería que muriera con él. No pudo resistir la tentación de añadirle un poco, o un mucho, de literatura propia, pero lo más probable es que, de haber podido leer el manuscrito, Ángel González hubiera acabado borrando las interrogaciones a lápiz puestas al lado de algunos párrafos demasiado bonitos. Él, sin duda, lo habría querido más sobrio, como probablemente no hubiera publicado alguno de los poemas (o similar) que se incluyen en Nada grave. Pero acepta de buen humor lo que los otros decidan. «Qué remedio», añade con una sonrisa de conejo antes de apurar la última copa, que siempre será la penúltima, en la Kon-Tiki, la cafetería bajo su piso de Madrid que era como el salón de su casa.


A la lista de muertos vivos que llevó de un lado a otro durante su ajetreada vida, ahora se añade uno más: él mismo. «Lo malo que tienen los muertos / es que no hay forma de matarlos», escribió. Y lo bueno, que siguen viviendo para siempre, como sigue viviendo Ángel González en este libro fraternal y filial, conmovedoramente imperfecto, ejemplar.

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