FRANCISCO GARCÍA PÉREZ
Veintiún relatos ya conocidos (como los célebres y celebrados «En el jardín de los mártires norteamericanos» o «Cazadores en la nieve») y una decena de inéditos en libro (entre los que se cuenta una obra maestra del cuento corto, «Ruiseñor») componen Aquí empieza nuestra historia, lo último del escritor sureño estadounidense Tobias Wolff (1945), uno de los abanderados, muy a su pesar, de lo que algunos llaman «realismo sucio» y otros, más sencillamente, «minimalismo».
Como tantas veces ocurre ante las generalizaciones de los críticos, Bukowski, Richard Ford, Raymond Carver o el propio Wolff salieron huyendo de la etiqueta que los vendía como «sucios», como narradores de lo vulgar, lo mínimo, lo superficial, lo cotidiano, lo antiheroico. Sin embargo, la etiqueta corrió más que ellos y hoy son, para el público, clásicos de esa generación que acaso sea la última en el sentido de que no tenga ya otra detrás de sí, tal y como corren los tiempos para la literatura. Última, pues, porque sea la moda final, no porque constituya una novedad, que sus características vienen de los 80 del pasado siglo. Hablo de modas de fuste, no de modelos de temporada, como esa pandemia de libros medio históricos, medio fantásticos, llenos de monjes y manuscritos, todos iguales, que ahoga las estanterías de los libreros.
Digo que será la última porque no se ve nada detrás y ya algunos realistas sucios están muertos o pasan cumplidos los sesenta. Tal parece que esa manera de contar, eligiendo motivos banales, microscópicas historias de individuos anodinos, exprimiéndolas en todo su fulgor prosaico, haya quemado el terreno literario sin alumbrar herederos. Su gracia reluce sobre todo en el relato corto casi por necesidad. Es una gracia que radica en una foto fija intrascendente que se ve animada por una historia también vulgar pero que da luz a otras zonas inesperadas, generalmente por medio de una bifurcación en la trama. Tal procedimiento aburre al lector cuando de un tocho de cuatrocientas páginas se trata, cuando se nos presenta como novelón sobre movimientos nimios de personajes insustanciales. Cansa leer una historia que solapa a otra y ésta a la siguiente y así sucesivamente, toda en apartados pueblos de los Estados Unidos o barrios sin lustre. Por el contrario, ese llevar al lector por caminos que no espera -aunque siempre dentro de terreno conocido, realista- funciona a modo de relámpago efectivo en el cuento. De ahí Carver, de ahí Tobias Wolff.
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