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Por no hablar de lo que significaba en el imaginario de Miguel de Cervantes, que no se la quitaba de encima, citándola sin parar en El Quijote, El amante liberal, La gran sultana, El gallardo español, Los trabajos de Persiles y Sigismunda? «Así escarmentará vuestra merced como yo soy turco»; «Señor don Quijote, no se dé por vencido a esos bellacos de turcos, que le llevarán al Alcorán y le circuncidarán mal que le pese, y después le pondrán a los pies unas trabas de hierro», advertía el escudero. En Rinconete se habla del privilegio de «piar el turco puro», que es beber vino puro. Hay cama turca, baño turco, silla turca, bolsa turca: hay cortesía more turquesco, que vale por una gran reverencia. Y, como se recitaba en las escuelas antes de las nuevas leyes educativas tronchantes, «va el capitán pirata, / cantando alegre en la popa, / Asia a un lado, al otro Europa, / y allá a su frente Estambul», lo que coloca a Espronceda bien bajando del mar Muerto, bien subiendo el Mármara, nunca lo sabremos. Además, por acabar alguna vez, podemos leer, si se encuentra, La caída de Constantinopla, de Steven Runciman, ese libro que entre todos le hubiese gustado escribir a Juan Benet.
¿Significa lo dicho que Estambul está aquí al lado, bien vinculada con Europa, Europa ella misma, Estambul europea a más no poder? Una comisión de la CE presidida por el televisista sir Jeremy Isaacs la ha nombrado, por unanimidad y para el 2010, «Capital Europea de la Cultura», compartiendo cargo con la universitaria húngara Pécs y la minera alemana Essen. La idea de una ciudad europea que sea capitalina de la cultura durante un año surgió, qué cosas, de la actriz y política Melina Mercouri, quien trabajó en la película Topkapi haciendo de ladrona. Se trata de esos nombramientos de mucho lustre, pero con vago contenido: valorar la riqueza, la diversidad y las características comunes de las culturas europeas, resaltar las corrientes culturales comunes a los europeos? Los estambulíes o estambulitas o estambuleños o estambulianos (y sus correspondientes femeninos, para abreviar) han elegido como lema «Estambul, ciudad de los cuatro elementos, puente entre Europa y Oriente». Tengo para mí que han acertado: no me sentí en Estambul en Europa, sí en un lugar de paso entre dos continentes tan distintos. Creo que es exacto: Estambul es un puente.
La voz que más se oye desde Estambul es la de Orhan Pamuk, el Nobel de Literatura, el que en su Estambul, ciudad y recuerdos contó prolijo lo que fue, es y quiere ser su ciudad. Pamuk respondió a un periodista: «Creo que el futuro de Turquía está en la Unión Europea (?). Occidente se imaginó un Oriente perpetuamente detenido y por eso tal vez ahora cree que está autorizado a reorganizarlo a su manera. Y, por otro lado, en los países musulmanes no hay democracia ni libertad de expresión y lo único que se puede criticar allí son las visiones de los occidentales. Afortunadamente, la percepción de los turcos es diferente. Siendo turco y viviendo aquí se da uno cuenta de que Oriente y Occidente no están tan lejos». No lo están en Estambul, están mezclados en Estambul.
Varias veces a lo largo del día, pero sobre todo a las 10 y media de la noche, las llamadas a la oración de los muecines o almuédanos estremecen al más pintado occidental. Sin embargo, el tráfico de barcos, en su majestuosidad lenta, por El Bósforo, hacia o desde Varna, Odesa, Constanza, Sebastopol o Sujumi, lo sitúa en un mercado reconocible, en el occidente comercial. Los talleres nocturnos que vi desde la ventana de mi hotel, donde los currantes a tiempo completo preparan zapatos, cueros, mantas, mercaderías que llenarán las mil y una tiendas de Estambul y que acarrearán al hombro en desmesuradas bolsas para exponerlas al público y retirarlas a la tarde otra vez, hasta el día siguiente, en un trabajo de Sísifo, no parecen entender de convenios colectivos y derechos sindicales de los estados del bienestar. Tampoco los niños que en una esquina ofrecen una báscula para que se pese el turista o se prestan como limpiabotas. Pero sí reconozco a Europa en la plaza de Taksim, en las casas residenciales que se descuelgan hacia el estrecho (donde vive Pamuk), tan limpias, tan protegidas. Son europeos las prisas, los gritos, el guardia enfurecido, silbato en boca, que en vano pretende organizar un tráfico humano y a motor demencial. Ya es Europa el Gran Bazar, un centro comercial a fin de cuentas, por mucho que el regateo (las rebajas o saldos de los grandes almacenes) quiera preservar esencias orientales. También lo es la parte asiática: sus cafés con terrazas hacia el mar. No son Europa la cortesía de los estambulíes ni el escaso conocimiento en general del inglés, ese nuevo latín; ni lo son los lökum, dulces privadores del sentido que necesitan tiempo para saborearlos; ni la tranquilidad que exigen el narguile y los tés; ni es Europa el viaje lentísimo en barco por el Cuerno de Oro para desembarcar en Eyüp y ver allí las peregrinaciones musulmanas a su mezquita. Es Europa y no es Europa la suciedad que se almacena en los callejones, nada más que el viajero abandone una vía principal. Los grupos de hombres, tantos grupos de hombres, caminando juntos, de prisa, no los verán en España, ni en Italia siquiera.
Estambul es puente, cargado de la memoria oriental y tratando de colgar el extremo occidental en Europa. Como el trayecto del gato negro, desde las cocinas de un restaurante tan occidental a la serenidad engañosa y oriental del eterno mar de Mármara.