FRANCISCO GARCÍA PÉREZ
Un gato negro se dispone a cruzar la avenida que une Üsküdar y Harem, bordeando el encuentro entre El Bósforo y el mar de Mármara, en la parte asiática de Estambul. Observa la escollera hacia la que se dirige en busca de pescado. No se deja impresionar por el sol hipnótico que desciende sobre el lado sur europeo, es decir, sobre la antigua Constantinopla, y que muda en un instante del color plata cegador a un calmo dorado. Y debe de ser que Estambul, la gran memoriosa, impone su patrón genético hasta a los gatos negros del atardecer, pues el animal, antes de atravesar la autovía, mira a derecha, mira a izquierda y solo cuando no ve coches que circulen a la turca, a su libre albedrío, emprende la marcha.
Cómo no va a guardar memoria Estambul si lo fue todo. Se llamó Bizancio cuando era ciudad griega, capital de la Tracia; Constantinopla cuando se elevó a segunda capital del Imperio romano; Estambul desde los felices 20 del siglo pasado. Doce millones de habitantes, cien kilómetros de cabo a rabo, más de dos mil mezquitas y un centenar largo de iglesias. Tres partes bien diferenciadas: lo que fue la antigua Constantinopla, al Sur; la zona moderna, cruzando el Puente Gálata, al Norte; el lado asiático, al Este, tras cruzar El Bósforo en un ferry a menos de un euro el viaje. «Si uno sólo pudiese echar un único vistazo al mundo, debería elegir a Estambul», resumió Lamartine. «Si la Tierra tuviese nada más que un Estado, su capital sería Estambul», sentenció Napoleón. «La ciudad única en el mundo», para Pierre Loti, que vivió al final del estuario que es el Cuerno de Oro, sobre un sobrecogedor cementerio. La cantaron desde los poetas románticos acursilados: «de Europa rica Estambul, / del orbe eterno jardín», para Eduardo Asquerino; «En la sublime Estambul, / ciudad del adusto moro, / la más rica en perlas y oro / que acaricia el mar azul», rimó en redondilla Juan Arolas. En ella estuvieron Nerval o Flaubert. La eligió Mozart como escenario para El rapto en El Serrallo, o sea, el rapto en la colina de Topkapi. Por no hablar de Graham Greene y su El tren de Estambul (aunque sale poco la ciudad) o del Asesinato en el Oriente Exprés, de la tía Agatha. Y, como es bien conocido, la convirtió Antonio Gala en incitación al turismo erótico con La pasión turca, novela a la que habrán de guardar eterno agradecimiento las agencias de viajes.
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