Cuando muera Hawking, quedarán los parias

La aportación al conocimiento del más popular de los científicos

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Cuando muera Hawking, quedarán los parias
Cuando muera Hawking, quedarán los parias  

FÉLIX F. MÉNDEZ
¿Y si ahora me da por preguntar, a bulto, a usted mismo, el nombre de dos científicos vivos? De futbolistas o escritores, sí, y está bien; de actores o rockeros, por supuesto, y lo celebro; de modistos o cocineros, faltaría más, y qué chic. Digo dos porque el primero, todos a una, sería un clamor: Stephen Hawking, quien hace unos días completó el enésimo desplante a su enfermedad destructora, la ELA (esclerosis lateral amiotrófica), un monstruo que concede a sus víctimas el 5% de probabilidades de sobrevivir un lustro y al que Hawking lleva 40 años fintando día a día, hora a hora. Enterado de la penúltima embestida de la ELA, esta vez contra los pulmones del físico de Cambridge (nacido en Oxford), de su urgente hospitalización, de su nueva pirueta para vivir, de momento, un día más, resolví ser un grillo en diciembre dedicándole ahora unos párrafos, y no en junio, cuando el prado sea una cacofonía de élitros copiándose una nota única cuando nos falte.

El mirlo blanco

Cualquiera elaboraría una lista de periodistas, de toreros, de tenistas, de novios de Ana Obregón... Da igual si nuestra casa se satura de tecnología, si los avances biomédicos amplían nuestra esperanza y calidad de vida, si nuestra especie descubre las rarezas de la materia ínfima o del cosmos infinito. Da igual, porque los científicos siguen siendo considerados una suerte de secta oscura. Doy en compararlos, exagerando más de lo que quiero y menos de lo que parece, con parias o intocables: exijo su esfuerzo, cuento con sus resultados, pero nada quiero saber de ellos, ni de su genio, ni de su cómo y por qué. Y éste es un rechazo injustificable toda vez que los científicos acostumbran a ser tipos ingeniosos y entretenidos, armados de un discurso brillante, dinámico, dotados de una vocación divulgadora y educativa como pocas veces se ve en otros gremios. Emiten por lo general en amplitud modulada, modulada en función de las posibilidades del oyente, sea su audiencia un grupo de escolares sea un comité de pares.

Pero de cuando en vez surge un mirlo blanco que rasga en continuo espacio-tiempo y penetra en la cuarta dimensión: la calle misma, y se hace amante del cuarto poder: la prensa, y comienza a ganar cuartos, corriendo el riesgo de empezar a ser mal mirado por sus colegas, paria otra vez, ya que la respetabilidad ni se crea ni se destruye, solamente se transforma.

Para «pasar pantalla» y alcanzar la de «memoria colectiva», los científicos suelen necesitar un salvoconducto, una contraseña comúnmente concedida no por un mago, o maestre, o guardián de mundos, sino por algún locutor televisivo inclinado al ditirambo o por cualquier columnista vago con sus zapatones fuera del tiesto: Albert Einstein, el genio que refutó a Newton (y no hizo tal); Stephen Jay Gould, el inconformista que contradijo a Darwin (ni soñó con algo así); Stephen Hawking, el relevo de Einstein (de veras que le hubiera gustado).

Hawking tiene todo mi respeto, es un científico muy bueno, pero no genial. Cuenta con todo mi afecto, por su fabuloso ímpetu divulgador, que no innovador. Merece toda mi atención, por su enorme carisma, en parte impuesto por su enfermedad. Y hasta llega con asiduidad a mi cartera, cortejando antes mi mente con una redacción tan divertida y talentosa que apenas me importó nunca que el primer plato, el segundo y el postre fueran una misma materia prima con diferente salsa.
Isaac Newton, en un inusual rapto de modestia, dijera que había podido ver tan lejos tras subirse «a hombros de gigantes», reconociendo la labor de sus predecesores. Einstein se subió a hombros de Newton y vio maravillas. Hawking se subió a hombros de Einstein y desde allí vio con detalle… su cogote. Quizás esto último haya sido cruel, ruego al jurado no lo tenga en consideración y lo borre de su memoria. Dedicaré lo que queda de tinta en mi bolígrafo a redimirme recordando la más excitante aportación de Stephen Hawking a la física.
El agujero negro
Albert Einstein tuvo dos hijos: la Relatividad y la Mecánica Cuántica. Al primero lo quiso, al segundo no. Al primero lo tuteló toda su vida, el segundo se fue de casa en plena adolescencia. La Relatividad es una teoría del espacio-tiempo, de la gravitación, que permite entender el universo en una escala máxima, su devenir y los movimientos que en él se producen. La Cuántica es una teoría de partículas que razona en las escalas últimas de la realidad, en lo subatómico, donde la materia y la energía, las masas y las ondas, lo real y lo virtual, se hibridan y confunden.
Pero en ese mapa de dos provincias, formales, ciertas, incuestionables, nadie ha podido explorar la frontera. Locuaces, bullen los quarks expresándose en su idioma cuántico, y se les entiende todo. Majestuosas, canturrean las galaxias su partitura relativista, y leemos más que bien su solfeo. Pero no hay traductor que convierta lo uno en lo otro. La esperanza, venida a menos a medida que envejecía el siglo XX, era encontrar una superlengua primigenia, la del Big Bang, de la que derivarían las demás. Por no seguir fatigando esta metáfora, digamos ya que ésta no es tarea de filólogos o musicólogos, sino de matemáticos. El objetivo es levantar una formulación matemática que acoja a la ansiada Teoría de Gran Unificación con la que explicar al fin la realidad toda ella, y no como un mosaico de fragmentos autoconsistentes pero incompatibles.
Stephen Hawking peleó en esta trinchera. No conquistó muchas tierras, pero tampoco rindió la plaza, y hubo tardes en que las balas rozaron la oreja del enemigo. En 1974, junto al matemático Roger Penrose, Hawking expuso su teoría sobre los agujeros negros, monstruosos pozos de materia que crean tal gravedad (en términos newtonianos), o tal curvatura del espacio-tiempo (en notación einsteniana) que el movimiento de escape de las partículas y de las mismas ondas (luz) queda impedido. Un agujero negro, comúnmente el cadáver de una estrella grande, es un objeto que no emite nada, que no irradia ni masa, ni energía, ni calor ni luz…
Pero Hawking demostró que en el límite del agujero negro, en el «horizonte de sucesos», la masiva energía potencial gravitatoria (música relativista) puede crear de la nada pares de partículas real-virtual (idioma cuántico). Eventualmente una de las gemelas podría caer al agujero negro mientras que la otra escaparía fuera de él. A todos los efectos el agujero negro acaba de emitir «algo», es la llamada «radiación de Hawking», el primer vínculo convincente entre la Relatividad y la Cuántica, y que da pie a especular sobre el destino final de los agujeros negros y posiblemente del universo mismo: su evaporación consumidos por eones emitiendo radiación de Hawking.
Brutal como ninguno, dice el refrán: «El muerto al hoyo y el vivo al bollo». Búsquenme la madre de todos los hoyos para que, llegado el día, no desmerezca a este muerto. Lo han adivinado: un agujero negro, presumo que si él estuviera al tanto del refranero español celebraría la ocurrencia. Y un bollo para los vivos que... ¿y si me da por preguntar el nombre de dos científicos vivos?
Las apuestas de Hawking
Con frecuencia la admiración por el prójimo es un acto de fe, y así básicamente hipócrita. Admiro a Juan Benet, ya que un amigo me jura por su bigote que fue un condenado virtuoso. Puedo imaginar que él admira a tipos como Hawking porque enteradillos como yo le aseguran que aquel galimatías de trazos matemáticos y las cuasilocas conclusiones físicas que de ellos se derivan son cosa sublime. Para mí el talento de Benet, para él la magia de Hawking son icebergs con un 95% de volumen sumergido, si acaso que vaya un buzo y me cuente el resto. Del otro 5% forma parte inestimable el sentido del humor, que por lo común viene instalado de serie con la inteligencia. Hawking es célebre por sus apuestas con otros científicos sobre temas tan complejos y profundos que cobrar o pagar se antoja cuestión de décadas, lo que no deja de ser chocante teniendo en cuenta su situación física límite.
En los años setenta, Hawking, veinteañero, fue diagnosticado de ELA. Los médicos le hicieron saber sus escasas posibilidades de ver la década de los ochenta, pero Hawking les apostó que mucho más allá de eso, vería el siglo XXI. Hasta hoy, su única apuesta ganada.
A mediados de los setenta, en medio de una excitante carrera por detectar el primer agujero negro, el objeto Cygnus X1 era el candidato mejor colocado dada la increíble potencia de su emisión en Rayos-X. El físico Kip Thorne creía que sí, Hawking que no, y le apostó una suscripción anual a Penthouse. Veinte años después se demostró que Hawking había perdido.
Poco después, Hawking, esta vez aliado con Thorne, apostó contra John Preskill, científico de Caltech. Hawking sostenía que los agujeros negros destruían información, que la memoria de cuanto caía en ellos era aniquilada, que nada se podría saber de lo que ocurría dentro del agujero. Y fue el mismo _Hawking, pasados treinta años, quien descubrió, revisando sus propias teorías, que había perdido, que la misma radiación de Hawking devuelve información al universo sobre eventos pasados. Otra vez había perdido y hubo de comprar a Preskill una enciclopedia completa sobre cricket.
La última apuesta es mucho más reciente, data de 2008, y no va dirigida a un adversario concreto. Hawking apostó públicamente 100 dólares contra 6.000 a que el HLC, el supercolisionador construido en Ginebra para detectar la única partícula de las predichas por la teoría que aún no ha sido vista, no encontraría el famosísimo bosón de Higgs. Con un tanteador de apuestas de 2 a 1 en contra, de momento va ganando ésta, pero el HLC no ha llegado al límite de sus capacidades. Veremos.

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